Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • La conversión de la educación en arma política arrojadiza es, en efecto, uno de los peores problemas

Creo que es la primera vez que los desastrosos resultados de la evaluación con el sistema PISA de la escuela española (de las taifas autonómicas, en realidad) provocan verdadera conmoción pública. No deja de ser una novedad prometedora, porque la relación de la sociedad con los temas educativos puede calificarse de alergia general y disonancia cognitiva: todo el mundo está de acuerdo en que la educación es importantísima, pero también en que no le molesten con sus problemas.

Otra novedad del último PISA (relativa) es que los malos resultados se repiten en casi todos los países occidentales, con alguna excepción como la interesante remontada del Reino Unido, cuyos escolares ya estarían de media casi dos cursos por encima de sus homólogos españoles. El Reino Unido tiene problemas graves no muy distintos a los nuestros, pero mejora resultados en vez de empeorar año tras año. Comencemos por aquí para pensar en qué es lo que va mal en nuestro sistema educativo.

Los villanos favoritos del análisis superficial son el color político del gobierno de turno, el exceso o defecto de tecnología, la maldad de las redes sociales, la inmigración y la falta de dinero. El análisis profesional pone el énfasis, sin desdeñar otros factores, en la persistencia de la fracasada pedagogía constructivista y los graves problemas de atención de los escolares actuales.

La decadencia educativa no es culpa exclusiva del gobierno de turno: la tendencia data de muchas legislaturas atrás, y viene de la última etapa de la dictadura: nueve leyes educativas desde 1970 dan fe de la tendencia acelerada a empeorar. Y ni la corrupta paleoizquierda ni la timorata derecha alternativa son capaces de ofrecer un proyecto educativo para, al menos, veinte o treinta años de estabilidad y seguridad jurídica, es decir, para dejar a la escuela trabajar en paz. La conversión de la educación en arma política arrojadiza es, en efecto, uno de los peores problemas. Intentemos una visión de conjunto.

Los tres pecados capitales

1 – las teorías pedagógicas erróneas que triunfaron en occidente (no en las sociedades orientales) después de 1968, empeñadas en desmontar la escuela tradicional, condenada por autoritaria, memorística y vertical, y cambiarla por la supresión de la autoridad, la confusión de juego y aprendizaje, el “aprender a aprender” del método Montessori y su regresión infinita, y otros adanismos arbitrarios opuestos a 5000 años de experiencia alfabetizadora. Sí, jugar es muy instructivo, pero aprender es un esfuerzo. Mientras algunos países vuelven a esta premisa educativa, España elude el problema.

2 – conversión en un sistema de promoción social igualitarista. Un proyecto ilustrado legítimo, pero que degeneró rápidamente a cultivar la mediocridad manipulando información, por ejemplo, con la promoción de curso automática y la prohibición oficiosa del suspenso para obtener falsos progresos. La estadística manipulada suplanta a la evaluación, según prueban las estupendas calificaciones medias de la selectividad que encubren una preparación muy deficiente para la universidad. La profesión docente también ha degenerado a empleo privilegiado hostil a la dación de cuentas: el gran tabú es el exceso de docentes incapaces, efecto de la mala formación previa y del despotismo sindical. Al final la escuela se adapta a sus privilegios, no al revés. Por eso no se convoca ni una huelga contra la burocracia, la mala pedagogía o la politización; todas son por reducir el trabajo y aumentar la nómina.

3 – politización de la escuela, convertida en nodo del adoctrinamiento ideológico en los peores casos, en España los del nacionalismo obligatorio y la extrema izquierda: de ahí la expulsión de Cataluña de la evaluación PISA, por hacer trampas, y los impresentables resultados vascos y navarros. También es politizar la proliferación de leyes superfluas, la entrega de la educación a la pedagogía fracasada sólo por mantener la paz sindical, y multiplicar la burocracia hasta la asfixia: el antiguo maestro es hoy un escribiente de informes inútiles obligado a reuniones incesantes que buscan imponer la unanimidad. O aceptar la trampa de que todo se reduce a más dinero público: de nuevo el caso vasco es ejemplar: obtiene los peores resultados con el máximo gasto por alumno (¿pero gasto para qué, o para quiénes?)

Nuestros males favoritos

La inmigración en masa es uno de los malos favoritos de esta historia, pero los datos obligan de nuevo a relativizar su impacto. Madrid ha mejorado resultados relativos -sin que sean para tirar cohetes- con una de las tasas de inmigración más elevadas, y España cuenta en general con la ventaja de que gran parte sean niños hispanohablantes. Las catástrofes vasca y catalana sí que denuncian las consecuencias de la inmersión obligatoria en una lengua extraña, ese atentado a los derechos básicos de la infancia.

Respecto a la tecnología en el aula, también es una cuestión de sentido común: hay magnífica tecnología digital que ayuda a aprender, pero el desastre consiste en reducir el aprendizaje a manejar tecnología. No: la formación de la mente alfabetizada exige aprender a calcular y pensar por uno mismo y a leer y escribir en abundancia. Se trata de saber hacer preguntas y responderlas (eso es el pensamiento crítico), no sólo de buscar respuestas que, además, pueden ser simples falacias.

Dedicar la mayor parte del tiempo a jugar con pantallas conduce al atraso cognitivo garantizado. Los expertos están definiendo el fenómeno como pérdida de la capacidad de atención, es decir, incapacidad de seguir una explicación prolongada más de unos minutos, leer y entender un texto sencillo, y de manejar ideas y representaciones abstractas.

Resulta que el grupo español que más retrocede es el de alumnos de familias de renta alta que asisten a centros devotos de la Inteligencia Artificial y al recurso a chatbots de moda. Al final, el culto de los ricos a la tecnología es tan nefasto como la pobreza analfabeta (un día veremos aquí las disparatadas ideas de Elon Musk sobre la educación ideal, a medias entre Summerhill Mao Zedong).

Aprender de oriente

Pero China tiene algunas experiencias que nos interesan. Por ejemplo, que las condenadas redes sociales que los puritanos, y simples pollos sin cabeza, pretenden prohibir a los menores tampoco son las culpables del fracaso escolar: en Singapur, Japón o China los escolares son usuarios habituales sin que frustren su educación, mucho más exitosa. En oriente se basan en la experiencia histórica, la evaluación de resultados concretos y la reverencia confuciana y budista por la autoridad docente, el aprendizaje disciplinado y el cultivo del autocontrol personal. En esto, nos señalan el camino.