Ignacio Camacho-ABC
- Sánchez es el verdadero candidato del Frente Amplio. Los partidos a su izquierda son satélites enanos con más nombre que tamaño
Primero Wittgenstein y luego los posestructuralistas predicaron la idea de que las cosas no existen en la comprensión humana hasta que no reciben un nombre. Sostenían la idea, básicamente cierta, de que el lenguaje influye en la forma en que percibimos el mundo, y por tanto determina, construye, delimita y ordena el pensamiento. Por eso para relatar la fundación de Macondo como metáfora de una creación ‘ex novo’, García Márquez comenzó ‘Cien años de soledad’ diciendo que todo era allí tan reciente que la gente nombraba las cosas señalándolas con el dedo. Saber cómo se llama algo permite pensar en la categoría incluso en ausencia del objeto; el signo lingüístico es el punto de anclaje donde la comunidad consolida los conceptos y los fija en la mente a través de un apelativo concreto.
Así es también en política. Los relatos tan de moda se organizan mediante la selección de significantes capaces de abrirse paso en la opinión pública por sus propiedades connotativas. No es lo mismo invasión que crisis migratoria (Ceuta), ni socialista que progresista, ni corrupción que irregularidad, ni desaceleración que crisis, ni subsidio que renta mínima. Y a la hora de constituir o refundar un partido la denominación, la marca, adquiere importancia decisiva. El artefacto sucesor de Sumar, por ejemplo, tenía que contener la noción de agrupación y a la vez alejarse del marchamo de fracaso de Yolanda Díaz, cuyas pretensiones de unificar la extrema izquierda se habían convertido en objeto de rechifla.
Se va a llamar Frente Amplio, como las alianzas populistas de Iberoamérica. La amplitud es más numérica que espacial porque de momento agrupa a cuatro fuerzas con la pretensión de añadir a otras formaciones regionales de naturaleza heterogénea, pero el adjetivo manifiesta una grandeza que se corresponde mal con su verdadera vocación subalterna. Sus correlatos americanos suelen ser operaciones destinadas a disputar una presidencia, pero esta plataforma apenas aspira a ejercer de muleta de un sanchismo que se tambalea. Bajo los llamamientos a frenar a las derechas no subyace más que la esperanza de ayudar a Pedro a retener el poder a cambio de que les deje cultivar unas parcelas. Y más bien pequeñas.
El jefe del Gobierno los necesita porque son la única baza que tiene a mano para evitar el descalabro. Los soberanistas y separatistas catalanes y vascos pueden alquilarle algunos diputados pero con eso no le alcanzará para reeditar el bloque parlamentario de este mandato. La paradoja de la situación consiste en que también necesita absorber una parte sustancial de los votantes de su aliado si no quiere quedarse por debajo de los simbólicos cien escaños. De hecho, si aún muestra alguna expectativa en las encuestas es porque el electorado poscomunista lo considera su auténtico candidato, aunque el oficial vaya a ser Urtasun… o Ada Colau. La aventura personal del presidente es el sol alrededor del cual orbita ese Frente Amplio, un simple conjunto de planetas enanos con más nombre que tamaño.