Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo
- Los marroquíes no pueden comer un bocado, llamar por teléfono, viajar o realizar una gestión bancaria sin dejar parte de su dinero en los bolsillos del rey por sus amplios negocios
El maquiavelismo del sultán de Marruecos al abrir la frontera de Ceuta posibilitó la avalancha de inmigrantes ilegales, pero si España limitase por tierra con otros muchos países pobres y autocráticos, aunque sus gobiernos abriesen la frontera, los habitantes no estarían tan desesperados por escapar. Si Mohamed VI hubiera dejado abierta las fronteras de Ceuta y Melilla de manera indefinida, en un par de semanas habrían huido varios millones de marroquíes, dejando medio vacío todo el norte del país. Por lo tanto, aquí hay fenómenos que necesitan ser explicados.
Marruecos ha progresado materialmente. Existen realizaciones innegables como el magnifico puerto Tanger-Med, o las nuevas infraestructuras en Rabat y otras grandes ciudades. Pero detrás de esta fachada brillante, en los barrios marginales y en muchas zonas rurales se sigue padeciendo una pobreza pavorosa. La tasa de analfabetismo todavía es del 25% -en el campo supera el 47%-. Y en el norte de Marruecos es mucho peor. En 60 años de independencia, casi ningún alto cargo ha sido rifeño, y en una cultura patriarcal jerárquica de familia extensa, si no tienes contactos no existes, de manera que el Rif ha sufrido una carencia crónica y acumulativa de inversiones en servicios públicos o infraestructuras. Las tasas de analfabetismo son casi el doble que la media nacional. Los otros países del Magreb lo han hecho bastante mejor. En Argelia, pese a su economía estatalista coaptada por oligarquías corruptas, la tasa de analfabetismo es del 18,5% y las desigualdades entre campo y ciudad o entre hombres y mujeres son bastante menores. En Tunez, los analfabetos son todavía menos, el 13,75%.
La economía marroquí se ve sistemáticamente lastrada por el oligopolio de la familia real. Hace unos años se denominaba Ómnium Norteafricano, pero como ese nombre era pelín descarado, ahora se llama Al Mada y posee entre otras cosas el banco Attijariwafa, el mayor de Marruecos, la telefónica Inwi, una de las tres únicas autorizadas, o Marjane, la principal cadena de supermercados del país. Y posee amplias participaciones en los restantes bancos, telefónicas, supermercados, minería y toda clase de negocios. Por lo tanto, los marroquíes no pueden comer un bocado, hacer una llamada, viajar o realizar una gestión bancaria sin dejar parte de su dinero en los bolsillos del monarca.
Así están las cosas desde que Mohamed V, abuelo del actual monarca, logró independizarse de los franceses en 1956 y empezó a tratar a su propio país como una colonia o rancho del linaje real. Mohamed V pasó a denominarse rey en vez de sultán, como signo externo de modernización, pero el gobierno de Marruecos sigue ajustándose al milímetro a lo que Juan Linz y Alfred Stepan denominaron «gobierno sultánico»:
-Un gobernante arbitrario que carece de restricciones legales o incluso racionales.
-Se mantiene cierto pluralismo en la política y la economía, pero no hay Estado de Derecho y todo depende de la voluntad caprichosa del gobernante.
-Estado patrimonial, casi propiedad personal del gobernante, con límites borrosos entre lo público y lo privado.
-No hay verdadera ideología sino sucedáneos: culto al líder, exaltación de símbolos patriótico/políticos, irredentismo territorial, religión instrumentalizada… aunque nadie se los crea de verdad.
-A diferencia de los sistemas totalitarios, no hay partido único ni movilización de las masas, más allá de acontecimientos ceremoniales a través de redes clientelares.
-La administración, la policía y las fuerzas armadas son instrumentos personales del líder.
Linz y Stepan redactaron sus tesis pensando en las dictaduras iberoamericanas, pero Marruecos se ajusta casi al milímetro a sus postulados. Los marroquíes se sienten como en una cárcel, obligados a fingir que acatan los consensos obligatorios sobre la monarquía o el Sáhara bajo pena de severos castigos. Por eso ansían escapar y el sultán les ayuda, porque la emigración es la válvula de seguridad del régimen, siguiendo la pérfida formula de privatizar los beneficios y socializar/externalizar los costes, en este caso hacia los países receptores de emigrantes. Cuantos más marroquíes emigren, menos quedarán para organizar protestas.
Gracias a la emigración, Mohamed VI puede comportarse como un terrateniente absentista, pasándose más de la mitad del año en viajes de placer por el extranjero. No necesita emprender reformas -que mermarían su poder y sus gigantescos beneficios-, porque puede exportar el desempleo y el descontento. ¡Pagan los vecinos! ¿Pero queremos pagar nosotros este gobierno sultánico? ¿Quieren pagarlo los marroquíes de a pie? ¿Y que estamos dispuestos a hacer para rechazar la factura?