- Ni en sus peores fantasías pudo Jean Raspail imaginar que un presidente podría irse de vacaciones en plena invasión de su país.
La novela más polémica de los últimos cien años no es Sumisión, de Michel Houellebecq, escrita en 2015.
Es El campamento de los santos, de Jean Raspail, escrita en 1973.
El campamento de los santos es la Sumisión de la década de los setenta.
La trama de El campamento de los santos se desarrolla en la década de 1990, cuando un millón de inmigrantes suben a bordo de una flota de barcos herrumbrosos en el río Ganges, en la India. Lo llaman «La Armada de la Esperanza».
Su objetivo es navegar hacia Francia en busca de una vida mejor.
A medida que la flota se acerca a Europa, la novela se centra en la reacción de la sociedad occidental.
En lugar de organizar una respuesta firme, el Gobierno francés, la Iglesia Católica, los medios de comunicación y los intelectuales se ven paralizados por una mezcla de complejos de culpa históricos, ideales humanitarios suicidas y corrección política.
Los colegios ordenan al unísono redacciones sobre «la vida a bordo de los barcos», pidiendo a los escolares franceses que imaginen lo que harán cuando esos inmigrantes llamen a su puerta para pedir un trozo de pan.
Toda Francia fantasea con las grandes dosis de misericordia con la que recibirá a los inmigrantes.
Cuando los barcos finalmente atracan en la Costa Azul, las fuerzas armadas francesas se niegan a actuar contra los invasores, que se muestran pacíficos y desarmados. El presidente, incapaz de actuar, dice a los soldados que actúen «según su conciencia», lo que dinamita la autoridad del Estado y lanza a los invasores la señal de que la sociedad francesa no sólo no sabe cómo defenderse, sino que ni siquiera desea hacerlo.
Entonces, los inmigrantes desembarcan en masa y aplastan demográfica y culturalmente a la población local. Los líderes de los inmigrantes asesinan a los intelectuales y periodistas occidentales que los reciben, demostrando su nulo interés en compartir el poder o en agradecer el apoyo de los progresistas franceses.
Sólo algunas comunidades se atrincheran para resistir la avalancha sin huir hacia el norte, como hacen la mayoría de los franceses. Este pequeño foco de resistencia no es destruido por los inmigrantes, sino por el propio Gobierno francés. Un nuevo Gobierno provisional establecido en París, autodenominado La Comuna Multirracial de París, envía aviones de combate para bombardear esas comunidades y aniquilar a sus propios compatriotas «fascistas».
Al final de la novela, Occidente ha colapsado. Los Gobiernos europeos se rinden o son derrocados por grandes masas de inmigrantes que llegan a Europa y Estados Unidos espoleados por el efecto llamada y la inacción occidental, y las poblaciones locales son sometidas a la nueva mayoría.
En el último capítulo, se revela que el narrador de la historia es un superviviente blanco que está escribiendo estos eventos desde Suiza, el último bastión de Occidente que ha mantenido sus fronteras cerradas.
El libro termina con un fracaso total. El narrador explica que Suiza, ahogada por la presión internacional de los nuevos Gobiernos mundiales y por los simpatizantes pro-inmigración dentro de sus propias fronteras, está a punto de rendirse y abrir sus puertas.
El narrador cierra su relato asumiendo que el fin definitivo de la civilización occidental es cuestión de horas.
Como cualquiera puede imaginar, la novela ha sido considerada como un texto fundacional para los movimientos de la nueva derecha, y ha sido elogiada públicamente por figuras políticas conservadoras y nacionalistas, como Marine Le Pen en Francia.
En cierta manera, se considera El campamento de los santos como el precursor de Sumisión, aunque su enfoque es diferente.
A diferencia de Houellebecq, un pesimista anárquico que no cree que quede ya nada de valor que salvar en la cultura occidental, Raspail sí cree que en algún momento existió un pasado tocado por la gracia. Su pesimismo no es nihilista, sino conservador.
Raspail llora la pérdida de una Europa cristiana y aristocrática. Su desencanto nace de ver cómo ese mundo idealizado es destruido.
Houellebecq es por su lado un cínico desganado. Pero no es un cruzado nostálgico como Raspail. Sólo está aburrido. No es inmoral, sino amoral. Pero no por psicopatía, sino por pereza.
El campamento de los santos ha sido criticado por muchos motivos. El principal de ellos es la deshumanización de los inmigrantes. En la novela, los inmigrantes no buscan trabajo, no huyen de una guerra ni tienen intención de integrarse o prosperar. Raspail los describe literalmente como un ente colectivo, casi como una fuerza de la naturaleza, cuyo único instinto es consumir los recursos ajenos y someter a la población de acogida.
La visión de Raspail choca por tanto con la visión de la izquierda, que cree que la inmigración está impulsada por dinámicas complejas, pero racionales: demanda de mano de obra, la huida de la guerra o la búsqueda de una vida mejor. Que cree también, un tanto hipócritamente, que esa masa acabará convirtiéndose en su fuerza de choque contra el capitalismo y en la base de la nueva sociedad socialista.
De hecho, Jean-Luc Mélenchon, líder de la extrema izquierda francesa, lo ha reconocido de forma explícita: «Si cuentas con los trabajadores cristianos blancos para instaurar el socialismo en Francia, no va a suceder. Pero nuestros hermanos y hermanas musulmanes sí lo harán».
Jean-Luc Melenchon, leader of the biggest far-left party in France, explains why the alliance between progressives and Muslims is necessary.
“If you’re counting on white Christian workers to bring about socialism in France, it won’t happen. But our Muslim brothers and sisters… pic.twitter.com/docqPTkFN9
— Dr. Maalouf (@realMaalouf) August 14, 2026
También se critica de la novela su dualismo radical. Raspail cree que la sociedad occidental está dividida en dos bandos con visiones de la realidad no ya opuestas, sino incompatibles.
Uno de esos bandos es el de los débiles. Los progresistas, los religiosos y los políticos cegados por una empatía que les empuja a abrir las puertas a su propia masacre. Es el bando de quienes desconocen que la superioridad moral jamás ocupará el vacío que deja la muerte del instinto de supervivencia.
El otro bando es el de los mártires lúcidos. El de aquellos que ven la realidad tal y como es, que comprenden la naturaleza humana y la incompatibilidad de la barbarie y la civilización, y que deciden resistir hasta el final, sin darse por vencidos.
Y, sin embargo, quienes defienden la novela tienen razón en algo: Raspail supo intuir antes que nadie que la inmigración masiva se convertiría en el mayor punto de fractura política, ética y social de Europa en el siglo XXI.
Con El campamento de los santos ocurre algo muy curioso. La novela lleva al extremo el choque final entre la civilización y la barbarie en una Gran Apoteosis Final tan teatral como histriónica, apocalíptica, pesimista y paranoica.
Pero resulta imposible leerla y no ver en sus páginas Ceuta, Marruecos, El País, La 1, Pedro Sánchez, el PSOE, la Cruz Roja y los ceutíes. Sobre todo a los ceutíes, siendo bombardeados por su propio Gobierno, más cerca de los invasores que de sus ciudadanos, en nombre de la empatía y de la solidaridad.
En lo que se queda corta El campamento de los santos es en el personaje del presidente. Ni en sus peores fantasías pudo Raspail imaginar que el presidente llegaría a irse de vacaciones mientras miles de inmigrantes ilegales desembarcaban en su país ocupando una de sus ciudades y sumiéndola en el caos, la violencia y las enfermedades.
A tanto no llegó la imaginación de Raspail.