Rebeca Argudo-ABC

  • Pensaba estos días en el tendero de Havel viendo las mentiras, casi insolentes, de algunos ministros y periodistas sobre lo ocurrido en Ceuta

A finales de los setenta, Václav Havel fantaseaba en su ensayo «el poder de los sin poder» con la existencia de un tendero que una mañana cualquiera colocaba en el escaparate, entre cebollas y zanahorias, un cartel que rezaba «¡Proletarios del mundo, uníos!». Aquel tendero imaginario no era un ferviente comunista, así que la razón de colocar aquel cartel no era que creyese firmemente en esa idea. No lo hacía, pues, por una necesidad de comunicar su entusiasmo revolucionario. Tampoco porque lo fueran sus vecinos y aquel gesto fuese a incrementar la clientela. ¿Por qué lo hizo entonces? Simplemente porque era lo que pensaba que se esperaba de él. Eso es lo que Havel llama «vivir dentro de la mentira».

Pensaba estos días en el tendero de Havel viendo las mentiras, casi insolentes, de algunos ministros y periodistas sobre lo ocurrido en Ceuta. Ellos saben que mienten, nosotros sabemos que mienten, hay informes que demuestran que mienten, imágenes que les desmienten. Pero siguen mintiendo: siguen exhibiendo su cartel. Y supongo que, a estas alturas, esto solo se debe a que ninguno quiere ser el primero en romper filas aunque ya todos perciban (percibamos) que el mecanismo está averiado. Para verlo más claro les propongo que hagamos juntos el ejercicio, como Havel en su momento, de fantasear con tenderos y carteles. Elijan un ministro, el que más rabia les dé. Grande-Marlaska, por ejemplo, que negó tener información de Inteligencia alertando de la entrada masiva de inmigrantes ilegales en Ceuta y que insistió en esa negación incluso cuando se conocieron los informes, trasladando entonces la responsabilidad a la Policía (también nos serviría Óscar Puente, ahora que conocemos el informe que apunta a que el accidente de Adamuz fue provocado por la rotura de una soldadura y que había constancia de incidencias previas). Ahora, arranquen mentalmente de sus manos el cartel, la mentira sostenida, y coloquen en su lugar el siguiente, mucho más honesto: «Tengo miedo y por eso obedezco sin rechistar».

No es este el gesto que piensa que de él se espera, claro. Por eso no necesita siquiera creer genuinamente lo que dice, porque su comportamiento no tiene que ver con defender una idea, ni siquiera una verdad: es un pequeño gesto voluntario de sometimiento que apuntala la actuación colectiva. Por eso ninguno está dispuesto a asumir el coste de ser honesto, de decir la verdad. Prefieren seguir operando en el confortable espacio que habitan en la mentira. Es una cuestión de pertenencia. Por eso no es aquí «la verdad» la criptonita de «la mentira»: porque no es un problema de pruebas sino de precio. Solo dejarán de mentir cuando salga más caro seguir sosteniendo el cartel que dejarlo caer. De momento, sigue ahí, entre zanahorias y cebollas, sonrojando al mismísimo tendero de Havel.