Carmen Gisasola Solozabal-El Correo
Exmiembro de ETA, participante de la ‘Vía Nanclares’
- Los que decidieron matarla negocian rebajas de sus condenas. La diferencia es que ahora ETA no existe, aunque la mentalidad totalitaria aún subsiste en esos sectores
Yoyes’ fue militante de ETA durante el franquismo y en los primeros años de la Transición. En aquellos años, entre los que volvieron a casa con la amnistía y con la posterior disolución de una parte de ETA, una mayoría de lo que había sido su militancia dejó de pensar que utilizar la violencia fuera imprescindible. Pero ETA quedó en manos de la parte más intransigente que acaparó la imagen de resistencia y antifranquismo que tenía.
En aquel contexto, ‘Yoyes’ se alejó de ETA por discrepancias con la mentalidad totalitaria que se imponía. Se fue a México y después de unos años, haciendo uso de su libertad, decidió volver a casa porque legalmente podía hacerlo.
En una sociedad cada vez más acomodada, se había impuesto la idea de que la solución para presos y refugiados solo vendría con la negociación y con la amnistía. Y mientras tanto a cumplir íntegramente las condenas, o en su caso no volver del exilio.
Así, los presos tenían prohibido solicitar los beneficios penitenciarios a los que todo preso tiene derecho: permisos de salida, cambios de grado, traslado a prisiones más cercanas… Las exiliadas que habían huido a otros países como ‘Yoyes’ no podían volver a casa, aunque legalmente pudieran hacerlo y sus casos hubieran prescrito o estuvieran amnistiados. Se arriesgaban a sufrir, no solo el vacío y la presión del entorno de ETA, sino incluso un atentado. Una mentalidad estricta, totalitaria y cruel.
Así se decidió matar a ‘Yoyes’, sin debate interno que hubiera reflejado muchas contradicciones. Porque ‘Yoyes’ no fue una traidora. Fue coherente con lo que pensaba, reivindicó el derecho a discrepar y volvió a casa sin perjudicar a nadie. Era una mujer feminista, en un tiempo y en un entorno de hombres, que se atrevió a tomar sus propias decisiones aún a riesgo de su propia vida.
Pocos años después, a principios de los 90, cuando los primeros presos detenidos después de la amnistía del 77 llevaban más de 13 años de cárcel, se planteó en ETA la necesidad de flexibilizar la actitud en el tema de los presos y que pudieran acceder a beneficios penitenciarios.
Pero aquella reflexión se frenó. Los comisarios políticos que controlaban el tema de los presos, entre Gestoras ProAmnistia y los abogados, lo impidieron. Y así, entre quienes ejercían el matonismo en los pueblos, los que ante ello se callaban por miedo y los que desde la comodidad de sus casas lo sustentaban con discursos y escritos radicales que ellos mismos no creían, siguieron manteniendo la disciplina interna por otros 20 años más.
Esto supuso y está suponiendo cientos de años de cárcel de más para muchos presos y años de vivir refugiadas en otros países cuando en realidad podían volver a casa. Algo que solo se ha podido mantener durante tantos años por la presión que la izquierda abertzale ha ejercido en la calle contra los que se salían de su disciplina y contra sus familiares.
Después del fracaso de la última oportunidad de una salida negociada, y ante el convencimiento de que los siguientes en ser condenados a largos años de prisión iban a ser ellos, solo entonces, los responsables de la parte política se decidieron a imponer el final a los que en ETA se empeñaban en seguir utilizando la violencia.
Para ello, aceptaron legalizar la parte política con unos estatutos que hasta entonces eran inaceptables y desactivaron a ETA con ceremonias de propaganda. En realidad, entregaron las armas a la policía y dejaron a los presos en las cárceles sin más futuro que empezar a dar pasos para su reinserción dentro de la legalidad: salidas de unos días de permiso… hasta salidas llamadas terapéuticas para pasar unas horas fuera de la prisión acompañados por cuidadores y sacerdotes. Ahora ya pueden trabajar en los talleres de la cárcel, en las cocinas… sin que les acusen de colaborar con el enemigo.
Los que decidieron matar a ‘Yoyes’ negocian ahora rebajas de sus condenas ante los Tribunales en Madrid y en París en condiciones que antes consideraban una traición cuando otros lo hacían. Utilizan ahora todos los recovecos legales en beneficio de su situación personal. Abogadas que imponían la disciplina y transmitían mensajes de presión a quienes disentían se presentan ahora en la cárcel a cumplir sus condenas con los escritos preparados para solicitar todos los beneficios penitenciarios que prohibían a otros presos.
La diferencia es que ahora ETA no existe y aunque la mentalidad totalitaria en esos sectores aún subsiste, ni ellos ni sus familiares no van a andar con la preocupación de que alguien se les aparezca y termine con sus vidas.