- Es meridiano que Sánchez ha emprendido una operación para desacreditar a Don Felipe, celoso de que es la figura institucional más respetada y querida por los españoles
Óscar Puente Santiago es ministro de Transportes y Movilidad. Tiene un sueldo público de 106.000 euros, coche oficial, despacho de postín, un ejército de asesores enchufados a dedo —equipo más nutrido que nuestras fuerzas de Seguridad en Ceuta— a los que tiene husmeando y denunciando críticas periodísticas al jefe. Pero sobre todo lo que tiene, por encima de cualquier otra cosa, es una irresponsabilidad supina. Sobre sus hombros todavía hay 45 muertos en el evitable accidente de Adamuz, a cuyas víctimas ha ninguneado cuando pidieron su dimisión con aquella frase que pasará a la historia del oprobio: «Yo no he soldado el raíl». Ha sido actor y alcalde de Valladolid. Cuando Sánchez lo nombró portavoz de Ferraz, pronto lo tuvo que destituir porque no atinaba a hacer la o con un canuto. Hasta que, tras las pasadas elecciones municipales, no pudo conformar una mayoría para gobernar en su Ayuntamiento y el presidente de las primeras veces lo usó para humillar a Feijóo, enviándole a hacer la réplica en la sesión de investidura fallida del presidente del PP. A partir de ahí también, y por primera vez, colocó de ministro a una persona que insulta a todo lo que se mueve, al que le falta empatía, saber estar, educación y cortesía. Un déficit completo.
Es verdad que en las redes sociales se mueven a veces personas ocultas tras un avatar que destilan bilis y odio como medio de comunicarse. Pero precisamente de un miembro del Gobierno es exigible un decoro que le debe obligar incluso a trascender las ofensas que recibe. Lejos de eso, Puente vilipendia a cuantos se dirigen a él sin que cumplan una máxima indeclinable para este gobierno: rendir pleitesía al partido que le da de comer. Ha asumido que solo es ministro de los que le votan, por lo que tiene campo libre para difamar a los que, en ejercicio de su libertad, no eligen su papeleta. Es decir, se dedica a insultar a los que le pagan el sueldo. Solo por ese oprobio debería estar inhabilitado para ejercer su cargo. Pero lejos de eso, Sánchez lo jalea.
Así que este socialista, ministro del Reino —sí, del Reino— de España acaba de criticar públicamente al Rey. Por primera vez en democracia un miembro del Ejecutivo se permite calificar de «absoluta ignominia» el saludo de Felipe VI al periodista Javier Negre en Cali. Y, no contento con esto, repostó a un perfil anónimo que reclamaba “¡República ya! Jamás se hubiera permitido el titular de Transportes censurar un gesto del jefe del Estado de lo más cotidiano –una persona se le acerca durante la toma de posesión del nuevo presidente colombiano y le pide hacerse una foto con él a lo que responde con su habitual simpatía prestándose a la instantánea– si no se supiera bendecido, quizá azuzado, por el Sumo Líder que, desde La Mareta, ha opacado al Monarca durante la crisis de Ceuta para que no se le vieran a él sus costuras de veraneante en la tumbona mientras una parte de nuestro territorio ha sido invadida por Marruecos como presagio a la conquista de la Reconquista.
De hecho, el Rey, en una nota informal el pasado primero de agosto, tuvo que manifestar «la indignación» por lo sucedido y reclamar del Estado la defensa de la integridad de nuestra nación. Es lo máximo que le dejaron. Además, recibió en audiencia al presidente de Ceuta, al que prometió acudir a esa ciudad, al igual que a Melilla. No tardó en salir otro brazo armado –de inquina– de Sánchez, Óscar López, a matizar que ese viaje se produciría «cuando sea oportuno», subrayando que el movimiento depende del permiso de La Moncloa. Desoyendo que la garantía de la integridad de España la tiene encomendada por la Constitución (artículo 56) precisamente el Rey.
Es meridiano que Sánchez ha emprendido una operación para desacreditar a Don Felipe, celoso de que es la figura institucional más respetada y querida por los españoles. Tras la espantada del presidente en Paiporta, cuando «la calle», le hizo saber lo que opinaba de su inacción antes, durante y después de la riada que se llevó por delante la vida de 238 personas, y la permanencia de los Reyes consolando a los ciudadanos en su más que justificada indignación, Sánchez ha decidido encerrar la figura del Monarca en un reducto representativo por momentos más pequeño e insignificante. Nuestra Monarquía parlamentaria es cada vez menos Monarquía y menos parlamentaria. Las Cortes no se reúnen en Diputación Permanente ante el acto de guerra marroquí y no tienen ninguna capacidad legislativa, dada la falta de mayorías del gobierno, que no ha podido ni aprobar unos presupuestos en toda la legislatura. Y la Monarquía está siendo sustituida por la puerta de atrás por una suerte de sistema presidencialista.
Si a todo eso se une que un ministro, enfermo de odio hacia los periodistas que no le bailan el agua —los hay a decenas que cumplen con su trabajo de investigar los desmanes del Ejecutivo y, todo sea dicho, no se hacen fotos con el Monarca para usar luego esa imagen— tiene barra libre para injuriar a Felipe VI, hemos de ser conscientes de que nos aguardan unos meses de imparable menoscabo institucional dirigido desde La Moncloa para erosionar la institución que sirve de último dique para la defensa de España. Si no funcionan los trenes, no prevenimos los incendios, las riadas nos matan, un apagón nos funde a negro, estamos a tortas con nuestros aliados europeos y con Estados Unidos, y un dictador nos envía un ejército de nadadores a violar nuestra soberanía, al que luego le damos las gracias por ser tan bueno de acoger de vuelta a una parte de ellos. Estamos ante un Estado casi fallido, un Estado que solo pueden jalear los indeseables socios de Sánchez, como Bildu y ERC. Es su sueño más acariciado.
Si ante eso el Gobierno ha borrado cualquier responsabilidad suya y ya no cuela lo de que Ayuso, Mazón, Moreno o Vox son los culpables de todo, ¿quién será usado como destinatario de la indignación de la gente? Hagan apuestas: el dedo faltón y ordinario de Puente tiene la respuesta.