Joseba Arruti-El Correo

Quien hizo de la resistencia una seña de identidad sigue desguazando su propia épica. Las entrevistas posvacacionales han expuesto con un punto de crueldad el progresivo desmoronamiento de un liderazgo antaño vivaz, hogaño mortecino. No le quedan uñas a Pedro Sánchez de tanto aferrarse al poder, ni dádivas que prorratear, ni credibilidad que malgastar. Es un dirigente amortizado, una vieja gloria de la que sólo va quedando su versión más atribulada.

Pasó de liderar un gobierno jacarandoso a encabezar un séquito sepulcral, el que congrega a tantos ministros consumidos por sus errores. La legislatura se acaba irremediablemente y de la chistera ya no asoman medidas sociales milagrosas ni abracadabrantes golpes de efecto contra una caprichosa selección de malvados del mundo. Sólo emergen oleadas humanas en Ceuta y listas de periodistas o simples tertulianos clasificados según sus supuestos antojos ideológicos. En resumen: sin tiempo no hay promesas, sin promesas no hay socios, sin socios no hay Sánchez.

Zafarse de cualquier asunción de responsabilidades para endosárselas a una oscura internacional ultraderechista es lo que determina la consigna oficial, el sonsonete de los entregados a la causa. De esos de los que se distancian cada vez más quienes contrastan noticias, piensan por sí mismos y pisan las calles. Es posible ser crítico con el Gobierno y su presidente incluso desde posiciones progresistas, siempre que sean incompatibles con tragar quina. Entre los incondicionales ya sólo queda Arnaldo Otegi, enfrascado en su revolución jovieja.

Dice Sánchez que convocará elecciones cuando así lo requiera el interés general, y lo sostiene sin sonrojarse. Lo peor para él es que ya no le queda margen ni para hacerlo cuando le convenga a sí mismo, porque ese momento no llegará. Si quiere despedirse con un gesto magnánimo se inmolará sin demora para tratar de salvar a los más capaces de entre sus candidatos sometidos a escrutinio el 23 de mayo. Para que quede algún hálito de vida en su partido.

Quienes han gobernado durante más de ocho años deben asumir su responsabilidad ante el fin de ciclo que se avecina, ante la nueva relación de fuerzas que auguran las encuestas. El cainismo de Podemos, los desatinos de Sumar o las cabriolas de Sánchez algo habrán tenido que ver en todo ello. La desafección de una parte creciente del electorado de la izquierda no era un fenómeno inexorable. Ha llegado provocado por ella misma, por su petulancia, por sus batallitas de salón.

Sólo queda por representar la pantomima de los presupuestos. Ejercicio vano en una legislatura ya agónica que nunca los tuvo. El perfecto colofón para tanto ilusionismo político. Un canto del cisne melodramático en el que, como siempre, los responsables del fracaso serán todos los demás.