José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • Delcy destroza el paripé de Pedro Sánchez en otra semana negrísima y sin horizonte

Delcy no es Kim Novak. Pedro no es Dean Martin. Pero lo intentaron. Esta semana protagonizaron el momento más difundido y comentado de la tediosa Asamblea de Naciones Unidas. Fue la famosa escena del beso de Rodríguez a Sánchez. Un ósculo prefabricado y artificial, como suelen ser estos saludos en la mejilla entre dirigentes políticos. Pero este, aún más. La presidenta (encargada) de Venezuela cruzó los setenta metros de la gran sala de reuniones para llegar hasta el jefe del Gobierno español en un paseíllo decidido, ensayado, plis plas. Y allí se plantificó ante Pedro, que hacía como que hablaba por el móvil, disimulando, disimulando. Delcy lo miró fijamente, esperó a que colgara y le espetó: “Kiss me, stupid”. Como Kim a Dean (le llamaban Dino). Y Pedro se medio levantó, corrido y azorado, recibió dos besos venenosos en una postura algo incómoda, medio indecisa, y luego se sentó. Un caballero no se sienta cuando habla con una dama.  Fue un saludo ”un poco sorpresivo», justificó el engolado Albares. Más bien una encerrona, un ataque, una especie de agresión. Sara Aagesen, la musa de Bergman, sentada a la vera del number One, giró la cabeza hacia su compañero de Exteriores con cara como de vaya jeta que tiene esta tía. Sencillamente, la jeta de quien tiene el control.

El volantazo inexplicable

Delcy es la mucama de Trump. Le ha regalado el petróleo de su país a cambio de no terminar hospedada en el mismo centro carcelario que acoge ahora Maduro. Ella traicionó al hotentote gorilón, lo entregó a los marines que lo ‘extrajeron’ de la cama en Caracas y se aposentó en su sillón tan feliz, junto a su hermano Jorge, otro criminal. Los dos principales mejores amigos de Zapatero en el subcontinente. ‘Mi príncipe’, ya saben. Sánchez no tiene esa confianza tan estrecha con la hiena del Orinoco, pero la teme. Por ella abandonó su apoyo a Guaidó y se abrazó ferozmente a Maduro, en una pirueta tan inexplicable e inexplicada como el volantazo del Sáhara.

El gran narciso había dejado España con el frente de los escándalos en plena ebullición. Las joyas de Zapatero, el líder moral, prometeico, heroico del socialismo nacional, resultaban ser el regalo  del rey Abdalá de Arabia Saudí en su visita a España de 2007. Un obsequio ‘personal’, dijo el tramposo. “Vamos a ver en qué se traduce esto”, deslizó Sánchez al ser preguntado por su antiguo gurú, de quien se aleja cada minuto porque huele demasiado a trena.

Han emergido también detalles alucinantes sobre los contactos de la cloaca de Leire/Ferraz  con narcos extremeños para acogotar a la juez Biedma, la instructora del caso del hermanísimo falsario. El juez Peinado dictó auto de apertura de juicio oral con jurado a Begoña Gómez, esposa del presidente que insiste en declarar lo de ‘no es mi esposa, es Begoña Gómez’, como si tal, aventando todo tipo de especulaciones sobre distanciamientos y hasta crisis, sin duda exageradas.

El ósculo mortal

Llegaba Sánchez a Nueva York a proclamarse campeón planetario en defensa de los perseguidos y los humillados, como un Manu Chao de saldo y tergal. Iba, en fin, a confirmar el papel  que le adjudica su periodista de cámara como ‘referente del progresismo mundial». Pedrito Gandhi vela por nosotros. Y entonces ocurrió el imprevisto. “Kiss me, stupid”. La peli se tradujo en España por Bésame tonto. Y Delcy le besó. En ese momento, toda su artificiosa performance se fue a tomar vientos. Su discurso en plan Miss Universo Occidental, desbordado de mentecateces del estilo de “defender lo que muchos quieren destruir”, “luchamos contra el egoísmo, la ignorancia, la crueldad”, “no paran de atacarnos, quieren que nos acobardemos”, “hay que acabar con quienes tratan a los pobres y desamparados como si fueran ganado”, “nos dejamos la piel para crear un mundo más pacífico, justo y sostenible”, y demás pavadas que conducen inevitablemente a la náusea, quedaron demolidas con la imagen del avieso ósculo de la dictadorzuela caraqueña. Delcy se lo cargó con un abrir y cerrar de morros.

Sánchez plantó a Trump en su ágape inaugural del jamboree neoyorquino. Un gestito más de adolescente airado, de jamesdean de mercadillo, para fortalecer su imagen de eso que dicen ’némesis’ del desquiciado bocazas de la Casa Blanca.  Sólo él es capaz de darle la espalda al tipejo de la Casa Blanca, cuyo nombre evitó pronunciar en su encíclica al mundo nuevo y feliz. El sumo sacerdote de la cofradía del progreso rodó por los suelos. Besar a Delcy es besar a Trump. Delcy es la servil fregona del locoide reteñido. Y quiso demostrar su influencia sobre Pedro, a quien dejó a la altura del bombero torero, arrellanado en su sillón y sin saber qué decir.

La noche de Barajas

Delcy lo sabe todo. Desde las cuarenta maletas en la noche oscura de Barajas (¿cantará Ábalos algún día el trasiego de aquella velada intensa?) a las coimas de Zapatero, los fondos para las finanzas de la Internacional Socialista, las bolsas sospechosas en los vuelos del Falcon a Dominicana pasando por Caracas y demás vínculos oscuros entre la izquierda española y la venezolana que arrancaron allá por los tiempos de Carlos Andrés Pérez y Felipe González. Destrozado el paripé que tenía preparado para pavonearse en su papelito de Espartaco de Tetuán, a Pedro, que hasta unos jovenzuelos de Harvard le restregaron la corrupción por el morrillo, no le quedó más remedio que refugiarse en la casa de Maricarmen, aventar el lío de los desahucios que prometió desterrar en cuanto llegara a la Moncloa y ya han pasado ocho años en los que no ha levantado ni una vivienda social, un maldito chamizo público, y pretende endosarle el marrón a Ayuso y Almeida, en una estratagema solo apta  para militantes ofuscados e izquierdistas adornados de una monstruosa estupidez.

Nada la sale a derechas al gigoló de la farsa. Quizás sea aviso y señal de algo. El tiempo se le acaba. Bésalo otra vez Trump y se consumará el maleficio.