Mikel Buesa-La Razón

  • Los libros penetran en nuestra vida haciéndola más habitable

Fue Ray Bradbury quien tituló la que quizás es su obra más famosa con la temperatura a la que arde el papel: 451 grados en la escala Fahrenheit. Su intención fue prevenir el futuro y llamar la atención acerca del valor de los libros para asentar ese porvenir, pues en ellos se encierra nuestra historia y nuestra identidad. Tal es la razón por la que, recurrentemente, la destrucción de libros ha sido un instrumento de dominación y holocausto. Y ahora lo es en Ucrania, donde, como se ha destacado en el Foro de Leópolis, las tropas rusas se han aprestado a destruir imprentas y editoriales, llevándose por delante más de quince millones de ejemplares e impidiendo así la continuidad de buena parte de la actividad editora. Estamos, sin duda, ante un intento de borrar la cultura y el idioma ucranianos para forzar la rusificación del país. Tal vez algunos piensen que, en la era de la comunicación digital y con el predominio de los medios audiovisuales, los libros han perdido importancia para la difusión tanto del conocimiento como de los valores idiosincráticos nacionales; y que, por tanto, el moderno Fahrenheit 451 no tiene el relieve que alcanzó en el pasado. Sin embargo, olvidan que el engaño es inherente a esos medios, fruto de su propia naturaleza, pues casi siempre crean un simulacro de realidad dentro de una narración fraccionada que apenas se extiende sobre unos pocos segundos, tal como ha destacado, con respecto a las crónicas bélicas, Max Hastings en sus «Memorias desde el frente». Nada en ellos es comparable a la emoción del relato de una generación arrasada por la Gran Guerra, como en el «Testamento de juventud» de Vera Brittain; o el de la desaparición del pluralismo bajo el ímpetu nacionalista, como en el «Sarajevo» de Dževad Karahasan; o el de la humanidad negada por el genocidio, como en «Los hundidos y los salvados» de Primo Levi. Los libros nos enseñan todo eso y mucho más; nos permiten beneficiarnos del saber acumulado a lo largo del tiempo, dialogar con los maestros que nos precedieron y compartir las fabulaciones de rapsodas y prosistas. Los libros penetran en nuestra vida haciéndola más habitable. Por ello, su destrucción es una tragedia.