Juan José Echevarría Pérez-Agua
Profesor de la Universidad Carlos III
- Hace 50 años, la banda terrorista temió a un político capaz de restablecer los lazos de los vascos con España
Hace 50 años, el 4 de octubre, ETA cercenó de un tajo la viabilidad de una descentralización vasca de carácter exclusivamente foral, inserta en el seno español, con el asesinato de su máximo promotor, el vizcaíno Juan María de Araluce Villar, que se había destacado en el tardofranquismo e inicio de la Transición democrática por ser la figura política más relevante en la intensa campaña por la devolución del Concierto Económico desplegada desde diez años antes por municipios -el primero, Tolosa- y diputaciones -no todas-, así como por procuradores en Cortes electos por representación familiar y sindical, y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, de la que el fallecido era miembro.
Hombre profundamente religioso, activista católico del apostolado laical y padre de nueve hijos, que vieron desde el quinto piso de su casa, a través de las copas de los árboles, cómo un comando de ETA militar descargaba una fusilería de noventa balas contra él, sus tres escoltas y el chófer de la Diputación.
La banda terrorista temió a un político capaz de restablecer los lazos de los vascos con España y liderar el centro-derecha vasco españolista, lo que restaba posibilidades para imponer su planteamiento autodeterminista de base marxista-leninista. Frente a esa propuesta sin base histórica, Araluce puso en marcha otra, aún en vida del dictador Franco, basada en la reinstauración de los organismos forales de cada provincia, recuperando las autonomías territoriales y sus instrumentos, como el Concierto, capaz de avanzar en el futuro hacia un marco unitario vasco.
Se trató de una iniciativa foral, que, como secularmente había sido desde sus orígenes medievales, pilotaba en torno a sus dos sujetos tradicionales: los organismos político-administrativos de cada territorio -diputación foral y juntas- y el rey de España.
Juan Mari Araluce nació en 1917 en Santurtzi. De padre tradicionalista y madre liberal fuerista, participó en la Guerra Civil en el bando vencedor, entre los carlistas del Tercio de Nuestra Señora de Begoña, que, como casi todos los requetés, perdieron la paz porque Franco los ignoró y apartó de toda responsabilidad en el nuevo Estado. Jurista de formación, logró por oposición la notaría de Tolosa, villa donde inició su vida política en el asociacionismo familiar, uno de los pocos cauces de participación política permitidos entonces, una vez enfriados los ardores fascistas del régimen.
Araluce fue presidente de la Diputación de Gipuzkoa desde 1968, siendo el primero que destinó caudales públicos para subvencionar a las ikastolas, y laboró por incluir el euskera en la educación infantil y crear una Universidad pública vasca. Poco después llegó a las Cortes y en marzo de 1971 al Consejo del Reino, la viga maestra del régimen encargada de impedir cuatro años después al instaurado rey, Juan Carlos I, cualquier veleidad demoliberal.
Sin embargo, el tradicionalista Araluce se desmarcó. De hecho, de los diecisiete miembros del todopoderoso organismo era uno de los más fieles al rey, quien le pidió que prorrogara su presencia al frente de la diputación, lo que garantizaba su mantenimiento en el Consejo del Reino, desde el que apoyó todas las iniciativas aperturistas de Juan Carlos, entre ellas las cruciales elecciones como presidente de las Cortes de Torcuato Fernández-Miranda y como presidente del Gobierno de Adolfo Suárez, que desmontaron el régimen y alumbraron el Estado democrático y liberal actual.
Asistió a Montejurra 76, en compañía de dos hijos y un sobrino, dos de ellos menores de 18 años. No estuvo en los escenarios donde murieron las dos víctimas mortales, pese a lo cual ETA lo acusó en su ‘Zutik’ de apoyar al ultraderechista Sixto de Borbón Parma en su disputa con su hermano Carlos Hugo. A él, un ‘estorilo’ que había sufrido el desprecio del sector mayoritario carlista y que, en el boletín etarra, publicado un mes más tarde de su muerte, fue objeto de la acusación infundada de quedarse con dinero de la venta de la telefonía municipal donostiarra, sobre la que la Diputación que presidía carecía de cualquier competencia.
Así, ETA se puso la máscara vergonzante de la mentira y de lo que, en los crueles siglos de los linajes medievales, llamaron los hidalgos deBizkaia ‘la caloña’, la calumnia injuriosa que se vertía sobre los muertos.
Juan José Echevarría es autor de la biografía ‘Juan María Araluce, el defensor de los fueros asesinado por ETA’ (Almuzara, con apoyo del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo)