Ignacio Camacho-ABC
- El Gobierno ha desafiado la lógica racional del principio epistémico al negar lo que sus propios documentos dan por cierto
Esta semana los españoles asistimos, curados de perplejidad, a la penúltima y sofisticada vuelta de tuerca propagandística del Gobierno sanchista: desmentir lo que él mismo publica. El oficialismo pretende convencernos de que los documentos sobre la invasión de Ceuta desclasificados por la propia Moncloa no dicen lo que está a la vista, esto es, que en los días previos hubo advertencias de lo que se venía encima formuladas por el CNI, la Guardia Civil y hasta la Policía. Se trata de una pirueta extraordinariamente atrevida en lo que el asesor jefe del presidente llama ‘ética del engaño’, es decir, en la despenalización moral de la mentira; algo así como preguntar a los ciudadanos si van a creer lo que están viendo con sus ojos o lo que Pedro les diga.
Todos los cuerpos de seguridad nacional, incluido el de información militar, avisaron de la inminencia de un asalto. No cuantificaron el número de ocupantes con un cálculo exacto, pero sí que 180.000 personas habían recibido en redes la convocatoria para cruzar la frontera a nado. La alerta fue también enviada a las autoridades marroquíes, que como mínimo se cruzaron de brazos. En España nadie movió un dedo y la avalancha se encontró por toda resistencia un dispositivo de vigilancia rutinario que quedó inmediatamente superado. Eso está por escrito, con las correspondientes transcripciones, y como el Ejecutivo no puede alegar que sea falso insiste en que aceptemos una interpretación alternativa propia del universo distópico orwelliano.
Dicho de otra manera: nos pide que no hagamos caso de lo que leemos sino de lo que sostiene el Líder Supremo, cuya palabra es fuente de razón y discernimiento verdadero. Lo dijo el mismo Sánchez en la (su) televisión al mismo tiempo que veían la luz –con autorización gubernamental– los papeles hasta entonces secretos. Nunca su desparpajo para negar las evidencias había llegado tan lejos. El cinismo es tan asombroso que desborda cualquier interpretación de la psicología del conocimiento; se trata de un fenómeno de inversión de la realidad capaz de desafiar la lógica del método epistémico. Y ese reto sólo puede intentarse desde la convicción sobre la existencia de una significativa parte de la opinión pública dispuesta a darlo por bueno.
Este desconcertante ejercicio de construcción de relatos casi ucrónicos, a despecho de la verdad documentalmente cierta, se cobra como víctima el prestigio del servicio de Inteligencia. No es la primera vez: el episodio de Pegasus lo dejó a los pies de Marruecos y de los separatistas catalanes con la cabeza de la directora como prenda. Ahora el chivo expiatorio es la ministra de Defensa, esa «pájara que duerme con el uniforme», empeñada desde el primer momento en poner a salvo la profesionalidad de su gente… y en acumular pruebas que le permitan esquivar eventuales responsabilidades a la hora de rendir cuentas. Porque ya hay una investigación penal abierta en un juzgado de la Audiencia, y ante el estrado de un tribunal no sirven las versiones paralelas.