Ignacio Camacho-ABC

  • Por si el ambiente de tensión social no era bastante conflictivo, el sanchismo azuza el enfrentamiento de propietarios contra inquilinos

Si usted no entiende los nuevos decretos de vivienda no debe preocuparse: el Gobierno tampoco se aclara. La propia ministra del ramo desconocía su literalidad cuando trataba de explicarla mientras alguien, que desde luego no era de su departamento, los terminaba de redactar sobre la marcha. El caos es tal que ni siquiera es posible saber si alguno de los dos, uno o ninguno serán aprobados mañana. Y quizá no importe porque el único objetivo real de la operación es el de lanzar contra la derecha –hay que ver qué mal gobierna la oposición– la protesta de las acampadas. Así se hace hoy la política en España. Qué más da si los proyectos legislativos salen adelante o fracasan mientras sirvan para mantener a la parroquia propia movilizada contra la adversaria.

Sánchez no provocó el caso Maricarmen; de hecho es probable que ni siquiera estuviese al tanto, preocupado como anda por esquivar responsabilidades en Ceuta y controlar los escándalos que tiene abiertos en los juzgados. Se encontró el lío montado por sus socios de extrema izquierda, que al igual que hace quince años tratan de reactivarse a través de las plataformas antidesahucios, y entrevió la oportunidad –instinto para enredar no le falta– de rentabilizarlo antes de verse él mismo en la diana de los ‘indignados’. Era el tipo de situación en que un gobernante sin ideas da la orden desesperada de «hacer algo», y en este Ejecutivo diseñado para la propaganda y el ruido mediático ese algo sólo puede consistir en inventarse un relato.

Cuando estalló el 15-M Zapatero cometió el error de no ponerse a la cabeza de la ola reivindicativa. Estaba tan hundido por su fracaso ante la recesión que no fue capaz de redirigir la queja hacia el verdadero objetivo del movimiento populista, que como se vio poco después era el de revolverse a título preventivo contra la inminente alternancia política. Pedro es más listo, o tiene más intuición ventajista para escapar de una coyuntura complicada colándose por cualquier rendija. La vivienda le concierne lo mismo que la inflación o las infraestructuras pero posee un enorme potencial de tensión conflictiva. Un enfrentamiento de propietarios contra inquilinos, la nueva versión de la lucha de clases, es una auténtica mina de agitación social y choque partidista.

En eso está. El procedimiento es lo de menos para quien lleva un mandato entero sin presentar un solo presupuesto. Con un poco de suerte y una policía convenientemente contemplativa se puede montar un buen jaleo alrededor del Congreso, a modo de entrenamiento para cuando –o en el caso de que– las derechas tomen el relevo. La actual generación acantonada en Sol no vivió aquel tiempo de barricadas y muchos de sus componentes ansían su propio bautismo de motines callejeros; sólo necesitan un pretexto sobre el que volcar su malestar sistémico en busca de su propio asalto a los cielos. A ellos tampoco les hace falta entender los dichosos decretos: les basta con recordar que sus antecesores acabaron alcanzando alcaldías y ministerios.