Carlos Souto-Vozpópuli
- Necesitamos unas gafas que nos permitieran ver aquello que el poder quiere ocultar
España mira al cielo. Posiblemente esta columna llegue tarde para ver el eclipse. Pero hoy no se habla de otra cosa: de la hora exacta, de la franja de totalidad, de dónde habrá nubes y, sobre todo, de las gafas. Gafas homologadas, naturalmente. El Ministerio de Ciencia y la ONCE han repartido dos millones y aun así se han agotado en muchos lugares. Consumo ha tenido que retirar seis modelos peligrosos. Todo un país cuidadosamente preparado para contemplar durante unos minutos cómo desaparece el Sol sin quedarse ciego en el intento.
Es razonable. Un eclipse total no se veía en la España peninsular desde hace más de un siglo. Lo extraordinario merece atención. Y si además ocurre en agosto, todavía mejor: hay pocas noticias, mucha playa y un presidente necesitado de cualquier cosa que pueda interponerse entre los españoles y la realidad.
Pedro Sánchez no puede tapar el Sol. Todavía. Pero ha demostrado una capacidad extraordinaria para tapar todo lo demás. El eclipse astronómico durará apenas unos minutos. El eclipse político comenzó en 2018 y todavía no conocemos la hora de finalización. El primero oculta el Sol. El segundo oculta las constantes aberraciones institucionales en las que incurre el Gobierno. Y, mientras la Luna pasará de largo, Sánchez permanece allí, perfectamente alineado entre los españoles y cuanto no le conviene que veamos.
Una distracción veraniega
Por eso este eclipse es también una formidable distracción veraniega. Durante unos días no se habla de fronteras desbordadas, trenes que descarrilan, listas de espera, corrupción, inseguridad o deterioro institucional. Se habla de si las gafas cumplen la norma ISO 12312-2. Sería maravilloso que el Gobierno demostrara idéntico interés por comprobar si sus ministros cumplen alguna norma. Mientras decenas de miles de personas atravesaban la frontera de Ceuta, el presidente compartía su playlist del verano. Quevedo, Charli XCX y Melani. La banda sonora del eclipse. Si la realidad deslumbra demasiado, siempre se puede bajar la persiana y subir el volumen.
Todo dura poquísimo en España. La alegría del Mundial, un suspiro. Ceuta, un par de titulares. La Dana hasta que apareció la siguiente calamidad. El desastre ferroviario de Adamuz, con 46 muertos reconocidos por el Ministerio de Transportes, parece ya arqueología informativa. Las averías, los retrasos y la degradación de una red que fue orgullo nacional desaparecen bajo la noticia siguiente. No porque se hayan resuelto, sino porque han sido eclipsados.
Con la sanidad ocurre lo mismo. El sistema que durante décadas exhibimos como prueba de que algunas cosas funcionaban se consume en listas de espera. El 81 por ciento de los ciudadanos cree que esas listas han empeorado o siguen igual. Para ver el eclipse bastaba con esperar hasta ayer. Para ver a un especialista hay españoles que tendrán que esperar hasta el siguiente.
Ganar ya no es imprescindible
Pero eclipses socialistas tenemos a cada rato, el eclipse más reciente ocurrió el 23 de julio de 2023. Aquella noche se eclipsó algo más importante que el Sol: la voluntad de los votantes. Se oscureció la democracia, y no hubo manera, hasta el momento de que brille de nuevo. Sánchez perdió las elecciones, pero consiguió continuar en la Moncloa. Todo fue constitucional, parlamentario y reglamentario. También fue prodigioso. La democracia española descubrió que ganar ya no era imprescindible. Bastaba con sumar a todos los que habían perdido por separado.
Para observar el eclipse solar, el Gobierno repartió gafas que permiten ver menos luz. Para observar el eclipse político necesitaríamos exactamente lo contrario: unas gafas que nos permitieran ver aquello que el poder quiere ocultar. Unas lentes capaces de atravesar los relatos, las cortinas de humo, las playlists estivales y las súbitas emergencias informativas. Gafas para ver las fronteras cuando nos dicen que no ocurre nada; los trenes cuando aseguran que funcionan mejor que nunca; los hospitales detrás de las estadísticas; los pactos escondidos debajo de las palabras; y la derrota electoral detrás de la investidura.
Los eclipses naturales tienen algo tranquilizador: sabemos por qué ocurren, cuánto durarán y a qué hora regresará la luz. Los políticos son más tramposos. Se alimentan de nuestra fatiga. Necesitan que cada crisis borre la anterior, que cada escándalo tenga una vida útil de 48 horas y que el ciudadano termine confundiendo acostumbrarse con estar a salvo.
Esta tarde millones de españoles levantaron la cabeza. Hicieron bien. Vieron desaparecer el Sol y reaparecer pocos minutos después, intacto, soberbio e indiferente a nuestras miserias. Ahora convendría mirar hacia la Moncloa. Pero para ese eclipse no necesitamos gafas que oscurezcan la realidad. Necesitamos unas que nos la devuelvan.