Ignacia De Pano-Vozpópuli

  • Han pasado el verano encerrados como corderitos y sin entender por qué su ciudad ha dejado de ser suya

Son ocho mil. Como los nuestros, pasaron todo el curso escolar deseando que llegaran las vacaciones de verano. Una espera eterna, porque a esas edades el giro de la tierra alrededor del sol no se percibe a la velocidad galopante con la que nos agobiamos los mayores. Son niños con suerte, como los de Alicante, Santander o tantas otras ciudades pensadas para la felicidad. Tienen la playa y sus posibilidades inacabables de juego y aventura  a las puertas de su casa. Se trata de dejar los libros usados en un cajón y cambiar la ropa del colegio por el bañador y las chancletas. Siendo una ciudad relativamente pequeña, pueden disfrutar además del primer contacto con la libertad. En las tardes eternas de verano es cuando los que hasta hace poco iban siempre cogidos de la mano de sus padres pueden  aventurarse  solos un par de calles para recoger a los amigos con los que pasarse después las horas jugando. El verano de los niños debería ser siempre así , sin más amenazas que los anuncios omnipresentes de determinados almacenes anunciando la fatídica vuelta al cole.

Que se harten y se vayan

Pero no ha sido el caso esta vez. La pequeña ciudad que es su mundo ha sido ocupada a la fuerza por una  masa de gente equivalente a su población y sus padres y los de sus amigos están angustiados. Los invasores ocupan todos los espacios donde los niños son niños:  las playas y los colegios, los polideportivos.  Es peligroso salir a la calle y ya no les dejan salir, ni siquiera de la mano. Los que tienen edad para ello se acuerdan del confinamiento, de aquellos meses encerrados en casa y sin poder ir a la escuela. Los más pequeños lo viven con una viscosa sensación de extrañeza. Algunos habrán vuelto a los terrores nocturnos, a los nervios o  a hacerse pis en la cama. Saben que pasa algo porque su madre no sonríe igual, porque los mayores hablan en susurros. Las propiedades inmobiliarias han perdido más del 30 por ciento de su valor en este mes de invasión, los comercios no venden, los turistas, asustados, no llegan. Hay que plantearse si seguir luchando por el proyecto de vida de la familia o marcharse y dejar que los invasores ocupen su ciudad. Si el gobierno manifestara una mínima voluntad de defenderlos no habría duda, se quedarían. Pero es que parece que lo único que quiere Pedro Sánchez es que se harten, se vayan y faciliten la entrega mansa de su ciudad, que ha sido española desde hace siglos.

Y tras un mes de agosto perdido, un mes sin playa, sin juegos en la calle ni salidas nocturnas a por helados llega la vuelta al colegio. Este gobierno inmoral, acostumbrado a confundir su relato con los hechos, no ha querido que la excepcionalidad de la situación se deje notar en la fecha de inicio de las clases. Los niños de Ceuta volverán hoy a clase sin que sus maestros y profesores dispongan de protocolos de seguridad ni Instrucciones claras sobre cómo actuar frente a invasores que puedan decidir que de la misma manera que se toma una ciudad se toma una escuela. Los padres, que en estas condiciones de ocupación no soportan lógicamente la incertidumbre de las cinco horas correspondientes alejados de sus hijos, les meten en las mochilas junto a los libros, los lápices nuevos y las meriendas sprays de gas pimienta para defenderse. Los delitos sexuales, que se multiplican exponencialmente desde la llegada en masa de varones sanos y jóvenes sin mujeres ni frenos, constituyen una nube negra que no deja vivir en paz ni a las niñas ni a las madres. Uno de los invasores declaraba a gritos ante uno de esos micrófonos que siempre les acercan con ánimo de defenderlos, que las niñas no deben ir solas por la calle, que los padres no deben dejarlas salir porque si no ocurre lo lógico, que las violen. La justificación a las claras de la violencia sexual contra las mujeres era recibida por sus compañeros con risotadas escalofriantes mientras la persona que les ponía el micrófono para darles voz se callaba cobardemente.

Les han arrebatado su ciudad

Los docentes se enfrentan a esta vuelta al cole con la responsabilidad ampliada de tener que defender a las criaturas a su cargo no solo de posibles conflictos con sus compañeros sino de agresiones reales de los invasores. Lo hacen mal pagados, sin que les hayan formado para ello y con el miedo lógico, pero se expresan con decisión y voluntad. Una profesora acaba su entrevista con una frase emocionante. Defenderé a los niños con mi vida. Usa, sin darse cuenta, lenguaje propio de un conflicto bélico. Y es que las palabras encuentran siempre la forma correcta de nombrar las cosas.

El 2 de septiembre el Faro de Ceuta publicó un vídeo especialmente conmovedor. Un niño de dos años, de espaldas, agitaba una banderita española al paso de la gran manifestación en defensa de Ceuta, pero no lo hacía desde la calle, sino desde dentro de su casa, asomado a los barrotes de su ventana. Así han estado todos los niños ceutíes en este aterrador verano del 26, encerrados como borreguillos y sin entender por qué su ciudad ha dejado de ser suya.

Irán ahora al colegio fuertemente cogidos de la mano de sus padres, sin haber tenido ese necesario entrenamiento para la vida que son las pequeñas libertades veraniegas. Dedicarán horas de aula que deberían ser para matemáticas o lengua a procesar en grupo el miedo que sienten y que se ha hecho un hueco inconsciente pero mortalmente nocivo en su interior, irán por la calle a paso rápido y se acostumbrarán a andar con orejeras mirando siempre al frente para no ver lo que ocurre en las aceras de sus calles. Niños que han perdido el inmenso placer de irse soltando y probarse, niños que no le importan a este gobierno, cuya responsabilidad debería sumir a todos los ministros que lo componen en un estado de insomnio perenne, menores forzosa, triste, obligatoriamente acompañados. Nuestros niños.