Juan Carlos Viloria-El Correo
- Einstein ya hablaba de la «religiosidad cósmica» como el motivo más poderoso para la investigación del universo
La contemplación del eclipse ha provocado un impacto emocional insospechado en muchos de los espectadores, la mayoría escépticos, incrédulos o indiferentes, hasta que se pusieron las gafas y la luna empezó a morder nuestro astro esencial eje de la vida, de las culturas, religiones, la ciencia y la mística por los siglos de los siglos. Muchos se preguntarían porqué la ciencia, la astrología, puede anunciar con precisión el instante y el lugar del mundo en que la luna ocultaría el sol pero es incapaz de responder a las cuestiones más metafísicas: ¿Por qué existe algo, en lugar de la nada? La cosmología puede investigar el origen del universo pero no puede responder a la pregunta de por qué el universo está sujeto a leyes de la naturaleza y no es un caos.
En su ensayo ‘Exploradores de lo invisible’, Jean Staune realiza un estudio formidable sobre los límites de la ciencia para responder a todas esas preguntas. Cuando los científicos nos dicen que el universo entero, con sus cientos de miles de millones de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas, nació de un punto infinitamente caliente y denso hace unos 13.800 millones de años, algunos críticos, filósofos posmodernos como Paul Feyerabend, consideran la ciencia una mera superstición y podrían decir: «¡Otra historia mítica de la creación!».
¿Cómo el Génesis? Estudiando el cosmos nos hemos topado constantemente con cuestiones filosóficas y metafísicas que también se encuentran en el corazón de las tradiciones y religiones: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es el universo? ¿Es producto de la intención o existe por sí mismo? ¿Qué es esta conciencia, este sentimiento de existencia que nos anima? ¿Perdura algo de ella después de la muerte? Muchos científicos creen que hay que tender puentes para que las dos culturas (ciencia y religión) puedan encontrarse y dialogar. Bernard d’Espagnat afirmó, con gran sabiduría y prudencia, que era lógico comenzar con la ciencia, y solo con la ciencia, para investigar la naturaleza de la realidad. «Pero una vez que la ciencia demostró sus propias limitaciones respecto a los resultados de esta búsqueda, una vez que los límites de la lógica se pudieron demostrar lógicamente, fue razonable recurrir a otros tipos de conocimiento».
El asombro con que los observadores del eclipse asistieron a la belleza y precisión física y matemática del fenómeno ante la coherencia y la armonía de las leyes del universo, constituye la base de lo que Einstein llama «religiosidad cósmica», que lo lleva a extender el paralelismo entre científicos y místicos, entre ciencia y religión, hasta sus límites más lejanos: «La mente científica, poderosamente armada en su método, no existe sin religiosidad cósmica. Sostengo enérgicamente -decía Einstein- que la religión cósmica es el motivo más poderoso y generoso para la investigación científica».