José Alejandro Vara-Vozpópuli
- Sánchez bracea a la desesperada para evitar que la dignidad de la población de Ceuta destroce sus planes
No es el naufragio del Titanic. El hundimiento del sanchismo es el del Christina O, el yate del Triángulo de la tristeza que se va a pique desbordado de excrementos, boñigas, detritus, deposiciones y demás variedades de la putridez humana. Ceuta puede ser el iceberg que precipite su defunción pero el buque llevaba a la deriva desde el momento mismo en el que Sánchez tuvo que cesar a Paco Salazar, el paseante con la bragueta abierta cerca de los rostros de las compañeras de Moncloa, dos minutos antes de que lo nombrara sucesor de Santos Cerdán al frente de la sala de máquinas del partido. Ahí empezó el crepúsculo del régimen, cuando le cortó la cabeza al “quinto pasajero del Peugeot” por la información publicada en un medio amigo apenas unas horas antes de que el Comité Federal hiciera pública su designación. No había causa abierta, ni denuncia pública, ni trámite judicial alguno. Un plisplás. No fue como el cese de Ábalos, que se camufló con una crisis de Gobierno y hasta se le permitió seguir como diputado. A Cerdán se le confirmó como secretario de Organización cuando estaba a punto de ser encausado. A Salazar ni siquiera se le permitió abrir la boca. A la calle, eso sí, a una labor cobrando del partido para controlar el censo de los nietos en el Cono Sur.
Ni una pieza más
Un signo de debilidad. Un gesto ahora impensable en el number One que, con el episodio del fiscal general del Estado, decidió que no se se sacrificaba ni una pieza más. Alimentaba así la teoría peronista del lawfare y el ‘partido judicial». O sea, que todas las togas apestan a derecha franquista, son de familia bien y respiran por el mismo costadillo ideológico. De modo que los señalados por la Justicia se quedan en su puesto hasta que al jefe de le antoje. No se mueve nadie. Así, la directora general de la Policía, el DAO, la presidenta y el vicepresidente de la SEPI, la gerente del PSOE, todos ellos en el banquillo y sin dejar el cargo oficial. Hay casi 130 interfectos vinculados al Gobierno o al PSOE que tienen asuntos pendientes con la Justicia. Se acabó actuar conforme dicta la prudencia y la norma democrática. Aquí no hay más culpable que la derecha y quien lo dude va al precipicio.
El buque fantasma sanchista, inundado de pestíferas inmundicias, prosiguió su renqueante navegar con muestras evidentes de agotamiento. De hecho, no era capaz de ganar unas elecciones ni recurriendo a añagazas estrambóticas, como convocar a las urnas en pleno verano. Estos últimos meses, el Gobierno es un rosario de estertores, otro año sin presupuestos y van tres, sin apoyos en el Parlamento, sin posibilidad de gestionar, de legislar, de concretar proyectos, todo a decretazo limpio, como una autocracia caribeña. Una nave que se mantiene a flote porque sus apoyos periféricos, los liliputienses independentistas que pretenden destruir la nación, se afanan en saquear lo que queda en la bodega antes del desguace.
Las joyas de ZP se eternizan
No puede seguir, convocará en febrero, dicen las apuestas optimistas. Aguantará hasta el límite, es decir, el 22 de agosto, o más allá porque ya tiene encargado un estudio por ver si puede estirar hasta diciembre del año próximo. No le teme al castigo de las autonómicas y locales de mayo, ya mordió el polvo en el 23 y ahí sigue. Quienes le tienen pavor son los Pages y tantos miles de carguitos de izquierdas que se quedarán sin silla. Y eso, ¿a él? Le inquieta el juicio de Begoña, por razones sentimentales, no es agradable compartir cama con una procesada, y la causa por la presunta financiación ilegal del PSOE, que le pueden empujar hacia el banquillo, pero van para largo. Como las joyas de ZP, que no llegará sentencia hasta dentro de tres años. Estos ritmos de la Justicia española, temerosa y cojitranca (le dicen garantista, será con quién).
El Christina O, el lujosísimo yate de la hija de Onassis («es tan pobre que no tenía más que dinero», Sabina), se va a pique en la peli del Triángulo inundado de ríos de boñigas tras el asalto de una banda de piratas indonesios. El destartalado navío de sanchismo está a punto de conocer el mismo destino tras el asalto inopinado a Ceuta de 80.000 impetuosos jovenzuelos animados por el reyezuelo del vecino sur. Todo han sido ofensas y desprecios por parte del Gobierno socialista a la pobre gente de la plaza asaltada. Todo han sido burlas a esa población aterrada. Un mes de abandono mientras el visir de La Mareta chapoteaba en su océano privado. Quizás no calibraron en Moncloa los efectos de las horas y horas de imágenes televisivas de mujeres ceutíes llorando angustiadas, de ancianos encogidos de dolor, de niños sin pisar un parque no darle a la pelota más que en el pasillo de casa, de muchachas encerradas en sus casas por temor a los miles de zombis ilegales que se adueñaron, en un visto y no visto, de aquel trozo de España.
Lo peor ha venido después. Además del mes de rechifla vacacional del presidente, eta semana aterrizó el Gobierno en el Congreso para aferrarse al único argumento que le puede sostener el relato. La culpa es de Aznar y no de Mohamed. O sea, de la derechona y no de Marruecos, todo lisonjas y caricias hacia el rey alauí. La cantinela de la sincronizada es pura infamia: los ceutíes son violentos porque no abrazan a los pobrecitos migrantes, la ultraderecha se ha apoderado de Ceuta y muele a golpes a los seres de luz que nos pagarán las pensiones. “He visto a un niño de doce años tirado en el suelo que podía ser mi hijo”, relataba, casi lacrimógeno, el ministro Ángel Víctor Torres. Nada dijo de las catorce menores víctimas de asaltos sexuales por los invasores. La estrategia de siempre. Cero autocrítica y buscar un culpable en ese lado del tablero. En la pandemia fueron ‘los cayetanos’. En los incendios, la desidia de los presidentes regionales del PP. En la Dana, el del Ventorro. “Yo no soldé las vías de Adamuz”, argumentó Puente para eximir su responsabilidad en el lamentable estado de los railes.
Agitadores infiltrados
“Estas cosas ocurren”, soltó Marlaska en los primeros momentos de la invasión. «Esto no es nuevo», argumentó Bolaños con gestitos de piojo acollonado. “Otra crisis más que resuelve el Gobierno”, entonó el mostrenco de Transportes al segundo día de la avalancha. “Vamos a devolverlos a todos”, prometió el engolado Alvares. Los ministros se desmentían a tiro cruzado, se enfrentaban, se contradecían. No había un mando único en Moncloa. Robles que si hubo informe del CNI. Marlaska, ahora con nuevo look capilar estilo Ferrán, oh Ferrán, que si el CNI es una patata, Bolaños que si quedan diez mil, Ángel Víctor que si cinco mil… Hasta que dieron con la piedra filosofal que mantiene viva a la izquierda: todos los males son por culpa de la fachosfera, que es franquista y no admite un gobierno progresista ni el resultado de las urnas.
El Gobierno no estuvo. Un mes en la inopia, un desfile de ministros figurantes por la pasarela de Ceuta pretendió llenar el clamoroso vacío. Pero ya ha vuelto el gran narciso y los voceros de la infamia se han abrazado el viejo estribillo: Es Aznar (que pasó el jueves por allí), es la ultraderecha, como ocurre en media Europa, es ‘la internacional reaccionaria’, que apuntó el mequetrefe de Exteriores. Airada y desesperada, la población de Ceuta ha empezado a moverse. Harta paciencia ha tenido. Frenan el paso a las ONG (grandes negocios) para que no alimenten a los invasores y los más desesperados pretenden sacarlos de su tierra a empujones. Atención que hay gentuza infiltrada, activistas camuflados, profesionales de la agitación disfrazada entre la buena gente. Como cuando la la revuelta de la Vuelta ciclista, teleridigida desde la delegación de Gobierno de Madrid.
Barras de hierro
Sánchez quiere bronca, como Zapatero quería tensión. Y algo más. Pretende convertir la ocupación de Ceuta en una revuelta de ultraderechistas y xenófobos que carecen de un mínimo de humanidad para atender a toda esa pobre gente que solo busca protección, cariño y una pensioncilla como menesteroso refugiado. De haber recurrido a semejante patraña en los primeros días de agosto, quizás habría colado. Ahora ya no. Toda España, y medio mundo lleva contemplando desde hace un mes, día tras días, las imágenes y testimonios de una ciudad invadida sin nadie que la defienda. La opinión pública asiste acongojada a los llantos de los olvidados del estrecho, de los hostigados de la ciudad maltratada. Ya no cuelan esos embustes ponzoñosos, nadie puede pensar que los perseguidos ceutíes, confinados por las turbas, son una banda de facinerosos infectados de odio y con ansias infinitas de apalear inmigrantes con barras de hierro, como dijo una elementa de ultraizquierda desde su dacha con piscinón.
Mal pintan las cosas para el cesarín de Tetuán. Su barquichuelo enfangado hace agua por todas partes. Por eso a convocado este lunes a la Ser, necesita un masaje postvacacional antes de su comparecencia del jueves en el Congreso. En Moncloa se encomendarán a sus dioses para que en Ceuta ocurra eso que avalaría sus teorías de la embestida ultra, como alientan sus medios afines. La desesperación les guía. No es el Titanic el que se hunde, entre música de orquestina y danzas del adiós. Es la pestífera Christina O., basuras y excrementos de proa a popa, la que se va a pique. En estas horas cruciales, el desalmado déspota bracea a la desesperada para salvarse.