Rafael Martínez-ABC
- Si a estos mensajes estratégicos que lanza el Gobierno pensando que con ellos sólo desacredita a la ministra Robles, aunque por el camino muestre las costuras de la política de seguridad nacional, le añadimos una gestión lenta, descoordinada y débil, el balance es obvio: lo mires por donde lo mires, un desastre
En menos de 72 horas desde el Gobierno se nos ha dicho: (I) que la ministra de Defensa miente, (II) que tanto la ministra de Defensa como el ministro del Interior dicen verdad y (III) que la ministra de Defensa anuncia tantas veces «que viene el lobo», que ya no se sabe cuándo pueda ser cierto. En definitiva, se intentó desacreditar a la ministra cuando ésta anunció que, gracias a la inteligencia generada por CIFAS y el CNI, se advirtió verbalmente a la Delegación del Gobierno del inminente riesgo de incursión masiva de extranjeros en nuestro territorio. Pero resultaba tan poco creíble la versión gubernamental hasta entonces sostenida de que la penetración de miles de marroquíes en Ceuta era un cisne negro de Taleb –eventos de alto impacto tan raros que son casi imposibles de anticipar–, y tan desproporcionado el cierre de filas contra la ministra, que el efecto fue el contrario, pocos creyeron al Gobierno. Tocaba, por tanto, cambiar la narrativa, y ahí es cuando se fraguó acudir a las fábulas de Esopo y el portavoz parlamentario del grupo socialista, Patxi López, dijo aquello de «las dos cosas son verdad» y el ministro del Interior remató con aquello de «había muchos informes (…) pero como los del año pasado». En definitiva, la ministra no es que mienta; pero sus servicios de inteligencia son tan alarmistas y anuncian con tanta frecuencia, como el pastor mentiroso, «que viene el lobo», que no se les puede dar crédito. Caso resuelto, la ministra no es que mienta, es que ve fantasmas por todos los lados, y para una vez que era verdad, quién lo iba a saber.
Puede que en la Moncloa o en el palacio de los Condes de Casa Valencia se entienda que así todo está superado y que han anulado y revertido el descrédito que les pudiera generar la ministra Robles; pero desde el punto de vista de la seguridad este incidente deja al descubierto varias evidencias y ninguna es buena. Intentaré explicarme.
Las políticas de seguridad –entre las cuales, lógicamente, integramos las de defensa– requieren primero de todo, una buena inteligencia. Es decir, información de calidad que procesada por analistas con criterio experto permiten al decisor político adoptar mejores decisiones. Esa inteligencia es el sustento de un pensamiento preventivo y estratégico. Sería fantástico que fuese proactivo, porque implicaría que estamos acudiendo a la raíz de los problemas y eliminándolos; pero eso muchas veces es tan quimérico como un unicornio. En otras palabras, la mayor parte de los problemas no tienen solución. De ahí, que ser capaces de prevenir que nos causen el menor daño posible es lo mínimo esperable. Pero como disponemos de la inteligencia con tiempo suficiente, por lo menos la que nos anuncia que tal cuestión pudiera ser un problema, aspiramos también a que el decisor político actúe con pensamiento estratégico, analizando la situación con visión de conjunto, anticipándose a escenarios futuros y tomando decisiones coherentes con los objetivos a largo plazo de sus Estrategias de Seguridad Nacional y de las estrategias sectoriales que de ella derivan. En este sentido, la vigente ESN 2021 es clara: «España requiere una capacidad de disuasión creíble y efectiva y una capacidad de defensa autónoma, frente a diferentes formas de agresión: desde las estrategias híbridas hasta el conflicto convencional». Finalmente, la inteligencia le permite al Gobierno calibrar la probabilidad de que una amenaza se materialice, así como el impacto que ella provocaría y en función de todo ello protocoliza diferentes gradaciones y tipos de respuesta buscando que, en toda circunstancia, ésta sea rápida, coordinada y contundente, lógicamente sin dislates, pero sin resquicio a la duda.
Sentadas estas bases canónicas de lo que cabría esperar, lamentablemente, lo acaecido y las explicaciones que a coro nos ofrecen Gobierno y PSOE –y de la que nuestros socios y no tan socios han tomado cumplida nota– parecen indicarnos que nada de ello se dio y, probablemente por estar centrados en la batalla interna de las narrativas y no haber pensado en las repercusiones que para la seguridad y la defensa tenían tales afirmaciones, se está reconociendo que: (I) disponemos de unos servicios de inteligencia que procesan la información de manera deficiente o que no acceden a información de calidad, (II) tenemos una ministra de Defensa, enfrentada a todo el resto del gabinete, superada por los acontecimientos y (III) atesoramos un Gobierno que nunca ha creído que una Marcha Verde 4.0 pudiese acontecer.
Es verdad que el ministro Grande-Marlaska quiso aclarar que nada tiene contra el CNI o contra el CIFAS; pero si todos los años fruto de sus informes te están anunciando una invasión, pues cabe que algún día acierten, o que no lo hagan nunca; pero lo que es prístino es que como decisor político; no te sirven. Según lo dicho, no serían servicios de inteligencia, sino agencias de alarmismo. A ello le unimos una ministra, responsable de ambos servicios, que no es capaz ni de revertir en sus agencias ese recurrente e innecesario «que viene el lobo», ni cuando de verdad viene es capaz de trasladar la relevancia, urgencia y certitud de la información. Hasta aquí la estrategia gubernamental que pretendía desacreditar a la ministra e insistir en la idea de que la invasión coordinada –por las mafias, por el Gobierno marroquí o por algún servicio de inteligencia extranjero– de millares de sujetos desarmados era una amenaza cisne negro. El propio ministro del Interior reconoció en la comparecencia: «no todo tiene necesariamente que haberse previsto».
Esto último es sin duda es lo más grave. El Gobierno, pese a lo acontecido en 2021 en la misma ciudad, reconoce que nunca ha creído que esa posibilidad fuese una amenaza factible. Por ello, bajo esa lógica, tampoco tenía previsto un protocolo de reacción ante un evento así. En definitiva, una amenaza te puede pillar con el pie cambiado por déficits de inteligencia o porque supera la magnitud de lo que tu habías imaginado en tus peores escenarios; pero considerar que lo ocurrido era tan imprevisible como el apocalipsis zombi es patético y, como país, nos deja en un pésimo lugar.
Si a estos mensajes estratégicos que lanza el Gobierno pensando que con ellos sólo desacredita a la ministra Robles, aunque por el camino muestre las costuras de la política de seguridad nacional, le añadimos una gestión lenta, descoordinada y débil, el balance es obvio: lo mires por donde lo mires, un desastre.