La decisión del presidente Donald Trump de reducir de forma unilateral los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur no es un gesto banal ni una simple maniobra diplomática. Es un síntoma alarmante de la erosión deliberada del orden internacional basado en la solidaridad entre democracias.
Al justificar el recorte de los ejercicios Ulchi Freedom Shield por su «muy buena relación» con Kim Jong-un y el supuesto carácter «hostil» de unos entrenamientos defensivos, Trump ha elevado a un dictador nuclear por encima de un aliado democrático leal.
Lo ha hecho, además, como castigo por la negativa de Seúl a participar en la guerra de Irán.
El mensaje es inequívoco: las alianzas son negociables cuando interfieren con las prioridades personales del presidente estadounidense.
Este episodio no ocurre en el vacío. Este 13 de agosto, Vladímir Putin realizó su primera visita a la isla de Iturup (Etorofu), una de las Kuriles meridionales ocupadas por la Unión Soviética en 1945 y reclamadas por Japón.
Tokio protestó con contundencia y calificó el gesto de «absolutamente inaceptable».
Putin no sólo reafirmó la soberanía rusa sobre un territorio disputado. Lo hizo en medio de ejercicios navales en el Pacífico y como clara represalia por el apoyo japonés a Ucrania y las sanciones occidentales.
Mientras Trump corteja a Kim y debilita la disuasión en la península coreana, Putin consolida hechos consumados en el extremo oriente.
Ambos actos forman parte del mismo patrón: las potencias revisionistas avanzan cuando la potencia democrática líder relativiza sus compromisos.
El problema de fondo no es sólo táctico. Trump está desmantelando, pieza a pieza, el sistema de alianzas que ha garantizado la seguridad de Occidente durante setenta y cinco años. Ese sistema no se basaba en la simpatía personal entre líderes, sino en la convicción de que las democracias deben defenderse mutuamente frente a regímenes que no respetan el Derecho internacional ni la soberanía ajena.
Preferir la relación con Kim Jong-un (que ha expandido su arsenal nuclear, enviado tropas a Ucrania y mantenido una política de chantaje constante) sobre la lealtad a Corea del Sur es una inversión de valores.
Es el mismo error que Trump cometió ya en su primer mandato, cuando suspendió ejercicios para facilitar cumbres que no produjeron desnuclearización alguna. Todo a cambio de nada.
Ahora lo repite, pero con mucho mayor desprecio verbal y en un contexto aún más peligroso.
Las consecuencias estratégicas son demoledoras, y tienen saldo negativo para las democracias. Reducir la preparación militar conjunta no genera confianza en Pyongyang, pero sí genera dudas en Seúl, Tokio y Taipéi. De nuevo, todo a cambio de nada.
Por su lado, China y Rusia observan con satisfacción a Estados Unidos sembrar incertidumbre sobre su fiabilidad.
Cuando un aliado descubre que Washington puede alterar ejercicios planificados durante meses mediante un mensaje en las redes sociales, todos los demás aliados toman nota. La disuasión no es sólo una cuestión de armas o de tropas estacionadas. Es, sobre todo, una cuestión de credibilidad.
Y esa credibilidad se erosiona cuando el presidente de Estados Unidos trata a sus socios como activos disponibles, o desechables, a capricho.
España no está en el Indo-Pacífico, pero sí depende de la solidez del sistema de alianzas democráticas. Si Estados Unidos puede tratar a Corea del Sur como un socio de segunda por no colaborar en una operación lejana, ¿qué garantía queda para el artículo 5 de la OTAN cuando el reto sea Rusia en el flanco este, o Marruecos en el Mediterráneo?
La lógica transaccional de Trump («paga más o no te defendemos») ya ha generado tensiones dentro de la Alianza. España necesita un aliado estadounidense previsible, no un presidente que premie a dictadores y castigue a democracias.
Sobre todo cuando el propio Gobierno español se ha distanciado durante los ocho años del mandato de Pedro Sánchez de las democracias occidentales en beneficio de las dictaduras del Tercer Mundo, debilitando de forma casi irreversible nuestra posición internacional.
Exactamente lo mismo que ha hecho Trump.
La erosión de la confianza transatlántica no nos permite la complacencia. Nos obliga a reforzar la autonomía estratégica europea, pero sin caer en la ilusión de que se puede prescindir de Estados Unidos. El riesgo real es que, mientras Washington se distrae con gestos hacia Kim, y Putin consolida su control sobre las Kuriles, el espacio de seguridad europeo se estreche.
La demolición del orden liberal no es abstracta. Se concreta cuando Trump antepone su presunta buena relación con un tirano a la solidaridad entre democracias libres. La visita de Putin a las Kuriles y el recorte de ejercicios en Corea del Sur son dos caras de la misma moneda: la del avance de las potencias revisionistas en un momento de debilidad voluntaria de Occidente.