Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • Necesitamos debatir un proyecto de cambio de régimen, afín al improvisado en 1975 por el Rey Juan Carlos

Tolstoi escribió que todas las familias felices se parecen, pero que las desgraciadas lo son cada una a su manera. Los finales de régimen político son parecidos: cada uno cae a su manera. El sanchismo es un régimen empeñado en cambiar el sistema en su propio beneficioso, para perpetuarse en el poder a base de corrupción política y criminal, es decir, de corromper la totalidad de la política. Vista la grave debilidad de control constitucional, nos acabará salvando que carece de base para su ambición desmedida: nunca han sido más.

El régimen se limita en realidad a la alianza provisional de fuerzas políticas disolventes que buscan rematar a su enemigo: separatistas y terroristas a la España democrática; comunistas y socialistas, al capitalismo y Estado de derecho (si alguien aún no lo cree, que vea el contenido de los dos decretos-ley de vivienda obra del soviet de Moncloa).

En esto se parecen al Frente Popular de 1936 que provocó la guerra civil para dar el cambiazo de república liberal fallida a república popular soviética, como insisten hoy algunos analistas. Pero otras circunstancias recuerdan más al final del franquismo, periodo quizás más inspirador para vislumbrar cómo puede acabar todo esto, y también sobre cómo orientar las postrimerías para salvar España y la democracia, según el principio de que la crisis existencial también es una oportunidad de adaptación.

Huelgas y separatismo

El franquismo no consiguió sobrevivir al dictador, pese a los intentos de “dejarlo todo atado y bien atado” para frustrar la democracia liberal. La mayoría de la sociedad española estaba harta de dictadura y quería una democracia civilizada, como en los países de procedencia de los turistas que cambiaron tantas cosas sin pretenderlo.

Si repasamos las postrimerías del régimen dejando de lado la atroz agonía de Franco, recordaremos la “marcha verde” de Marruecos que obligó a abandonar el Sáhara occidental, en teoría una provincia española más. Las oleadas de huelgas y protestas sociales, que iban desde la industria pesada hasta los presos comunes de las cárceles. El auge separatista en País Vasco y Cataluña, aprovechando la oportunidad del vacío de poder y la contaminación franquista de la identidad nacional española. La parálisis de muchas instituciones por el desconcierto, el futuro imprevisible, el miedo a comprometerse con decisiones impopulares o a elegir bando equivocado. Y algunos escándalos sonados de corrupción (que hoy parecen de aficionados).

En 1975 sufrimos agresiones internacionales, conflictos sociales, crisis económica, impotencia del Estado, deslegitimización acelerada del régimen y parálisis institucional generalizada. ¿Qué tenemos hoy?: Ceuta ocupada impunemente por miles de intrusos marroquíes, acampada de extrema izquierda en Sol a cuenta del culebrón Maricarmen, agitación separatista, y fracaso de las instituciones públicas, a excepción de los juzgados, policía judicial y gobiernos autonómicos “de derechas” (justo es decirlo: véase el gran papel de Vivas en Ceuta): todo lo demás es caos en aumento. Y por el horizonte asoma otra crisis económica en un país empobrecido.

En resumen: un Estado completamente paralizado y en crisis por el futuro de su Número Uno, como en la larguísima agonía de Franco, y una sociedad atónita, paralizada y carente del liderazgo opositor necesario. La gran diferencia, afortunada, es que no tenemos cuartos de banderas sanchistas amagando golpes de Estado, y que la sociedad conoce y quiere el juego democrático.

¿Será la vivienda el principio del fin?

La reacción a la crisis de Ceuta, a los procesos judiciales (atención al caso de la juez Biedma) y al culebrón Maricarmen desnuda a un Sánchez buscando la salvación cual pollo decapitado. Los dos decretos-ley de vivienda no sólo son otro fraude de ley, sino que van más lejos que los precedentes: de una tacada derogan la seguridad jurídica del alquiler y compraventa de vivienda, el derecho a la propiedad, la tutela judicial de las reclamaciones y hasta la lógica elemental. Incluso se aprovechan para colar en el BOE lo que bien podría fungir de opinión de El País, insultando al PSOE de Felipe González por machista, dictador y reaccionario insensible preventivo al sufrimiento de la pobre Maricarmen. Tragicomedia total: el ridículo de la mano del crimen.

La acampada de Sol puede forzar la que quizás sea última derrota gubernamental. Le ha obligado a improvisar dos decretos, uno para intentar camelar a Podemos y Sumar, y otro contradictorio para el separatismo burgués: una locura. Aunque perpetraron el follón Maricarmen para tapar Ceuta, el beneficiario de la juerga de perroflautas y universitarios woke de Sol es Podemos, justo cuando se dirigía a la extinción. El Gobierno no se atreve a disolverla, aunque el ridículo Sindicato de Inquilinas (obra de la universidad de amiguetes pastoreado por un vicedecano, una antropóloga y una pedagoga) sea financiado por ellos y la Generalitat. Deberían haber consultado a sus amigos del PNV qué pasa cuando se financian tinglados de la competencia dando poder y dinero a gente que no pueden controlar: pues que se vuelve contra ellos.

Fin de régimen y cambio constitucional

Todo, en fin, apesta a gangrena terminal. Usar la crisis de la vivienda para tapar la crisis de Ceuta, desastre efecto de un plan siniestro para contentar a Mohamed VI, amaga con significar para Sánchez lo que la contabilidad secreta acabó siendo para Al Capone. Aunque quizás acabe de otra manera. El estudio de sistemas revela que el caos es caos porque es impredecible. Pese a los esfuerzos salvadores del siniestro Pumpido, el proyecto para manipular el censo electoral con la Ley de Nietos, los ataques a los jueces y periodismo crítico (amortizados porque son pura rutina) y demás artimañas golpistas, entramos en las postrimerías de la corruptocracia. Hemos llegado al punto de no retorno en que no se sabe qué pasará mañana, salvo que con toda seguridad será peor que lo de hoy (que muchos hayan necesitado ocho años para entenderlo es solo costumbrismo).

A la espera de que lleguen las elecciones o de que el “Estado profundo” -es decir, lo que quede de altos mandos y administración profesional- decida apagar la respiración asistida al agonizante, necesitamos debatir un proyecto de cambio de régimen, afín al improvisado en 1975 por el Rey emérito y unos pocos ex franquistas inteligentes. Cometieron sin embargo un error que es necesario evitar: hacer una Constitución pensada para tutelar a la sociedad, presuntamente inmadura, en vez de para controlar y limitar el poder del Gobierno según los sanos principios liberales. Necesitamos un proyecto de reforma constitucional que sirva también para movilizar al país en torno a un proyecto de reconstrucción y superación colectiva.