- Tenga en cuenta el lector que, según la Comisión Europea, en el país vecino hay hasta tres millones de jóvenes que no hacen absolutamente nada, ni trabajan ni estudian, y muchos de los cuales se han inclinado ya por la delincuencia. Son la munición con que nos amenaza Rabat
Continuarán vertiéndose ríos de tinta sobre Ceuta porque, de las muchas crisis que el actual Gobierno provoca, esta es una de las más graves, junto con la alianza con el independentismo catalán –y la consiguiente amenaza para la unidad de España– y la galopante corrupción que asola al PSOE, al Gobierno y a la propia familia del presidente. La invasión de Ceuta, la desprotección de los nacionales que allí viven, la evidencia de una extraña rendición ante un país vecino que ha decidido declararnos la guerra son, con toda seguridad, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de millones de españoles que no suelen vivir en la polarización política. Es la tantas veces nombrada mayoría silenciosa que en esta ocasión sí ha visto las dimensiones exactas de un mal gobierno.
Conviene tener dos ideas claras en esta cuestión ceutí, que es la prueba palpable de la fragilidad demostrada por España para escándalo de la inmensa mayoría de los españoles y de la comunidad internacional. El primer y principal culpable de lo que estamos viviendo es Pedro Sánchez. Un tipo sin empatía que no siente ni padece, y que deja transcurrir 29 días de vacaciones sin acercarse a Ceuta más allá de una breve visita de tres horas al comienzo de esta crisis. Su sometimiento inexplicable al vecino del sur puede ser, de depurarse las responsabilidades necesarias y oportunas, merecedor de pena de cárcel.
El segundo responsable de semejante crisis es Marruecos. Como ya dije, nos ha declarado la guerra. Sus dirigentes en este trance son unos mentirosos, como suele ser habitual en ellos. Los viejos militares africanistas solían decir de ellos que «eran de naturaleza traidora». No esperemos nada bueno de Marruecos. Tanto de su declinado monarca, coloque ahí el lector todos los sinónimos que le parezcan oportunos, como de sus ministros y sus élites. Son enemigos declarados de España. Y ayudados ahora por Israel y Estados Unidos, cuyo apoyo de antaño hemos perdido por el infantilismo irresponsable de Pedro Sánchez, el peor gobernante español en siglos.
Tenga en cuenta el lector que, según la Comisión Europea, en el país vecino hay hasta tres millones de jóvenes que no hacen absolutamente nada, ni trabajan ni estudian, y muchos de los cuales se han inclinado ya por la delincuencia. Son la munición con que nos amenaza Rabat. Y nosotros, empeñados en cumplir una ley que Marruecos no respeta. Es más, la regularización masiva anunciada y perpetrada meses pasados ha actuado como un imán para esos cientos de miles de jóvenes marroquíes que malviven en una satrapía más propia de la Edad Media que de la modernidad de la que presumen.
La presencia de los miles y miles de marroquíes que hemos visto en Ceuta es una advertencia muy clara del futuro que nos espera. Una negra señal que anuncia el advenimiento de un tiempo peor, cuyos únicos responsables son Sánchez y Mohamed VI. Da miedo. Sánchez, además, se ha empeñado en empobrecer a los españoles. A las naciones se las conquista por las armas o empobreciendo económicamente a sus ciudadanos. Sánchez está en ello. Va camino de destrozar y hacer desaparecer la clase media, la gran obra de los últimos setenta años, e introducir en España a millones de personas en condiciones precarias, vía ley de nietos y regularización de inmigrantes. Cuanto más pobres e incultos vivan en España, más posibilidades tiene Sánchez y su extrema izquierda de que los voten.
No lo duden, Marruecos es nuestro enemigo y Sánchez, su cómplice en España.
Nota final: mientras tanto, la admirada Polonia, sufridora como pocas de la crueldad comunista, con un pueblo vigoroso y una clase política patriota e inteligente, ha logrado situarse en la punta de lanza de la economía europea, inmediatamente detrás de Suiza. Cada pueblo tiene lo que se merece.