Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • Parece incomprensible que un hallazgo semejante no fuera depositado en un museo de primera categoría

Nolan no ha querido admitirlo, seguramente para no ofender la atroz ñoñería que hoy pasa por ética, pero la Odisea de verdad, la de Homero, termina muy bien: Ulises por fin llega a Ítaca, rescata a su heredero Telémaco y a su mujer Penélope del asedio de los voraces pretendientes, y con ellos su fortuna y honor de rey. Ciertamente lo hace con sangre, y sin escatimarla: todos los pretendientes son asesinados, y también los criados y criadas desleales. Sólo la intervención divina sosiega a Ulises para impedir que extienda la matanza a las familias de los asesinados y así recomience la guerra entre los aqueos.

El falso pacifismo ñoño es un defecto de Nolan, no de las duras culturas antiguas, y por eso la Odisea se admiraba y copió miles de veces hasta llegar a nuestros días como una obra maestra no sólo de aventuras y heroísmo, sino de solución ética y política del infortunio: el héroe no puede retroceder ante el peligro de muerte, de darla o recibirla (o eso es, precisamente, el heroísmo). Así que a los antiguos homéricos les habría decepcionado sobre manera la cancelación querida por Nolan del desenlace natural, bueno y justo de las interminables desgracias de Ulises, que era restablecer su honor exterminando a sus enemigos con sus propias manos (quizás con excesivo regodeo, pero conveniente para la tensión dramática).A Nolan hay que agradecerle haber devuelto el foco del interés popular a la cultura clásica y sus grandes temas intemporales y universales, que es precisamente lo que significa “clásico”. Pero ese interés expresa el creciente auge del estudio de la historia, es decir, del conocimiento del pasado, quizás como refugio y consuelo en esta era de extremada vulgaridad y decadencia, o quizás en busca de alguna luz sobre el futuro que se teme tenebroso. Basta con reparar en el auge del interés popular por la historia española de los últimos años -la reconquista, la unión política, el imperio global, las hazañas e instituciones del pasado, los desastres posteriores-, cuando no hace tanto era casi coto exclusivo de la paleoizquierda y el nacionalismo, normalmente con cultivo de la leyenda negra. 

En fin, según Jaime Gil de Biedma, “De todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. El robo y casi segura destrucción del tesoro de Villena parece dar la razón al poeta. 

El tesoro de Villena, según la Wikipedia, era “uno de los hallazgos más sensacionales de la Edad de Bronce europea… 59 objetos de oro, plata, hierro y ámbar que totalizan un peso de casi 10 kilos. Esa magnitud lo convierte en el tesoro de vajilla áurea más importante de España y el segundo de toda Europa, solo superado por el de las Tumbas Reales de Micenas, Grecia… destacan las piezas de hierro ya que son las más antiguas halladas en España y corresponden a una fase en la que el hierro se consideraba metal precioso”. Fue encontrado en 1963 por el arqueólogo José María Soler, natural de Villena.

Parece incomprensible que un hallazgo semejante no fuera depositado en un museo de primera categoría, en Madrid (el MAN habría sido el candidato más lógico, porque ofrece la mejor y más rica visión de conjunto del periodo), Alicante o Valencia, pero al menos estuvo bien guardado en una caja fuerte hasta que, al calor del auge del interés social por la historia, que se traduce en turismo y negocio donde hay museos o monumentos populares, el ayuntamiento de Villena, de mayoría socialista, logró crear en 2021 un nuevo museo local, el MUVI, donde exhibir el tesoro original (no una reproducción, hay dos). Por comparar: la famosa máscara de Agamenón, con otras joyas encontradas en Micenas, está en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, y el Museo Arqueológico de Micenas expone una copia.Como Pedro por su sauna

Lamentablemente, el concepto de museo siguió fielmente los criterios de “política cultural” de la posmodernidad: más fachada y oropel que contenido, más concebido para atraer turismo que para proteger y estudiar el patrimonio, y buen yacimiento de empleos públicos. Concepto resumido en el dato, no desmentido, de que el último año el presupuesto del museíto que alojaba el tesoro de valor incalculable previera 3.000 € para seguridad y 210.000 € para nóminas. Lo usual.

Los cacos solo necesitaron cuatro minutos, cuatro, para romper una ventana y la vitrina, y arramplar con el tesoro mientras la policía municipal estaba distraída por la alarma de un distante polideportivo. Camino de la fundición y venta de sus diez kilos de oro según todos los indicios, pues el precio del vil metal está por las nubes: el despojo puede valer en torno a 1’25 millones €. Tres mil quinientos años de historia y un testimonio capital e irremplazable de la Edad del Bronce hispano, que cada día cobra más importancia y da más sorpresas (como la inesperada civilización del valle del Guadiana), volatilizados en cuatro minutos por la negligencia de las autoridades: el ministro de Cultura, un tal Urtasun, comunista, aún no ha dicho ni pío. Quizás haya ido a instruirse con la película de Nolan, donde Ulises habla de la Edad del Bronce en tono pesimista terminal.

Inútil perder el tiempo en lamentaciones, y menos aún discutiendo con la nutrida brigada de idiotas que creen de justicia perder el tesoro en Villena antes que guardarlo en un museo de Madrid. La apropiación sectaria de nacionalismo y extrema izquierda de la historia y el bien común no tiene arreglo. Por eso la única reparación justa del desastre de Villena sería una de tipo homérico, ajustada a los valores democráticos y del Estado de derecho: ni uno sólo de los responsables debería escapar a la inhabilitación de por vida para cargos públicos y empleos relacionados con el patrimonio. Pero más bien es de temer que sean premiados, porque es el hábito de este sistema de selección y promoción de los peores.

No habrá regreso de Ulises

La verdad, no cabe esperar ni justicia, ni reparación ni aprendizaje, solo el improbable milagro de que la Guardia Civil lograra recuperar el botín antes de su destrucción. El genuino Ulises sería hoy un odioso criminal para la cultura hegemónica, compuesta por los activistas del mester de progresía y los acomplejados de la derecha resignada. Y contra la estupidez los propios dioses luchan en vano, según la sabia máxima de los antiguos griegos.