Cristina López Schlichting-ABC
- Claro que se supo, entonces y el pasado julio. Lo sabían en las colinas de Castillejos, lo supieron los guardias de Mohamed. Todos, menos los que no quisieron saberlo
Aún atesoro las cicatrices y el anorak rojo. Fue una noche sin luna y portada hace dos décadas. El fotógrafo Ernesto Agudo y yo regateamos en el poblacho de Fnideq, el antiguo Castillejos español: «¿Y mí, quí hase, si pasa algu, si pasa disgrasia?» –Tú coge el dinero ¿es que no lo haces a diario sin preguntar?– Ahmed había salido del zaquizamí de un cafetucho y sacó unos dientes amarillos. Nos depositó en una casa con cuatro chiscones: la cocina, con un hornillo eléctrico sobre una mesa; una letrina junto a un cubo de agua; un único dormitorio sobre cuya cama callaban dos niñas con el velo integrista y una sala con el tradicional poyo corrido contra tres paredes, con cojines sobre colchonetas, un hule estridente y dos pantalones tendidos. Allí cenamos cuscús y dormimos hasta las tres, cuando el silbido nos llevó a un coche conducido por un tío con chilaba. Lejos del pueblo nos hicieron descender por un talud. Al principio los guijarros reverberaban, luego ni eso. Cerré los ojos y caminé en la nada y recuerdo que dio resultado, que al abrirlos distinguía algunos yerbajos. Nos tiraron en el tajo del río. Olía a mojado y setas y Ahmed orinó cerca. Media hora, una hora, se hizo largo. Había mucha más gente, muchos «borregos» –así les dicen– en la oscuridad, con sus guías. Pasaron primero y nos dejaron el lote peor: «¡Vinga, vinga, ahora, ahora!». Corrimos entre raíces y socavones, saltamos el cauce ridículo y emprendimos una cuesta hasta las alambradas, donde las cizallas habían abierto un boquete. Los hombres se arrastraron primero. Ahí me enganché, había alambre bífido y se me clavó en el anorak rojo. Mis compañeros gritaban del lado español, pero yo estaba presa de manos y pies. Empecé a oír las voces de los guardias moros a mis espaldas y me desesperé. Estúpidamente pensé que dispararían, ya ves, cuando estaban sobornados. Me arranqué los pantalones y tiré de la cazadora, las manos y las rodillas me sangraban. «No me harán nada si permanezco quieta», después alcé un hilo de voz ridículo: «¡Soy una mujer!» dije levantando las manos, basculando con la cara sobre el alambre dolorosísimo. Un tirón interrumpió la patética función, Ahmed me sacó del atolladero por las solapas: «¡Arriba, arriba!» Fue una subida en vertical, diez minutos angustiosos, quinientos metros agotadores. Cuando llegó el furgón verde de la Guardia Civil, con los faros encendidos, ya habíamos cruzado. Luego, collados, zanjas y, al amanecer, el barrio de El Príncipe. Perros asquerosos, drogadictos y «borregueras», tabucos donde los inmigrantes pagan por noche.
Claro que se supo, entonces y el pasado julio. Lo sabían en las colinas de Castillejos, lo supieron los guardias de Mohamed. Todos, menos los que no quisieron saberlo.