Juan Carlos Viloria-El Correo

  • En Ceuta se ha demostrado que las redes pueden convertirse en un arma de invasión masiva

Han pasado ya tres semanas de la invasión de Ceuta y una importante multitud de jóvenes que no regresaron a Marruecos sigue mandando en la ciudad. Ocupan el espacio público, montan campamentos chabolistas donde quieren, deshacen por la noche el camino que les obligan a hacer por la mañana y nadie parece tener el poder de controlarlos. Es el poder de la multitud. El poder que demostraron los días 30 y 31 de julio cruzando como un tsunami imparable la frontera por tierra y por mar. Es un fenómeno novedoso que tiene que ver con la pujanza de las redes sociales, los flujos migratorios, las tensiones fronterizas en todo el mundo y los diferentes métodos de presión sobre los países o guerra híbrida. Todavía desconocemos el origen real de la operación. Nadie ha ofrecido una explicación convincente que explique cómo en veinticuatro horas miles y miles de personas decidieron pasar a España con una camiseta y unas chanclas. El origen político, social o económico, está sujeto a multitud de conjeturas, pero de lo único que no cabe duda es que semejante movilización, coordinada como una operación militar, como un levantamiento popular, como un moderno flautista de Hamelín, fue posible gracias al nuevo factor X que está condicionando las sociedades modernas: las redes sociales.

Según la UIT (Unión Internacional de Comunicaciones) el 97% de la población marroquí tiene teléfono móvil y el 99,5% de los jóvenes entre 15 a 24 años utiliza internet. A través de Twitter, o Facebook, y también de grupos de wasap, se corrió la noticia de que la frontera con Ceuta estaba abierta y los que se han quedado siguen coordinados, dentro y fuera, a través del móvil. La entrada en tromba demuestra que las redes pueden convertirse en una poderosa arma de invasión masiva capaz de movilizar en una determinada dirección a multitudes imposibles de contener. Además es opaca y gris. La red actúa como un instrumento de comunicación paralelo a los tradicionales, es instantánea y tiene un efecto multiplicador fuera de toda autoridad o gobierno. La avalancha sobre la ciudad autónoma fue una demostración física, transmitida en directo, del poder de la multitud.

Ya habíamos asistido a quedadas de jóvenes, raves musicales, coordinación de protestas sociales y políticas por las redes; vimos cómo en Irán o en Birmania los gobernantes decidieron silenciar las redes para neutralizar a los opositores políticos. Pero las imágenes de los días 30 y 31 de julio, que han dejado impactado a todo el mundo, son otra dimensión y otra derivada del poder de las redes para derribar fronteras, muros, instituciones, o poner de rodillas a gobiernos. Hay en el horizonte una especie de totalitarismo de masas, con sus propias leyes, que solo escuchan sus propias voces, pero la libertad de expresión y comunicación les protege del control social.