Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Estamos dotados sin duda en el plano psicológico de un extraordinario mecanismo de defensa que nos protege frente a la amenaza de la oscuridad eterna
El título que he dado a este texto es la célebre y dramática pregunta que formula San Pablo en la primera carta a los Corintios y el motivo de esta elección supongo que obedece a que he cumplido ya los ochenta y uno y he visto el exangüe rostro de la parca muy de cerca en dos ocasiones en estos últimos seis años. La primera en forma de un linfoma muy agresivo que se manifestó a finales de 2020 y que requirió un tratamiento de quimioterapia terriblemente eficaz y digo terriblemente y no afortunada o maravillosamente porque aquellos meses de visitas regulares al hospital para recibir la correspondiente dosis de veneno me hizo conocer el infierno en la tierra. Todos los que han pasado por este calvario y se han curado, como fue por suerte mi caso, saben que no exagero y que el nivel de sufrimiento físico que acompaña a este trance alcanza niveles casi imposibles de soportar. Con decir que el cirujano, un antiguo médico militar dotado de manos milagrosas, que me extrajo el bazo antes de que reventase como preludio del proceso, observó, tras cuatro sesiones de administración de los devastadores fármacos prescritos, “A ver si vamos a morir de éxito”. En efecto, fue tal la potencia de las sustancias que me fueron inyectadas y tan favorable la respuesta de mi organismo que mi oncólogo, una eminencia en su campo, que había programado seis sesiones, decidió cortar en la cuarta movido por la indiscutible conclusión de que un paciente sanado, pero fallecido, no hubiera sido un desenlace aconsejable.
La segunda, como es conocido, consistió en un intento de asesinarme el 9 de noviembre de 2023 cuando un sicario contratado por una trama criminal al servicio del régimen teocrático iraní me disparó en la cabeza cerca de mi domicilio con tanta fortuna por mi parte que un movimiento en el último segundo hizo que el proyectil me atravesase la mandíbula en vez de impactar en un punto más vulnerable con resultado letal. Según testigos del ataque, parece que tras el primer tiro el arma se le encasquilló, lo que, de ser cierto, desafiaría toda estadística y sólo dejaría como explicación a tanta ventura una intervención urgente, teniendo en cuenta la fecha del atentado, de la Virgen de la Almudena. El matarife profesional se encuentra en prisión en Holanda, país en el que fue detenido in fraganti en el momento en que se disponía a eliminar a un periodista iraní exiliado, también opositor a la atroz dictadura de los ayatolás.
Rinde satisfactoriamente
En la existencia de un ser humano se pasa por una fase inicial de crecimiento, otra de plenitud, una tercera de resistencia y una postrera de declive, todo ello aplicable a una vida larga, no a las defunciones prematuras, que interrumpen por desgracia este recorrido a caballo del calendario. Yo me encuentro ahora en la de resistencia y todavía no he entrado en la de descenso, tal como prueba el hecho de que he escrito estas reflexiones de forma articulada, clara demostración de que mi cerebro rinde satisfactoriamente. En cuanto a mi cuerpo, voy a entrenar guiado por una competente profesional dos veces por semana, camino una hora otro par de días y hago visitas por mi cuenta al gimnasio por lo menos otra jornada más. Mis funciones gástricas discurren razonablemente bien y al haberme abstenido de amañar licitaciones, no haber comerciado con mascarillas durante la pandemia, antepuesto mis convicciones a mis conveniencias y no tener ninguna deuda, mi sueño es actualmente sereno y placentero.
Confieso que alguna secuela de los sobresaltos a los que me he referido ha quedado ahí, como, por ejemplo, una sombra permanente de ansiedad con picos ocasionales, pero nada que no se pueda manejar. En cuanto a los achaques propios de la senectud, la moderna farmacopea, una adecuada vigilancia a cargo de un internista docto y experimentado y los cuidados de una familia solícita, aportan una inestimable ayuda y mantienen a raya posibles problemas.
El que no se consuela
Dicho todo lo anterior, en esta fase de la vida la presencia de la muerte es una constante y su implacable llegada late sin interrupción en la mente. Es como un telón de fondo siempre desplegado ante el cual los acontecimientos del devenir cotidiano, las alegrías, los disgustos, los logros, las satisfacciones, las decepciones, los placeres y las molestias, aparecen y desaparecen mientras la inevitabilidad del tránsito definitivo se cierne permanentemente sobre cualquier pensamiento, proyecto o suceso. La desaparición recurrente de amigos y conocidos, no pocos más jóvenes que yo, y la frecuente asistencia a funerales no permiten apartar de la conciencia la certeza de que mi turno se producirá en un futuro más próximo o lejano, pero ya muy acotado. Hace poco descubrí una circunstancia que me causó un brote de optimismo ingenuo y es que la esperanza de vida va variando con la edad y así un varón residente en Madrid, que en promedio circula por este mundo 83 años, si consigue cumplir ochenta, esta cifra aumenta hasta los 90. El que no se consuela es porque no quiere.
Lo asombroso es que en la tercera edad camino de la cuarta, esta compañía continua de la proximidad de la muerte no se traduzca sistemáticamente en una gravísima depresión o en una desesperación incapacitante, sino que, a pesar de este peso lúgubre en nuestro espacio interior, sigamos teniendo ilusiones, forjando planes, disfrutando de los hermosos paisajes, de los buenos libros, de la mesa atractivamente provista, del reconfortante calor del ámbito doméstico o del consuelo inestimable de la amistad. Estamos dotados sin duda en el plano psicológico de un extraordinario mecanismo de defensa que nos protege frente a la amenaza de la oscuridad eterna y nos facilita continuar hacia adelante. O quizá lo que nos sostiene es que en el fondo de nuestra alma brilla una tenue esperanza, alimentada por miles de años de religiones indagadoras de la trascendencia, que nos susurra que, como reza el bellísimo nombre de nuestro himno militar a los caídos, la muerte no es el final.