- A este fin, el clásico «vienen a por nosotros» está ya más visto que el tebeo de Pedro y el lobo al encerrar una estratagema para devorar el Estado de derecho por un gobierno fallido que pretende convertir España en un Estado fallido
En el tiempo de los problemas, cuando trasgrede hasta las leyes que él mismo dicta, un impostor como Pedro Sánchez trata de capear el temporal de la corrupción que le enloda usando un impermeable de teflón para que todo resbale sobre los demás y una máscara de víctima para endilgar a los demás las fechorías que perpetra y desacreditar a quienes han de enjuiciarle. De esta guisa, quien se comporta como vasallo del «Estado profundo» marroquí (el majzén que asiste a Mohamed VI), se presenta como «ecce homo» de una aparente confabulación de instituciones claves –oh casualidad– en el sostén del Estado de derecho ante quien aspira a aplastarlo.
No en vano, tanto la paralización cautelar de su intento de alterar el censo electoral mediante la ley de nietos como su horizonte penal como el número 1 de los «ladrones en la ley», amén de su negligencia criminal en la violación de la integridad territorial de España por su flanco sur, le han impulsado a relanzar otra acometida contra los jueces que le contrarían. A tal fin, les ha echado los perros con sus ministros –incluido ¡el de Justicia!– tildándolos de «salvapatrias» y de «lobos solitarios» asimilándolos a terroristas yihadistas. Tal ataque sin parangón en la historia de la democracia española sólo se explica por el pavor que siente Sánchez al banquillo después de que la cuerda de procesados socialistas supere en número a sus diputados en Cortes.
En su andanada, Sánchez recurre a la expresión «Deep state» que utilizó Trump para identificar al misterioso enemigo al que achacó, en su primer mandato, las filtraciones periodísticas sobre algunos de sus desatinos, así como a la red de funcionarios que operaría secretamente para disuadirle de sus políticas. Estos «adultos en la sala de gobierno», según la prensa norteamericana, eran los únicos capaces de contenerlo y frenar sus desmanes. Ello dio pie a un artículo anónimo publicado en el The New York Times titulado «Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump» y cuya autoría se mantuvo en secreto porque era la única forma de exponer el punto de vista de quienes, aceptando trabajar con un presidente que les posibilitaba poner en marcha políticas de su conformidad aun con reservas, no estaban dispuestos a traspasar ciertos límites que estimaban peligrosos para la nación.
La apelación al «Estado profundo», con antecedentes en Turquía o Egipto, fue asimismo el ardid de los hoy socios separatistas de Sánchez para satanizar a la democracia española y a los servidores del Estado que impidieron la independencia de Cataluña en octubre de 2017 para luego ser escabechados por Sánchez, quien indultaría y amnistiaría al golpismo para enfeudarse en La Moncloa. Bajo esa patente de corso, Sánchez busca su impunidad. Empero, tras las indagaciones periodistas e instrucciones judiciales en marcha, aquí no se ha patentizado más «Estado profundo» que las cloacas sanchistas reactivadas tras la contraofensiva de Sánchez al ser imputada su mujer por el ‘Begoñagate’ bajo el mando de su otrora secretario de Organización, Santos Cerdán, con su fontanera jefe Leire Díez a pie de cañería.
Frente a realidad tan incontrovertible como atiborrada de pruebas, un Gobierno decrépito a causa de su corrupción sistémica rememora en su paranoia a El hombre que fue Jueves, si bien sin el humor y la inteligencia de Chesterton. Si aquellos supuestos conspiradores del Londres de inicios del siglo XX eran los propios agentes reclutados por Scotland Yard para infiltrarse en una trama anarquista, cuya cúpula estaba conformada por siete miembros descritos entre sí con los nombres de la semana, aquí el «Estado profundo» es la cara oculta del propio Gobierno para desestabilizar las instituciones que aún no ha colonizado y suplantado en su apropiación partidista del Estado.
A este fin, el clásico «vienen a por nosotros» está ya más visto que el tebeo de Pedro y el lobo al encerrar una estratagema para devorar el Estado de derecho por un gobierno fallido que pretende convertir España en un Estado fallido. Al averiar los mecanismos democráticos que preservan la alternancia política y el poder judicial que depura las responsabilidades penales, se persigue que los ciudadanos no resuelvan con su voto libre y secreto el Gobierno que quieren y los jueces dejen impunes sus delitos al por mayor. A este respecto, da grima recordar como hace ahora nueve meses, en diciembre de 2025, era el truchimán «SuperCerdán» (Zapatero dixit) quien tiraba de ese mismo traje de paño gastado proclamando en la comisión del Senado que investiga la corrupción sanchista que «el Estado profundo» maquinaba contra él después de haber saqueado ese mismo Estado y haberle hecho un butrón bien grande con sus coimas.
En medio de tanto ruido y furia como aviva Sánchez, la democracia española atraviesa ese pasillo estrecho que refieren los profesores Daron Acemoğlu y James A. Robinson en una posterior entrega bajo ese título de su exitoso libro «Por qué fracasan los países». Después de catalogar tres tipos de Estados: ausente, despótico y encadenado, entendiendo por este último el que emplea su poder para resguardar la libertad y mejorar la prosperidad. Atendiendo a esa clasificación, España se aboca a un Estado autoritario con un Leviatán desatado y sin control efectivo de sus ciudadanos si estos no se movilizan para truncarlo. Como escribió Thomas Jefferson, tercer presidente de EEUU: «¿Qué país guarnece sus libertades si no advierte de vez en cuando a sus gobernantes que su pueblo conserva el espíritu de resistencia?».
Cuando no opera de esa forma, acontece lo que en la Atenas de Solón tras transformar en un año sus instituciones limitando el poder de sus gobernantes y exiliarse 10 años para evitar la tentación de manipular unas leyes que esperaba que pervivieran cien años. A Solón lo reemplazó Pisístrato que finiquitó con astucia su legado. A este propósito, acudió a tretas como herirse aposta para engañar a los ciudadanos y estos le consintieran dotarse de una guardia pretoriana para luego servirse de ella para dar un golpe. Tras ser depuesto, retornó a Atenas en un carro junto a una majestuosa mujer ataviada como Atenea para hacer creer que había sido escogida por la diosa para ser repuesta su autoridad.
Aunque una Constitución garantice elecciones, ello no basta si el Leviatán se desencadena y la sociedad no se moviliza para defender el imperio de la ley. Por eso, menos cuentos chinos y ojo con Pisístrato Sánchez. Desamarrándose de los guardianes del Estado de Derecho a los que acusa de lo que no son para anularlos, procura materializar el autogolpe que ambiciona. Esa situación no necesitaría de ninguna serie de Netflix, como esgrime sobre lo que él llama el bulo del hackeo de su móvil que el mismo denunció un año después de producirse por boca de su hoy ministro de Justicia porque ya existe y se llama House of cards. Allí se escenifica como el «Estado profundo» se corresponde con el montaje urdido por el presidente Underwood para no abandonar el Despacho Oval ni perdiendo a las elecciones tras entrar en él por la gatera como Sánchez. De ahí que lo que anda en juego es el Estado de derecho, no el «Estado profundo». Algo, por lo demás, que tiene bien claro quien dejó invadir España en lo que fue una pesadilla de una noche de verano.