Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- No hay ninguna razón para sentirse orgullosos de la atrocidad de atribuir a la geografía nuda una personalidad jurídica
El ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos ha complicado la vieja reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla añadiendo al viejo e insostenible “derecho histórico” la relativa novedad de un presunto “derecho geográfico”, basado en la contigüidad de las ciudades al actual territorio marroquí. Los precedentes de este tipo de filosofía no son muy estimulantes: se parecen demasiado a la exigencia hitleriana de “espacio vital” para los arios alemanes en los países con la desgracia de ser contiguos al Reich alemán, como Polonia o Checoslovaquia.
Hace falta una enorme indiferencia por los valores del derecho internacional y desmedida prepotencia para justificar que la reivindicación de un territorio de otra nación se basa en la geografía y la conveniencia, y en nada más. Donald Trump, y esto me parece más que una coincidencia, invoca el mismo principio para reclamar Groenlandia. Pero hacerlo en crudo es raro. Incluso los colonos israelíes en Cisjordania invocan supuestas concesiones divinas de la Tierra de Canaán, y China exige la vuelta de Taiwán al redil común con razones históricas bastante débiles (la pertenencia de la gran isla al imperio chino comienza en el siglo XVII), pero al menos no descaradamente territoriales.
Aceptar el valor de algo así como el “derecho geográfico” desnudo y crudo para dar derechos a la tierra implica quitárselos a sus habitantes. No es que la historia de la humanidad no abunde en ejemplo de esa conducta, pero no hay ninguna razón para sentirse orgullosos de la atrocidad de atribuir a la geografía nuda una personalidad jurídica, detentora de derechos, negada a quienes viven allí. Porque seamos claros, ¿qué significa reclamar Ceuta y Melilla en base a ese derecho geográfico?: pues negar derecho a vivir en paz en esa tierra, que es la suya, a ceutíes y melillenses, y por supuesto a españoles en general. La invasión que ha sumido a Ceuta en el miedo y la inseguridad es solo la puesta en práctica de ese derecho de la geografía sobre los humanos.
Contaminaciones del lenguaje
El nacionalismo es muy aficionado a esta identificación de territorio con derechos a costa de los humanos. El vasco, sin ir más lejos, derogó el uso oficial del término “provincias” -que para Guipúzcoa y Álava se remonta a 1397 y 1464, respectivamente- en beneficio de los “territorios históricos” (que es, precisamente, lo que no son). Es una de esas contaminaciones del lenguaje que parecen inocentes, pero no tanto: se trata de acostumbrar a la atrocidad nacionalista de que no sean las personas y asociaciones humanas las que tengan derechos, sino la tierra desnuda (para los woke, la pacha mama).
El romanticismo alemán desarrolló la equiparación de tierra con sangre como sustancia de la patria, contradiciendo de modo explícito la tradición cosmopolita de la Ilustración, el cristianismo y la cultura clásica. El aforismo latino “ubi bene, ibi patria”, mi patria es donde esté bien, es intolerable para esa mentalidad arraigada más en la pertenencia a una tierra que en la común condición humana. Bien pensada, la cosa es tan demencial que el mismo nacionalismo moderó su propensión al culto del humus trufándolo de los no menos discutibles “derechos históricos”, al menos basados en la humanidad, aunque sea la humanidad muerta de los antepasados que vivieron y -sobre todo- murieron en el sagrado terruño. El ‘derecho geográfico’ contiene una amenaza latente de deshumanización y brutalidad extrema desvelada en las limpiezas étnicas y genocidios por la conquista de tierra ajena.
Eran seres humanos
Durante la gran expansión global de España abundaron los debates intelectuales, jurídicos y teológicos, sobre la justicia de conquistar países y Estados habitados y anexarlos al propio sin agresión previa. En la famosa controversia de Valladolid, protagonizada por fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, la posición final de los humanistas de Salamanca fue muy clara: los indios, a pesar de ser paganos y de pecados nefandos como los sacrificios humanos, eran seres humanos con alma inmortal a todos los efectos, luego sus tierras no podían considerarse terra nullius (tierra vacía) o descubierta disponible para los castellanos. En síntesis, el descubrimiento de nuevas tierras no desterraba la precedencia del derecho natural y de gentes.
La teoría de Francisco de Vitoria y compañía, que con razón se considera una de las bases del desarrollo de los derechos humanos universales, ponía en peligro la justificación de la conquista española de los reinos de Indias, asunto que, aunque hoy nos parezca imposible, importaba a las élites políticas e intelectuales de la época. El compromiso, ineludiblemente pragmático, consistió en condicionar la conquista de las Indias a la misión de cristianizar y civilizar a los nativos, pero respetando la vida, propiedad y autogobierno de los nuevos vasallos. Es la razón de que al sur de río Grande haya mayoría de nativos y mestizos, y al norte algunos restos que malviven segregados en reservas de la antigua “tierra vacía”.
Por desgracia, esta clase de debates casi han desaparecido por el avance del iliberalismo autocrático que sin duda admiran en Rabat. “Derecho” es la palabra mágica que pretende el prodigio de quedarse con una tierra habitada esfumando en la geografía los verdaderos derechos de sus habitantes. No hay otra que se haya usado tanto para justificar el abuso y la pura violencia terrorista en esta era. Que Marruecos lo aplique a Ceuta y Melilla no debería despacharse como cosa banal: invocar el “derecho geográfico” equivale a declarar Ceuta y Melilla terra nullius correspondiente al reino alauita. Y aunque después rectificaron, numerosos senadores republicanos de Estados Unidos estaban dispuestos a apoyar oficialmente la pretensión.
De Ucrania a Ceuta
Algo semejante se invocó al comienzo de la segunda y actual guerra de Ucrania. Para justificar su “operación militar especial”, Putin invocó las mentiras habituales sobre la persecución a los valores y lengua de los rusos en tierras ucranianas, pero el verdadero motivo es que, según Putin, Ucrania ni existe ni puede existir de ninguna manera porque la tierra ucraniana es, era y deberá ser tierra rusa por pura evidencia geográfica. Y si es tierra rusa, quienes viven allí sólo son y pueden ser rusos, sea vivos o muertos.
Si el paciente lector ha seguido el hilo, la aplicación al caso de Ceuta y Melilla es transparente: según Rabat es la geografía la que manda, y esta le dice que nuestras ciudades eran, son y deberán ser Marruecos. Es una escalada verbal añadida a la reciente invasión. No es una broma.