Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Piensa que solo el caos o el enfrentamiento social puedan salvarlo
Aunque los mercenarios que opinan de manera sincronizada y al servicio de sus amos nos anunciaron que Sánchez ya había resuelto la crisis a las pocas horas de que se produjera la invasión migratoria sobre Ceuta, lo cierto es que hoy, un mes después, no solo sigue sin estar resuelta sino que se ha agravado hasta convertirse en una crisis de Estado. Y básicamente por dos razones: una, porque tenemos a un gobierno de incompetentes incapaces de tomar decisiones racionales acerca de los grandes asuntos que nos afectan y, entre ellos, la cuestión migratoria y la amenaza de Marruecos; y dos, porque padecemos a un presidente, Pedro Sánchez, que dedica su tiempo a maquinar cómo permanecer en la Moncloa, único objetivo que le preocupa, por lo que, si a cualquier otro presidente le preocuparía cómo resolver las crisis que nos afectan, a él lo que le preocupa es cómo sacar rédito personal de ellas, y así con cada una de las que hemos sufrido en sus insufribles ochos años de desgobierno. Y por esto es Pedro Sánchez el principal problema de España.
La única alternativa posible
Y mientras tanto, mientras urde un plan para perpetuarse en la Moncloa y elude sus responsabilidades, y mientras los ceutíes, abandonados a su suerte, sufren sus políticas, Sánchez manda a sus esbirros a crear las condiciones precisas para que ciertos problemas, ya que no se resuelven, parezcan culpa o responsabilidad de otros, todo empeore y hasta eso le beneficie: ya que cuenta cada día con menos apoyo en las encuestas y en las urnas y que el resultado electoral será el que parece, quizás piensa que solo el caos o el enfrentamiento social puedan salvarlo: bien para aglutinar el voto de los más sectarios en un hipotético plebiscito entre monarquía y república, bien para decretar un estado de alarma que lo mantenga en la Moncloa, dos ideas que ya pululan por los aledaños del PSOE, o sea, en la cabecita de Sánchez. La alternativa es convocar elecciones, la única decisión decente que debería tomarse y, por eso mismo, la más improbable.
Cualquier cosa vale menos tomar las decisiones precisas: antes de la invasión, la defensa de nuestra soberanía, una política migratoria cercana a la de nuestros socios europeos con los que compartimos frontera y una política internacional acorde con nuestras necesidades: ni innecesariamente altiva contra quienes siguen siendo nuestros socios ni subordinada a Marruecos por misteriosas causas que todos suponemos; después, exigencia de responsabilidades a Marruecos, presencia del Estado en Ceuta y puesta a disposición de los ceutíes de todas las medidas precisas para devolver la normalidad a sus vidas, justo lo que no se ha hecho.
A los de la opinión sincronizada y servicios auxiliares les basta con acusar de racismo a todo aquel que osa afirmar lo que todo el mundo sabe: que no se puede aceptar la llegada repentina de 80.000 inmigrantes a un territorio de apenas 19 kilómetros cuadrados y una población de 84.000 habitantes sin que los recursos se agoten, los servicios mermen, los negocios que antes funcionaban ahora colapsen, los conflictos se agraven, los delitos se multipliquen, las enfermedades se extiendan, las libertades públicas se reduzcan, la inseguridad crezca y, por la tanto, sin que la convivencia salte por los aires. Y la responsabilidad principal de todo ello es de Sánchez y del Gobierno de España, titular de las principales competencias que, bien ejercidas, habrían impedido primero y resuelto después la avalancha migratoria de la que Marruecos, por acción o por omisión, es sin duda culpable. Pero no hay manera de que ningún ministro diga nada razonable, salvo Margarita Robles de manera intermitente.
Pedirle perdón a Marruecos
Según todos ellos y quienes cacarean sus eslóganes en las diferentes tertulias a las que los han destinado en servicios especiales, Marruecos no sólo no es responsable sino que es socio leal y amigo y, además, de la máxima confianza, mientras la oposición es irresponsable, nuestros socios europeos, sospechosos de las peores maldades, y los ciudadanos ceutíes que sufren las consecuencias de su incompetencia, unos desagradecidos o, peor aún, unos racistas. Es una cosa de locos, como dicen nuestros jóvenes. Pero siempre ha sido más fácil pontificar desde cómodas poltronas que vivir la realidad de determinados barrios por donde muchos de ellos no han pasado en su vida. El Gobierno de España empezó negando que Marruecos tuviera responsabilidad alguna en el alud de inmigrantes que traspasaron sus fronteras sin que hiciera nada por evitarlo, continuó dándole las gracias por los servicios prestados y, a este paso, acabará pidiéndole perdón por haberlo incomodado.
Hasta los sindicatos CCOO y UGT de Ceuta han puesto el grito en el cielo, han exigido firmeza y han pedido que se traslade a las personas migrantes fuera de la ciudad autónoma; pero debe de ser que los sindicatos de los trabajadores son también racistas y de extrema derecha, como lo somos todos los que no somos correas de transmisión de un gobierno sumergido en la ineptitud, la inacción y el casos.
Acorralado y entregado
A este paso, todo puede empeorar no sólo en Ceuta sino en el conjunto de España: el Estado se encuentra débil, el descrédito es creciente, la sociedad está polarizada, no hay gobierno capaz de resolver nada y Sánchez, acorralado por la corrupción, incapaz de defender nuestras fronteras y enfrentado a sus principales socios europeos, está subordinado al régimen teocrático de Marruecos, país que no cesará en su empeño de, a través de una guerra híbrida, utilizar a su población y su política migratoria para perjudicar a España, lograr réditos políticos y, llegado el momento adecuado, hacerse con los territorios que nunca fueron suyos, Melilla y Ceuta, pero a los que aspira hoy con más fuerza que nunca. Pero nosotros organizamos un Mundial con ellos.
La gravedad de lo que ha sucedido en Ceuta, corolario de las dos peores legislaturas de nuestra historia democrática, interpela al conjunto de los ciudadanos españoles, quienes tendremos ocasión mañana de manifestarnos en defensa de Ceuta y de los ceutíes, abandonados por un gobierno incompetente y un presidente infame. Como siempre, solo nos queda nuestro compromiso cívico y la manifestación pacífica pero firme ante Sánchez. Ceuta y toda España deben recobrar la normalidad perdida y Sánchez debe irse y convocar elecciones. Porque, mientras él siga, todo va a empeorar.