Ignacio Camacho-ABC
- Cuando gobierna la izquierda, la protesta populista es contra «el sistema». Esperen a que llegue al poder la derecha
El 15-M fue desde el principio un movimiento populista de izquierdas aunque los estragos de la recesión motivasen la simpatía de personas descontentas –en su mayoría jóvenes– de ideologías diversas. Sucedía que entonces gobernaba el PSOE, el zapaterismo en su fase terminal, y los promotores de las acampadas disimularon su verdadera tendencia bajo el señuelo de una censura global al sistema. Poco más tarde el Partido Popular ganó las elecciones municipales, y a continuación las generales, y la consigna antibipartidista de «no nos representan» dejó claro que se trataba de un motín contra la democracia liberal que seguía los patrones trazados con éxito en Latinoamérica. De aquellas asambleas surgió Podemos con la cara de Pablo Iglesias –que aún no vivía en Galapagar sino en Vallecas– impresa en sus papeletas. La semejanza con las actuales protestas resulta patente para quien quiera verla; hoy como entonces está en el poder un socialista en horas bajas, el detonante es también el problema de la vivienda y las encuestas auguran un triunfo de la derecha.
La diferencia consiste en que Sánchez no es Rubalcaba, que gestionó la caída de ZP y el subsiguiente descalabro sin renunciar a su firme concepto institucionalista del Estado. El presidente ha absorbido el espacio a su (extrema) izquierda a base de subrogarse buena parte de sus postulados, y por más que la crisis de precios se haya disparado durante su mandato ha entrevisto una oportunidad de levantar sus maltrechas expectativas en la nueva revuelta contra los desahucios. En teoría lo tiene difícil por el fracaso de su gestión habitacional en ocho años, pero a falta de capacidad para sacar pisos de protección pública al mercado posee una demostrada habilidad de armar relatos. De momento ha conseguido equiparar la ineficacia de sus leyes con la torpeza de Ayuso al comprar un ático con el dinero de los ciudadanos. Es cuestión de tiempo, quizá no demasiado, que se ponga al frente de las manifestaciones y coloque a la oposición el marchamo de desaprensiva protectora de los grandes propietarios.
A su favor juega el hecho de que la escasez de vivienda sí es transversal y afecta tanto a las clases medias como a las capas más desfavorecidas. Se trata de una preocupación generalizada, extensiva, que abre campo a las reacciones antipolíticas donde siempre se mueve mejor la demagogia sanchista. Como además las competencias sectoriales están transferidas a las autonomías –que tampoco han obtenido mejoras significativas– es fácil sacarse los reproches de encima apelando a las responsabilidades compartidas. El Gobierno está en una situación tan crítica que cualquier empate, aunque sea en desaciertos, le beneficia, máxime en un debate que ha suscitado incluso en cierta juventud conservadora una reclamación proteccionista. Y en el peor de los casos, la reactivada movilización callejera supone una especie de ensayo de lo que le espera a la alternativa. Un entrenamiento para volver a las barricadas con la táctica bien aprendida.