Ignacio Camacho-ABC

  • Esta legislatura sólo puede terminar como empezó, con un salto al vacío y la sacudida de crispación social que busca el sanchismo

Como es imposible que el Gobierno no calibrase la posibilidad del rechazo a sus decretos de vivienda, habrá que colegir que la eventualidad de la convocatoria electoral ha estado desde el primer momento sobre la mesa. Incluso hay quien piensa que era la opción favorita de un Sánchez convencido de que se trata de una oportunidad de movilizar a la izquierda, o de que no tendrá ninguna mejor de aquí a la primavera. El presidente está acostumbrado a lanzar órdagos –el de 2023 le salió bien– contra la tendencia de las encuestas, pero quizás ésta sea la ocasión en que más arriesga porque su figura está demasiado desgastada y el desplazamiento del voto a la derecha parece haber arraigado en el cuerpo social con mucha fuerza.

La justicia poética parece reclamar que esta legislatura desquiciada termine a manos de quienes la hicieron posible con el pacto viciado de una amnistía redactada por sus propios beneficiarios. A partir de entonces nada podía salir bien y de hecho no ha habido iniciativa que no haya terminado en fracaso, empezando por la anomalía de gobernar (?) sin presupuestos durante todo el mandato. Ningún chantaje puede sostenerse sin problemas durante cuatro años, ni siquiera bajo el torcido objetivo común de evitar la alternancia básica de los regímenes democráticos. Pero la justicia poética no deja de ser un desiderátum que confía al azar el destino que los hombres no son capaces de alcanzar por sus propios pasos. Un mal menor que oculta la realidad de un orden legítimo quebrado.

Eso es lo que refleja este final presentido: el caos sistémico precipitado en la pirueta rocambolesca de un salto al vacío. No podía ser de otro modo después de los escándalos de corrupción, de la desactivación de las instituciones, de la flagrante inoperancia de un Ejecutivo construido para prolongar la fuga hacia delante de un aventurero advenedizo sin escrúpulos morales ni políticos y perseguido por la sombra de graves delitos. Sea ahora o más adelante, la salida de este peligroso laberinto sólo puede tener lugar bajo unas circunstancias de emergencia, un colapso cívico entre sacudidas de furia, crispación y ruido. Con una siniestra traca de fuegos de artificio. La marca de la casa de ese degenerado estilo de poder que se conoce como sanchismo.

Lo que espera a los españoles, acabe como acabe este órdago siniestro, es una atmósfera irrespirable de tensión, un enfrentamiento de bandos a cara de perro. La única opción de supervivencia de Sánchez pasa por convertir la convivencia en un infierno, y en el peor de los supuestos –para él– legarle una hoguera de intensa conflictividad social a quien le tome el relevo. Volver, en suma, al clima populista que lo aupó al liderazgo del partido y después del Gobierno a caballo de una alianza destituyente y de un inflamado desorden callejero. Es su propio desahucio de la Moncloa el que quiere evitar por todos los medios. Con la justicia echándole encima su aliento, a estas alturas no podrá sorprender a nadie que arrastre en su desesperación al país entero.