- Uno de sus invitados (a nuestra costa) le acaricia el hombro: presidente, presidente, presidente, presidente. Nada. De repente se levanta y exclama: ¡El Consejo de Seguridad Nacional debe reunirse! Pero nadie sabe si es por el somnambulismo. Jesús Calleja y Salvador Illa le cantan una nana
Así se caiga el mundo, Sánchez no interrumpe sus vacaciones. Tampoco perdona un festivo. Añadamos los paréntesis que él mismo se concede cuando algo le molesta, como los cinco días que se tomó para pensar en el amor y en la contabilidad de prostíbulos. Antes era moda ir a Marbella para una cura de adelgazamiento. Uno se ocultaba del mundo para reaparecer nuevo y ágil. Sánchez también se quita peso en sus retiros, pero peso moral. No se sabe cómo, sale con menos escrúpulos. Suelta lastre: las libertades de información, de expresión, de prensa… Algún adlátere con tres lecturas (no sé quién podría ser, quizá un ujier) le pasa frasecitas o sintagmas afilados, como la máquina de fango de Umberto Eco. Sánchez tiene hambre de holganza. Sueña que está durmiendo mientras está durmiendo. Para regodearse. Es un metadurmiente. Cuando huele trabajo de lejos, reposa preventivamente. Es una fiera para el descanso.
Por eso no ha podido hacer nada, hasta ahora, de cara a la invasión mora. Su molicie es tal que, en un primer momento, a punto estuvo de ordenar «que se queden Ceuta». Solo para no levantarse de la tumbona. Es como lo de Franco pero al revés. Sabrán que Franco declaró la guerra a Marruecos cuando supo de la Marcha Verde, antecedente más que cincuentenario de la Marcha Borde de ahora. Pero Hassan II había lanzado su ataque de guerra híbrida ‘avant la lettre’ precisamente por el vacío de poder. Adivinó que el equipo médico habitual no negaría la previsible excusa: al moribundo se le había ido la cabeza. Del feo de entonces a los saharauis –que vivían tan contentos siendo españoles y de repente no fueron más que carne para el vecino expansionista– viene una confusión. La confusión de que el Frente Polisario caiga simpático. El Frente Polisario practicó el terrorismo, asesinó españoles como una pequeña ETA del desierto. Pero esas cosas no se recuerdan, ¿verdad, Bardem? Que el enemigo pasara de ser la ingrata España al despiadado Marruecos no hace buena a aquella canalla.
Entonces va Sánchez y bosteza, no puede creer que las vacaciones se hayan acabado tan pronto. Comprueba que, con buen criterio, su primer instinto de regalar Ceuta ha sido frenado por una especie de equipo médico habitual que controla su flojera. Comprende que han hecho con él como hicieron con Franco: desatender su voluntad. Si aquel quería guerra, este quería paz. Paz de palacete de gorra, paz de gandul, paz de haragán. Pero qué bien queda hablar de paz, se dice en el duermevela. ¿Oriente Medio? Paz y dos estados, paz y dos estados. Te aprendes cuatro tonterías de este tipo y quedas como un estadista en Europa. Se ha dormido otra vez. Uno de sus invitados (a nuestra costa) le acaricia el hombro: presidente, presidente, presidente, presidente. Nada. De repente se levanta y exclama: ¡El Consejo de Seguridad Nacional debe reunirse! Pero nadie sabe si es por el somnambulismo. Jesús Calleja y Salvador Illa le cantan una nana.