Chapu Apaolaza-ABC
- Mucho antes de que nos invadieran 80.000 marroquíes, nos conquistó la gilipollez
En Málaga pusieron una norma que impedía jugar a las palas en la playa bajo la amenaza de una multa de 3.000 euros; mejor que te peguen un tiro. Vigo introdujo sanciones de hasta 750 euros por evacuación fisiológica en el mar, esto es, hacer pis en el agua, pero no recuerdo que pusieran vigilantes. Me acuerdo de estas monerías regulatorias ahora que han construido cabañas los subsaharianos en la playa del Trampolín de Ceuta con cañas, hojas de palmas y palos. Duermen allí, se cortan el pelo y se dan de piñas con maderas y machetes.
El machete es un instrumento venido de la selva que se ve mucho ahora en España, un país en el que la gente se da de cuchilladas en la cabeza al tiempo que no te puedes encender un cigarro en una terraza. Todas las prohibiciones tienen un punto razonable y otro muy absurdo.
Me acuerdo de cuando, durante la pandemia, andaba la Policía por el barrio haciendo mediciones en el espacio-tiempo para dilucidar si te metía un puro por haber tirado dos veces la basura, y las leyes que te mantenían encerrado en casa y no te dejaban acudir al entierro de tu padre resultaron ser inconstitucionales.
Sucede también cuando María Jesús Montero anda mirando si has vendido el triciclo de la niña que se le ha quedado pequeño en Wallapop y, al mismo tiempo, José Luis Rodríguez Zapatero trafica presuntamente con barcos cargados de petróleo de Venezuela hacia China. Petróleo con sangre.
No fumamos en las playas, pero los menas se clavan cuchillos en el cráneo en el Trampolín de Ceuta, un poco como cuando no le puedes abrir la puerta a una señora porque estás reforzando los roles del machirulo, pero violan a las chicas en los CIE. Y prostituyen a las muchachas que entraron por el Tarajal, pero no se te ocurra decir la nacionalidad del detenido mientras, en las contraportadas de los periódicos de la izquierda del fin de semana, el matrimonio por la Iglesia supone la alienación de la mujer bajo las superestructuras del sujetador, ese yugo cristofascista.
Ojalá hubiera una normativa que prohibiera darse de machetazos en la playa y montar chabolas en el trozo de arena en el que una señora ceutí plantaba la toalla hasta hace tres semanas, subyugada por los cánones de la belleza heteronormativa.
Nunca pensamos que los invasores conquistarían nuestro país con flotadores del chino o de unicornios, rosas, blancos y azules: los caballos hinchables de Troya. En realidad, mucho antes de que nos invadieran 80.000 marroquíes, nos conquistó la gilipollez por la cual vivíamos en un mundo en el que no se podía entrar con coches diésel por el centro de las ciudades mientras no se protegían nuestras fronteras.