Tonia Etxarri-El Correo

Cuando la prioridad política por resolver una crisis sin precedentes, como la que está sufriendo Ceuta, es sustituida por los intereses partidistas, ocurre que los principales infractores se proyectan sobre el adversario en esa necesidad perentoria de buscar un culpable. La Moncloa lleva unos días derivando el foco hacia el presidente Juan Jesús Vivas. Pero su relato no cuaja.

Sería de tontos querer que en Ceuta vayan las cosas mal cuando se está gobernando en la ciudad autónoma. Vivas, santa paciencia, cuya prioridad es nítida como el agua clara, quiere soluciones en vez de parches improvisados. Pero ésa es la acusación que hizo Pedro Sánchez, este fin de semana, a PP y Vox, señalándolos como dos partidos que fomentan el «cuanto peor, mejor». Una táctica a la desesperada más de cincuenta días después del «ataque, la violación de la integridad territorial de España», según sus propias palabras.

Pensemos un poco. ¿En qué cabeza cabe que una situación tan infernal como la que está sufriendo Ceuta pueda interesar a la oposición que se cronifique? Al presidente Vivas, desde luego, no. A Feijóo, que tendrá que gobernar algún día, tampoco le conviene heredar ese legado maldito.

La ciudad llena de carpas ofreciendo una imagen de campamentos de refugiados, con zonas ocupadas por chabolas y mercadillos improvisados, aparte de la inseguridad con las agresiones y violaciones que hace inhabitable la ciudad, no favorece a nadie, ni a quienes piensan sacar tajada electoral de este drama. Solo a Marruecos, claro está, interesado en desestabilizar esa parte del territorio español que reclama como propio.

Quien no juega en clave electoral es Vivas, que está protegiendo a sus vecinos animándoles a que no se rindan ante la sensación de que van a vivir permanentemente en una ciudad ocupada. ¿Los ceutíes no tienen derechos?

¿Cómo se defiende la integridad territorial de España? Si el Gobierno hubiera hecho caso a Vivas cuando pidió la declaración de un estado de emergencia, las cosas habrían discurrido de otra manera. Los datos, sobre el lento triaje, cantan. Los ceutíes no ven el momento de librarse de la «invasión», que así la llaman en el Parlamento Europeo. Mientras tanto, el Gobierno sigue enredado en sus contradicciones. El reprobado Marlaska, agradecido a Marruecos. El ministro Torres, a favor del reagrupamiento familiar de los menores. La ministra Rego, en contra: «Se van a quedar». Y, de ahí, a la Península. Si el Gobierno sigue ampliando las plazas de acogida en campamentos, el ‘efecto llamada’ acabará entrando por la puerta grande. Vayan pasando, que al fondo de Ceuta, hay sitio.

Feijóo volvió ayer a la ciudad autónoma. Cuarta visita. El endurecimiento en política migratoria es un lenguaje que los caballas entienden bien. Le acompañó el presidente del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, impresionado tras su visita al asentamiento ilegal en la playa del Trampolín. «Sánchez no está actuando en Ceuta». Dicho queda, pero el presidente del Gobierno está en EEUU, en las Naciones Unidas. Paseando su soledad, mientras La Moncloa emitía un comunicado de descalificación del juez Peinado por haber llevado a juicio a su esposa. Buscando la complicidad que, en política migratoria, ya no encuentra en Europa.