Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • En Ceuta tenemos a decenas de inmigrantes que apedrearon e hirieron a los militares y también a miles de españoles que se manifestaron contra el abandono del Gobierno

Esta semana tenemos temas interesantes, como los movimientos previstos en Alemania y Francia para reformar (aquí lea endurecer) su sistema de pensiones. Es algo que debería obligarnos a reflexionar sobre nuestro inevitable futuro, dado que sufrimos una situación similar en las cuentas públicas. Pero, como ya no hacemos presupuestos desde hace una legislatura y han pasado a ser una reliquia de los tiempos viejunos y felizmente superados gracias a la política moderna y progresista de nuestro querido presidente, que los considera una inutilidad engorrosa, no hablaremos hoy de ello. Otro día.

Por el contrario, Ceuta acapara toda la actualidad y por eso debemos hablar de las cosas que pasan en Ceuta. ¿Qué pasa en Ceuta? Tranquilo, nada especial. Cosas normales, de esas que ocurren y que no tienen por qué tener responsables, es decir, culpables. ‘Marlaska dixit’. Primero fueron los 80.00 «invasores». Así los denominó Sánchez. Después estos volvieron a Marruecos (indeterminados, no se sabía cuántos), salvo unos miles (en un principio indeterminados también, aunque este viernes Marlaska lo cifró finalmente en 5.000) que se quedaron en Ceuta.

Por el camino, casi 150 murieron en el intento de asalto y hubo más de cien desaparecidos, a los que hay que añadir varios miles de menores que todavía no han sido identificados, ni por lo tanto censados. Más cerca en el tiempo tenemos a las decenas de inmigrantes que, desesperados, apedrearon e hirieron a los militares españoles, y los miles de españoles que, desesperados también, se manifestaron para protestar por el abandono del Gobierno e incendiaron las cabañas de la playa.

En el Congreso los ministros tratan de conciliar la versión de Robles con la de Marlaska

Como ve, ese tipo de cosas habituales y cotidianas. Nada raro. Nada extraño. Nada digno de molestar al veraneante habitual de La Mareta que trabaja en un solo día más que todo el Congreso en un mes. Y encima no les baja el sueldo a los diputados. ¡Panda de desagradecidos!

Mientras, en el Congreso algunos de los ministros implicados han empezado a relatar la lógica de lo sucedido. Lo malo es que, como tal cosa no existe, tratan de conciliar la versión de la ministra Robles (los servicios de inteligencia hicieron su trabajo a la perfección e informaron de lo que averiguaron a quienes debían informar) con la del ministro Marlaska (nadie informó de nada a quien debía informar), lo cual es perfectamente imposible de armonizar salvo para ese ejemplo de fidelidad canina y obediencia bovina que es Patxi López, quien asegura, sin reírse además, que ambas versiones son perfectamente compatibles. Los ministros comparecientes tratan también de convencernos de que nada tememos de Marruecos, porque es un socio fiel y leal, mientras que una gran parte de la población española esta convencida de que la información de la que dispone Rabat, gracias a la manipulación de los móviles que sustrajeron de varios integrantes del Gobierno –incluido el presidente–, es una potente carga de profundidad.

En este sentido. fue patético oír al ministro de Justicia, Félix Bolaños, insistir en que la justicia archivó la demanda que él mismo interpuso al no poder determinar quién había sido el culpable. Es decir, no determinó que no había caso ni culpable, sino que no fue capaz de ponerle nombre. Y si cree que no es así, que le encargue al CIS de Tezanos que incluya la pregunta – y manipule la respuesta– en su próxima encuesta. En la marcha que organizaron los ceutíes como protesta por el abandono que sufren, y que terminó con tiros disuasorios al aire, se coreó una fórmula que, puesta en boca de Puigdemont y aplicada al resto de los españoles, hubiese sido considerada por el Gobierno como un «modelo de convivencia ejemplar», pero que, dicha ahora por los airados ceutíes, se calificará por la ministra García de xenófoba y propia de la extrema derecha. En resumen decía: Si no se quieren ir, los echaremos. Sube la presión de la olla…