Agustín Pery-ABC

  • A sus juglares, que los tienen en Moncloa y sus suburbios, les molesta cuando sube la marea y todo se inunda de realidad. Esa que siempre intentan negar

Les cuento cómo era antes. No hace tanto. Antes, simplemente. Antes de ellos. De los que hoy mandan y de quienes les dejan creer que mandan.

Ellos nunca seremos nosotros. Porque nosotros es una palabra que suma. Ellos sólo saben dividir. Restar. Fraccionar. Antes de ellos, digo, a las cosas se les llamaba por su nombre. Un etarra era un terrorista y a sus cachorros callejeros se les conocía como borrokas. Pero eso era antes, ahora, son gudaris antifascistas. A sus juglares, que los tienen en Moncloa y sus suburbios, les molesta cuando sube la marea y todo se inunda de realidad. Esa que siempre intentan negar. Porque no hay épica en un país normal. La épica les resulta imprescindible; la normalidad les arruina el relato. Nosotros ni siquiera hablamos del pueblo. Somos más modestos. Preferimos decir gente, sin hipérboles que convierten a macarras descerebrados de patada fácil en héroes de una patria fabulada.

Nosotros somos gente del montón. Gente que queda con los amigos. Que se toma una cerveza. Que se sienta delante de la televisión para ver a unos tipos en pantalón corto hacer felices durante un rato a millones de personas. Gente que, cuando gana La Roja, sale a la calle con una bandera en la muñeca o anudada a la espalda como la capa deshilachada de un viejo hidalgo de esta España tan baqueteada. Nosotros somos a los que patean para luego subirlo a las redes y jactarse de la impunidad de la que disfrutan porque están en el lado útil de la urna.

Pero aun así les jode que lo normal sea celebrar. Que la inmensa mayoría todavía sea capaz de compartir una alegría sin pedir permiso, sin preguntar antes qué vota el de al lado. Entonces aparecen ellos. La jauría. Ladrando. Mordiendo. Como en Berriozar o en Bilbao. Los cachorros de un averno que algunos llevan demasiado tiempo empeñados en blanquear para que los de antes sean también los de ahora, los de siempre: una panda de matones independentistas que Moncloa y sus cómplices nos presentan como legítima expresión política porque les interesa, cosas de la mercadotecnia electoral, que acabemos tragando con que eso también es normal.

Y no. No era normal ganar un Mundial. Ni una Eurocopa. Yo sigo pellizcándome. Son esos milagros deportivos que uno celebra abrazando a desconocidos. Pero si aquello era extraordinario, mucho más debería parecérnoslo que un Balón de Oro tenga que dar explicaciones por gritar «¡Viva el Rey!» y «¡Viva España!». Ahí está la perversión. Los muyahidines televisivos del régimen se inquietan más por un futbolista orgulloso de su bandera que por el asalto a la valla de Ceuta o por los encapuchados que persiguen a los aficionados que enarbolan la bandera española. A lo primero responden como una salmodia de humanitarismo de mercadillo, siempre torticero y ventajista. Lo segundo es todavía más inquietante porque alaban y justifican a las bestias hasta convertir la violencia en paisaje y la paliza en un ‘tiktok’. Y así, casi sin darnos cuenta, lo de antes vuelve a ser lo de hoy… Otra vez las amenazas. Otra vez el infierno. Todavía tendrán el cuajo de decir que eso es lo normal. No. Lo normal era la fiesta. Lo normal somos nosotros. Los anormales, ellos. Antes, ahora y siempre.