Marisol Oviaño-Vozpópuli

  • El presidente del Gobierno sube a la tribuna del Congreso a reírse de la oposición y a dar las gracias al invasor

Antes del 11M, España había dejado atrás la guerra civil y miraba al futuro con optimismo. Hacía casi 30 años que Franco había muerto y encontrábamos natural que unas elecciones las ganara el partido al que votas tú y otras, el partido al que vota tu primo. Durante la campaña electoral del 2004, se daba por hecho que el PP ganaría por tercera vez y que ese candidato que se parecía a Mr. Bean encabezaría la oposición, ya tendríamos tiempo de conocerle. Pero pocos días antes de que metiéramos el voto en la urna, las mochilas de los trenes madrileños explotaron. Y todo cambió. Sin aquellos 192 muertos, no estaríamos hoy aquí. Rodríguez Zapatero, que así se llamaba el tipo del PSOE, ganó las elecciones y empezó a hablar de su abuelo, inaugurando con ello un guerracivilismo que muchas generaciones no habíamos conocido.

Como yo llevaba algún tiempo estudiando el yihadismo por mi cuenta, no me creí que unos moritos lumpen habían organizado y ejecutado aquel megaatentado para castigarnos por nuestra participación en la guerra de Irak. El perfil de los implicados no se parecía en nada al de los muyahidines de Bin Laden ni su modus operandi al de las acciones militares de Al-Qaeda, que entonces era el grupo terrorista de moda y acaparaba todas las portadas. Tampoco me convencía aquello de que el atentado lo habían preparado los servicios secretos franceses, envidiosos de nuestra relación con EEUU, con los servicios secretos marroquíes, deseosos de vengarse de lo de Perejil. Y me costaba creer esa teoría conspiranoica que aseguraba que el atentado había sido una obra de la red Gladio, que no habría dejado de existir tras la caída del muro de Berlín.

La afirmación de Aznar

“No creo que los que planificaron y eligieron precisamente ese día anden en desiertos muy remotos ni en montañas muy lejanas”, dijo un pasivo-agresivo Aznar que no quiso dar más detalles. Muchas veces se ha aventurado que no se explayó porque habríamos tenido que declarar la guerra a otro país. Pero, después de lo que sabemos ahora y a la luz que arroja preguntarnos cui prodest, cabría pensar que el expresidente no estaba pensando en un Estado extranjero, sino en una contienda civil. 

Entonces no quise pensar en ello. Como a todos los españoles, me resultaba más cómodo intentar creer que el PSOE no sabía nada del asunto. Pero ahora, viendo el personaje siniestro que ha resultado ser Zapatero y asistiendo a la delirante reacción de Sánchez ante la invasión de Ceuta, creo que quizá Acebes no estuviera tan equivocado como nos quisieron hacer creer. Por si eso fuera poco, además andan regalando la nacionalidad española por toda Hispanoamérica a la vista de todos, y esa falta de escrúpulos resulta muy inspiradora. Está en mi naturaleza de escritora crear mi propio relato; una ficción, señoría. 

Antes del 11M ya habían sorprendido a ETA en dos ocasiones preparando un atentado muy similar. Ante la posibilidad de estar al menos tres legislaturas sin tocar poder, a una mente maquiavélica se le podría haber ocurrido que sólo había que volar los trenes y atribuírselo a la yihad. Los españoles ya se habían manifestado multitudinariamente contra la guerra, y aquello los volvería contra el PP. A cambio de su plan, el PSOE proclamaría el fin de ETA —que entonces estaba acorralada— y la integraría en la democracia española como si nunca hubieran roto plato. ETA pondría el cerebro terrorista, Marruecos los peones —así podría vengarse por la humillación de Perejil— y Zapatero ganaría las elecciones. Era un win-win-win.

Los pecados de Pegasus

Sánchez no era nadie el 11M, no creo que le preocupe lo que Marruecos pudiera publicar al respecto: sabe que sus votantes asumirían sin problemas 192 muertos que, además, les quedan muy lejos; cualquier cosa —incluso ser invadidos por media África— antes que ver a Abascal de vicepresidente. Marruecos tiene difícil chantajearle con algo que sucedió hace 22 años, pero los pecados inconfesables que tiene Pegasus le obligan a ser vasallo de Mohamed VI y nos ponen a todos de rodillas ante el moro. Así se quejan los ceutíes de que los invasores, encima, se burlan de ellos como si en sus iPhone almacenaran vídeos que dejarían desnudo —incluso puede que literalmente— al Príncipe de La Mareta. 

Desde hace más de un mes, España está siendo invadida y el presidente no sólo no hace nada por evitarlo, sino que sube a la tribuna del Congreso a reírse de la oposición y a dar las gracias al invasor, al que ha prometido más dinero. ¿Qué somos? ¿Una mujer maltratada que se arrodilla ante su agresor para que no se vaya con otra? También, desde ese mismo estrado, Mercedes Aizpurua, la que señalaba desde Gara quién había de ser la siguiente víctima de ETA, nos sermonea sobre los Derechos Humanos. A nadie parece preocuparle ni Ceuta ni España. Y lo más preocupante de todo: resulta que ahora que nos hemos vuelto más plurales e inclusivos, la derecha no es alternativa de gobierno, sino una involución que no piensan consentir. Ya me contarás en qué puede acabar eso.