Tonia Etxarri-El Correo
Con Ceuta todavía colapsada, intentando emerger a través de la crisis de seguridad nacional que ha generado la avalancha de inmigrantes producida hace ya catorce días, la ciudad autónoma se sigue sintiendo abandonada por el Gobierno de La Moncloa, que no ha dado las respuestas de Estado que la emergencia ha requerido. Con las reticencias de Europa cada vez más explícitas, los ministros están dando un giro en el discurso de cara a la galería. Un cambio de prioridades. Parte del planteamiento del PP, tan criticado hasta la semana pasada, es la nueva partitura del Gobierno que, de todas formas, sigue sin atreverse a mirar a los ojos a los ceutíes. Tan solo la ministra Robles tuvo el coraje de pisar la calle.
Poco les importa que quede al descubierto su último volantazo si les sirve para calmar las aguas sin tener que enfrentarse a Marruecos. Han pasado, en cuestión de días, de criticar a la derecha por negarse a colaborar en el reparto de los menores a proclamar la conveniencia de repatriarlos. Después de que los ministros Albares y Bolaños hayan comparecido como los nuevos abanderados de la reagrupación familiar en Marruecos (¿ése no era el discurso del PP?), ayer Marlaska dio la puntilla anunciando que todos los inmigrantes involucrados en actos delictivos serán, de inmediato, expulsados.
Las facturas de la política, cuando se deben tantos favores, conducen a sus protagonistas a hacer juegos malabares difíciles de explicar. Si ahora Marruecos presiona a La Moncloa diciendo que quiere recibir a sus menores que deambulan por Ceuta, el Gobierno español le sigue la corriente. A ver si ahora va a quedar el reino alauita como el máximo defensor de los derechos humanos… Las apariencias engañan.
Marruecos, a diferencia del Gobierno español, tiene un plan. Con su exigencia no está protagonizando un gesto humanitario, precisamente. Nada que ver con eso. Está enviando un mensaje claro a La Moncloa. Mohamed VI es quien controla los tiempos de la política migratoria de un país como España dirigido por un presidente tan debilitado. Ahora, entre la presión interna, la europea y la marroquí, Pedro Sánchez ha optado por cambiar el paso. Y el discurso primigenio de la derecha sobre el control, retorno y frontera es ahora la prioridad del Gobierno. Son cálculos electorales. El temor a que su política migratoria siga dando ventaja demoscópica a PP y Vox.
Si Pedro Sánchez no se puede permitir la confrontación con Marruecos, ¿cómo defender la españolidad de Ceuta y Melilla cuando el ministro de Justicia marroquí acaba de reivindicarlas como propias? La ministra Robles se dio ayer un baño popular en Ceuta. Con esos paseos de los que rehúye el presidente del Gobierno. Y comprobó, en vivo y en directo –como les ocurrió a los Reyes en Paiporta hace año y medio– la amargura de un pueblo que se siente abandonado. Y defendió la españolidad de las dos ciudades autónomas. Alto y claro, diciendo que no se las toca. Pero ese lenguaje no es el que maneja Sánchez, que ha rechazado asumir el «mando único» que le pedía el presidente Vivas. Del único mando unificado del que rinde cuenta es el de la coordinación del dispositivo de seguridad ante el eclipse solar. Ceuta, mientras tanto, sigue en la penumbra.