Pedro Chacón-El Correo

Si yo fuera humorista gráfico utilizaría algo parecido al cuadro de Géricault, ‘La balsa de la Medusa’, para ejemplificar lo que significa la crisis de Ceuta para Sánchez: su tabla de salvación. Sus partidarios, que los tiene aunque parezca increíble, piensan que su actitud displicente, tanto ante las penalidades de los ceutíes como ante los manifiestos desafíos a la integridad nacional procedentes de nuestro vecino del sur, es algo que realza su talla como gobernante. Pero todo se debe a la clave íntima con la que funciona –su necesidad personal de mantenerse en el poder–, a la que supedita la mayor de las crisis internacionales que hemos padecido en los últimos años.

Por encima de todos los riesgos que conlleva lo de Ceuta, mucho, pero muchísimo peor, estaba Sánchez antes de que ocurriera. Recordémoslo: cercado por una parálisis institucional sin precedentes, sin Presupuestos tres años seguidos, con todo su entorno familiar y político encausado y con su principal referente político, Zapatero, al borde de la defenestración personal y política. Todo eso está tapado y solo queda Ceuta, reclamándole al presidente que ejerza como tal, algo que él traduce como una reafirmación para continuar en el poder.

Los medios sanchistas se solazan porque Ceuta, dicen, servirá para decidir quién ganará las elecciones. Esa es la idea. Sánchez ha salido de su aislamiento y ya es capaz de confrontar con sus antagonistas. Luego hay partido. Es más, ha pasado de verse desbordado por el calendario judicial y presupuestario, a controlar él los tiempos. Ahora, además de tener el botón electoral, es él quien protagoniza el tiempo de la crisis, cuya inusual gravedad trae consigo que el único que la pueda gestionar sea él.

Todo lo demás queda en un segundo plano: la confabulación Marruecos-Estados Unidos-Israel, el destino de los menas, la próxima ocurrencia de Mohamed VI o, sobre todo, el hartazgo y la indefensión de la población ceutí. Sánchez, por la peculiar legislatura que protagoniza, está mucho más cómodo en un episodio así, cuanto más complejo mejor, que con lo que tenía antes. Y así se explica que ralentice su solución todo lo que pueda. Primero con su estancia en La Mareta. Luego nombrando un mando único hasta diciembre. Después retrasando, hasta que no ha podido más, la comparecencia en el Congreso. Hasta ha sonado que se iba a ir unos días a Andorra.

A los partidos de la oposición no les conviene en absoluto que lo de Ceuta se prolongue o que siga ocupando el centro del debate político. Necesitan imperiosamente volver a aislar a Sánchez en su burbuja. Pero lo tienen complicado. Sobre todo, mientras la gravedad persista y él sea presidente del Gobierno. Porque ese es justamente su escenario ideal. Que le sigan reclamando, que él seguirá dilatando las soluciones, convirtiendo a Ceuta en su fiel aliado electoral.