Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Trump lanza frecuentes bravatas, pero no toma ninguna iniciativa efectiva
El celebrado lema Make America great again y su promesa de un cambio drástico en los Estados Unidos acabando con las políticas woke, el gasto público desenfrenado, la burocracia asfixiante, los abusos de los beneficiarios de programas sociales, el sostenimiento de la defensa de Europa a costa del contribuyente norteamericano mientras en el viejo continente sus países disfrutan de costosos programas de servicios públicos, la intervencionista regulación medioambiental inspirada por el dogma del calentamiento global altamente lesiva para la industria, la inmigración ilegal masiva y otras graves deficiencias de la gestión de las mayorías demócratas, le han dado la victoria en las urnas a Donald Trump en dos mandatos no sucesivos en 2016 y 2024. Tanto su primera como su segunda llegada a la Casa Blanca suscitaron grandes entusiasmos iniciales en sectores conservadores a ambos lados del Atlántico, posteriormente enfriados por sus decisiones erráticas, sus grandilocuentes anuncios de grandes gestas seguidos de inacción o de fiascos o las actuaciones vandálicas de sus seguidores más radicales cuando Joe Biden le sustituyó en el cargo.
Despertar emociones
Actualmente su figura no pasa por su mejor momento y las encuestas de cara a las midterm no pintan bien para su causa dibujando una muy posible pérdida del control del Congreso. Oscar Wilde advirtió sobre la importancia de las formas, tanto en asuntos triviales como en temas trascendentes. En las relaciones internacionales priman los intereses materiales y las relaciones de poder, pero hay ocasiones en las que una buena sintonía personal entre líderes, un gesto conciliador en la ocasión oportuna o un acierto protocolario pueden suavizar un conflicto o allanar el camino hacia la solución de un problema enquistado. En este aspecto, Trump no es precisamente un maestro. Su indisimulada simpatía por “hombres fuertes” de la catadura de Vladimir Putin o Recep Tayyib Erdogan despierta inquietud. Sus salidas de tono, sus desplantes, sus reacciones airadas, sus cambios bruscos de posición sin un motivo plausible y sus comportamientos desagradables con sus interlocutores, que pueden alcanzar la grosería, representan frecuentemente un obstáculo para el cumplimiento de sus objetivos y contribuyen a crear de él una imagen antipática dentro y fuera de Estados Unidos. De la misma forma que sus éxitos electorales se han basado en su notable capacidad de despertar emociones motivadoras de carácter primario en millones de votantes, sus exabruptos, sus contradicciones y sus salidas de tono se están volviendo en su contra en este mismo terreno.
Además, y no es esta una circunstancia menor, determinados enfoques de su política exterior resultan difícilmente aceptables desde un punto de vista moral. Así, su oscura alianza con la criminal presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, manteniéndola en el poder tutelada desde Washington a cambio del control de los inmensos recursos petrolíferos del país caribeño a la vez que se ponen todo tipo de trabas al regreso de María Corina Machado a Caracas ofrece un ejemplo claro de subordinación de los principios a la conveniencia más egoísta. Es inmediato pensar que el primer mandatario estadounidense prefiere un gobierno de Venezuela chavista, opresor y corrupto a otro democrático, legítimo y honrado, porque al segundo no lo podría someter a sus designios si éstos fueran opuestos al bienestar del pueblo venezolano mientras que a una banda de gángsters es fácil comprarla. La fecha de unos comicios limpios no se concreta, centenares de presos políticos siguen en los calabozos bolivarianos, millones de ciudadanos permanecen en el exilio y una gran parte de los que se han quedado malviven en la miseria.
Bastaría un empujón
Algo similar se puede aplicar a Cuba. La dictadura castrista ha fracasado en todos los órdenes y los cubanos sufren lo indecible castigados por la pobreza, la falta de libertad, el hambre y los apagones. La represión es durísima y la disidencia se pudre en las cárceles del régimen. Dada la debilidad de la estructura comunista en la isla y el nivel de descontento de la gente, que rechazan en un noventa por ciento la tiranía de los sucesores de Fidel, así como el corrimiento general hacia la derecha de las opiniones públicas en Iberoamérica, véase Chile, Argentina, Honduras, Panamá, El Salvador, Colombia. Perú, Paraguay y Bolivia, bastaría un empujón decidido de Washington para que Diaz Canel, Raúl Castro y sus secuaces cayeran sin remedio. Una Cuba dotada de una democracia sana y una economía de libre empresa pasaría sin duda a ser en pocos años una de las sociedades más prósperas del continente americano, Sin embargo, Trump lanza frecuentes bravatas, pero no toma ninguna iniciativa efectiva.
¿Y qué decir de la República Islámica de Irán, esa teocracia asesina, terrorista y desestabilizadora de Oriente Medio y en consecuencia del conjunto del globo? Tras un ataque militar destinado a terminar con la máquina de represión interna y de agresión a sus vecinos de los clérigos y de la Guardia Revolucionaria y un recrudecimiento de las sanciones, el magnate neoyorquino deja la tarea a medias, pierde el tiempo en una negociación inútil, no apoya ni reconoce a la oposición organizada del Consejo Nacional de Resistencia liderado por Maryam Rajavi y deja que la crisis se enquiste mientras el precio de la energía se dispara y el comercio internacional renquea. ¿Por qué no remata el trabajo? ¿Está acaso buscando una componenda con los ayatolás similar a la que ha pergeñado en Venezuela? El recurso al término “botín” al que tiene derecho el vencedor en su discurso en Naciones Unidas no parece precisamente edificante.
Una cosa es hacer grande a la democracia más poderosas del planeta, es decir, más comprometida con la democracia, la libertad, el imperio de la ley, el libre comercio y la lucha contra los totalitarismos y otra muy distinta es hacerla más rica prescindiendo de un orden mundial hecho de reglas justas y razonables y apoyado en unos fundamentos éticos emanados de la tradición occidental. Si Donald Trump persiste en moverse a trompicones como caballo en cacharrería en lugar de galopar briosamente en campo abierto hacia la victoria sobre el falso progresismo que nos arrastra a la ruina y a la descomposición social, nos arriesgamos a que el próximo inquilino del número 1600 de Pennsylvania Avenue sea Zohran Mamdani, Alexandria Ocasio-Cortez u otro doctrinario semejante y entonces sí que la catástrofe sería arrolladora.