Ignacio Camacho-ABC
- A Mbappé y Vinicius se les pidió una mínima implicación moral en una crisis de su país de acogida. Y la respuesta fue una evasiva egoísta
A un servidor no le molestó el ya célebre numerito de las camisetas. Fue algo peor: me produjo una punzada de decepción y de ese estupor que se siente al ver cometer un error a alguien a quien que aprecias. Lo habría entendido si obedeciera a la insensibilidad, la arrogancia, la mala leche, incluso el sectarismo, como en el caso del Barça, pero fue por torpeza y por pereza. Torpeza del club por no explicar el sentido del gesto a sus jugadores, que en su inmensa mayoría son de nacionalidad extranjera, y pereza mental de estos por no hacer el mínimo esfuerzo de comprender los problemas del país en que juegan y el carácter simbólico del escudo que llevan. El mismo que se besan cuando marcan un gol con ese típico gesto de demagogia tribunera.
Vale que el lema solidario podía no ser especialmente afortunado. Vale que los mensajes de contenido político –sí, político, porque todo el conflicto de Ceuta lo es– están prohibidos en los estadios, aunque esta vez se usara una vaga coartada social para autorizarlos. Vale que los futbolistas no están obligados a asumir funciones que no figuran en sus contratos. Y vale que los tres ‘insumisos’, dos de ellos de origen africano, tienen perfecto derecho a considerar que la iniciativa los ponía en un compromiso indeseado. Pero todos esos son factores que una entidad de impacto tan global como el Real Madrid tiene que calcular antes de permitir un espectáculo que deja su crédito reputacional seriamente dañado. Al punto de haber tenido que organizar una visita de desagravio.
Sucede que Mbappé y Vinicius no han rehuido nunca, y hacen bien, los pronunciamientos de índole política. El francés, nacido en un suburbio de inmigrantes en la periferia parisina, se ha manifestado varias veces contra Le Pen, incluso en campañas electorales, y defiende con un discurso inteligente y bien armado la idea de la Francia multicultural y mestiza. El brasileño ha protagonizado numerosas, sonadas y valientes protestas contra los insultos racistas. Son ciudadanos de relieve cuya intervención en el debate público alcanza repercusión significativa. Justo por eso cabía esperar de ellos algo más que una evasiva egoísta cuando se les solicita cierta implicación moral en una crisis de su nación de acogida.
Sobre el discernimiento de Vini quizá no convenga, a la vista de su conducta en el campo, albergar demasiado optimismo. Kilyan, en cambio, es un tipo maduro, consciente de su poder representativo; quizá porque nos ha acostumbrado a algo distinto desalienta verlo encogido, como preocupado de hacer equilibrios ante posibles efectos negativos en los votos del Balón de Oro, en su imagen de hijo de la ‘banlieue’ o incluso en sus rentables patrocinios. La ausencia de empatía social es comprensible –que no excusable– en un narcisista como Pedro Sánchez o en un hiperventilado como el propio Vinicius. Pero resulta chocante que un personaje de probada sensatez no distinga entre el sufrimiento de los invasores y el de los invadidos. A menos que eso fuera exactamente lo que quería decirnos.