Carlos Souto-Vozpópuli
- Sánchez descansa sobre el mejor somier del mercado: una sociedad agotada que ya no reacciona
No voy a llamar idiota a Pedro Sánchez. Entre otras razones, porque sería inexacto. Para conservar el poder con su eficacia, sobrevivir a escándalos que habrían desalojado a gobiernos enteros y conseguir que cada incendio termine quemando a otro, hace falta cualquier cosa menos falta de inteligencia. La palabra idiota no describe hoy al presidente. Quizá describa mejor al país que lo soporta.
La idea no es mía. La encontré este miércoles en una magnífica columna de Rafael del Moral publicada en este medio: «De imbécil a boludo: la historia de cómo insultamos en español». Del Moral recorre la «asombrosa plasticidad» de nuestra lengua para degradar al prójimo: tonto, bobo, necio, estúpido, mentecato, imbécil y decenas de otras denominaciones son desentrañadas desde su origen. Pero el autor se detiene en una palabra especialmente pertinente: idiota.
Procede del griego idiōtēs y designaba al hombre privado, al que vivía pendiente exclusivamente de sus asuntos y se desentendía de la polis, es decir, de la ciudad y de sus asuntos públicos. Para los griegos, quien no participaba en los asuntos ciudadanos era un ciudadano incompleto. Solo mucho después la palabra adquirió su significado actual. Por eso conviene aclararlo: no estoy diciendo que los españoles seamos idiotas en el sentido moderno. Estoy diciendo que empezamos a parecernos peligrosamente a los idiotas griegos.
Propaganda y silencio
Ceuta acaba de sufrir una entrada de entre 70.000 y 80.000 personas en apenas dos días. La inmensa mayoría regresó a Marruecos, pero miles permanecieron en la ciudad y más de dos mil menores fueron identificados. Algunos ya están siendo trasladados a la Península. La ciudad está desbordada, sus habitantes se sienten abandonados y el Gobierno administra la catástrofe con esa mezcla de propaganda, silencio y vacaciones que se ha convertido en doctrina oficial.
Mientras tanto, Moncloa distribuyó una fotografía de Sánchez durante una supuesta reunión de coordinación sobre Ceuta. La imagen era tan extraña que el presidente parecía no tener piernas. Un auténtico prodigio institucional: después de dejar a España sin presupuestos, sin explicaciones y casi sin Gobierno, la comunicación oficial consiguió dejar también al presidente sin extremidades inferiores.
Se discutió si la fotografía había sido retocada, si era inteligencia artificial, si las piernas estaban escondidas detrás del escritorio o si Sánchez había descubierto una forma de gobernar levitando. Moncloa sostuvo que era un efecto óptico. Poco importa. Lo indiscutible es que, poco después de aquella escenificación, aparecieron imágenes reales del presidente camino de practicar buceo en las aguas de Lanzarote. La estampa resume una época. Ceuta se hunde y Sánchez se sumerge.
Pero esta columna no trata de Ceuta. Tampoco trata de las piernas desaparecidas del presidente, de su embarcación ni de sus aficiones favoritas, que los españoles conocemos mejor que algunos capítulos del programa de gobierno. Sabemos que le gustan la bicicleta, la música, el cine y el buceo. Solo desconocemos qué deporte practica cuando toca asumir una responsabilidad.
Esta columna trata de nosotros. Porque todo se repite dentro de un bucle tan perfecto que hemos dejado de reconocer el escándalo. Cambia el nombre, cambia el juzgado, cambia el ministro, cambia la emergencia. El mecanismo permanece. Sucede algo intolerable, el Gobierno niega primero su existencia, luego culpa a otro, después anuncia una comisión, más tarde recomienda una película y finalmente espera. Siempre funciona.
Más columnistas por habitante
Funciona porque Sánchez descansa sobre el mejor somier del mercado: una sociedad agotada que ya no reacciona. Han resultado insuficientes todas las herramientas democráticas disponibles. El partido más votado no consiguió gobernar. La oposición tampoco sabe cómo hacer oposición. Los escándalos producen titulares, los titulares producen tertulias y las tertulias producen el siguiente escándalo. Mientras tanto, nada modifica la vida pública.
España es, posiblemente, uno de los países con más columnistas por habitante. Nos encanta opinar. Analizamos cada día la degradación de las instituciones, el deterioro de la convivencia y la sustitución de la realidad por el relato. Escribimos, publicamos, discutimos y volvemos a empezar. Empiezo a sospechar que, en realidad, solo nos leemos entre nosotros. O que somos muy malos a la hora de provocar al lector: definitivamente, no conseguimos hacerlo reaccionar. Unos pocos comentan.
El descanso como anestesia
El resto mira otra cosa. Mira eclipses con gafas repartidas por el Gobierno, informativos que describen un país distinto del que pisan sus espectadores o programas donde los pueblos compiten entre sí en pruebas concebidas para que nadie tenga que pensar antes de aplaudir. No hay nada malo en entretenerse. El problema comienza cuando el entretenimiento deja de ser descanso y se convierte en anestesia.
Tal vez no seamos solamente idiotas en el sentido griego. Tal vez seamos idiotas narcotizados: ciudadanos encerrados en lo privado, adormecidos por un circo amable y resignados a que la polis sea administrada por quienes sí se ocupan de ella, sobre todo para apropiársela.
No sé cómo terminar esta columna porque llevo demasiadas semanas escribiendo finales para una historia que nunca termina. Solo sé que el problema ya no es únicamente Sánchez. Un gobernante puede extralimitar la capacidad de asombro de un país. Lo extraordinario es que el país decida vivir sin ella. Y eso, para los griegos, tenía un nombre.