Agustín Valladolid-Vozpópuli
  • Ceuta y Maricarmen han desnudado del todo a un personaje que, más allá de una descomunal ambición, carece de las luces necesarias para gobernar un país

Esto está finiquitado, por mucho que Pedro Sánchez intente alargarlo, que lo alargará hasta donde le interese y pueda. La legislatura estaba muerta antes de empezar, pero es ahora cuando ya no quedan imágenes idílicas con las que alimentar el croma en el que Sánchez ha vivido, más bien resistido, estos últimos años. Maricarmen y sus muñecos del lobby ocupante le han dado la puntilla. Sol no es Ceuta, pero en el cada vez más estrecho universo electoral del líder socialista duele tanto o más.

La inmediata secuela del caso Maricarmen ha sido expandir, como una bomba de vacío, el fracaso de la política de vivienda desarrollada por un gobierno que se dice progresista. Que no se engañe Sánchez: es a él a quien se le responsabiliza principalmente del fracaso; aunque no sea el único.

Estamos asistiendo, con retraso acumulado, a la exhibición de un desengaño mayoritario entre los más jóvenes, y provocado por una política de asignación de recursos que ha beneficiado “a las personas mayores, que ya absorben el 40% de los presupuestos” y apenas ha dejado espacio para políticas que beneficien a las nuevas generaciones -como puso de manifiesto el profesor Conde-Ruiz en La juventud atracada (Península)-.

Un salvavidas pinchado

Asunto distinto son los intentos de explotar políticamente la protesta, paradójicamente protagonizados por aquellos que más han contribuido a convertir la vivienda en uno de los grandes problemas nacionales. Es realmente llamativo que nadie le diga a Podemos o a Sumar que, en este debate, sus tesis, las que en su día compró el PSOE y han provocado un fuerte constreñimiento/encarecimiento del mercado del alquiler, no son compatibles con ningún remedio mínimamente realista.

Tampoco la aprobación ayer de una nueva modificación populista de las normas que rigen el mercado va solucionar nada. Al contrario, va a achicar aún más el parque de vivienda de alquiler. Mientras, el pequeño propietario que no necesite el dinero seguirá con su piso vacío y cerrado a cal y canto. Autoprotección frente a inseguridad jurídica. Los decretos aprobados no son una solución, son un salvavidas político más que se lanza a sí mismo un presidente náufrago. Pronto veremos si además está pinchado.

Ceuta y Maricarmen son el colofón de una legislatura perdida en la que ninguno de los problemas estructurales del país (pensiones, deuda, vivienda…) ha ido a mejor. Sin un solo presupuesto aprobado, y con una inestabilidad parlamentaria que solo ha permitido sacar adelante iniciativas menores vía decreto, este período será recordado en el futuro como uno de los más aciagos de nuestra democracia.

¿Cómo pasaré a la historia?

En sus dos legislaturas Sánchez ha tenido diversas oportunidades para soltar lastre, variar el rumbo y regresar a la centralidad. Si no lo ha hecho, no ha sido por convicción ideológica; ni siquiera táctica. Pudo aprovechar alguna de las crisis sufridas -Covid, dana, guerras, Ceuta…- para recuperar consensos y buscar objetivos comunes. Pero nunca se le pasó por la cabeza hacerlo, porque eso hubiera supuesto ceder cuotas de poder; dentro y fuera del PSOE.

Lo que es seguro es que cuando, muy al principio, en junio de 2018, Pedro Sánchez se preguntó a sí mismo, delante de un Maxim Huerta enmudecido, qué diría de él la historia, lo último que se imaginaba es que ocho años después se habría consolidado alrededor de su figura un consenso que le describe como un personaje menor, la vitriólica mezcla de un gobernante con una descomunal ambición, pero sin las luces suficientes para gobernar un país.

Esto está finiquitado, aunque continúe la función. Pero ya no hay croma que pueda disimular tanta incompetencia.