Editorial-El Correo

  • El acelerado despliegue tecnológico exige garantías de protección ante su impacto real en los ejes de nuestra sociedad: el trabajo, el poder y la verdad

La irrupción de la Inteligencia Artificial ha desencadenado un choque entre las ventajas de la innovación y la amenaza de desprotección ciudadana, un conflicto global aún por resolver y de consecuencias imprevisibles. Las luces y sombras de la IA reabren un viejo dilema: cómo encajar los vertiginosos avances en un modo de vida que garantice la dignidad, la igualdad y el bienestar colectivo. El acelerado despliegue tecnológico exige garantías de control para embridar el desarrollo sin que desborde la ley y la ética. Su impacto en los ejes que sostienen la arquitectura social es ya una realidad. En el ámbito laboral, ha demostrado su capacidad para destruir empleos al tiempo que genera nuevos perfiles. A la vez, se ha convertido en un factor clave en la conquista de nuevas cuotas de poder en el orden internacional, mientras distorsiona dos principios esenciales para la salud democrática: la transparencia y la verdad.

Será muy difícil detener la carrera por la Inteligencia Artificial cuando Estados Unidos y China han decidido impulsarla por encima de sistemas verificables para el resto de países, en busca del liderazgo económico mundial. Pero cuando hablamos de un instrumento tan poderoso no vale la máxima enarbolada por Donald Trump de que «quien gane la IA, gana». La sociedad saldrá perdiendo si sus gobernantes no son capaces de salvaguardar derechos y libertades en el reto de aprovechar las potencialidades de la tecnología. Puede suponer una ayuda extraordinaria en la ciencia, especialmente en medicina, gracias a su colosal velocidad de procesado de datos. Y se ha convertido en un dinamizador del sector de la construcción y las infraestructuras por la ingente producción de centros de datos y todo lo que lleva aparejado –chips, refrigeración y redes–.

Pero la IA está a prueba y eso exige aumentar las cautelas. La inquietud también surge por la devaluación del conocimiento humano. Al automatizar tareas cognitivas y creativas, la tecnología se impone al esfuerzo con los nefastos resultados vistos en las nuevas generaciones que abusan de las pantallas, en casa y en la escuela. Resulta significativo que León XIV fuera la primera autoridad que dio la alarma desde el ámbito del humanismo, antes que los propios responsables de los emporios que acaban de descolgarse de un avance tan desbocado. En la encíclica dedicada a los riesgos globales de la tecnología, el Papa deja una llamada de atención premonitoria: «desarmar» la Inteligencia Artificial para ponerla al servicio del «bien común».