- Nada es culpa de la izquierda. Gobiernan, pero nada tienen que ver con los muertos de Adamuz, con la invasión de Ceuta, con la pútrida corrupción, con la carencia de viviendas… Nada es su responsabilidad. Tal vez sea la mala suerte
En expresión afortunada del maestro Andrés Amorós, la España que hoy vivimos es un bochorno. Vamos, que nos tenemos que avergonzar no de nosotros, sino del país en que se ha convertido la nación que nos vio nacer. Es curioso que, en muchas ocasiones, la vida de millones de personas dependa de las decisiones de unos pocos. A veces me detengo a pensar en Cuba, en cómo el egoísmo y la crueldad de unos pocos pudieron truncar la vida de millones de cubanos hasta llegar a la depauperación actual. ¿Es mala suerte? ¿Acompaña a los países una especie de fatalidad? ¿Las peripecias de la historia se deben al azar? Aquí estamos los españoles esperando a que Sánchez diga mañana si convoca o no elecciones. El hombre que más ha actuado contra la democracia, hasta el punto de gobernar sin ganar las elecciones y con el apoyo de partidos abiertamente antidemocráticos, decide en soledad, o en compañía de otra, si finalmente convoca elecciones, si se presenta él o no y si le da la voz al pueblo, que es el verdadero soberano, aunque él lo desprecie, como en tantas ocasiones ya demostró.
Óscar Puente, loco por la música de la sucesión, asegura que sí habrá convocatoria. El autor de «Yolanda Díaz, próxima presidenta», un tal Iván Redondo, el más sobrevalorado de la corte de los milagros sanchistas, anuncia, y no sabemos en base a qué, una mayoría aplastante de los socialistas en caso de que los españoles acudamos a votar próximamente. Como no sea que ya tienen alguna experiencia en pucherazos… Armengol, esa presidenta sectaria del Congreso, ya hace campaña manifestándose contra la crisis de la vivienda. Ella, que pertenece al partido que gobierna desde hace años sin haber hecho absolutamente nada para arreglarla. La extrema izquierda, que son cuatro, por mucho ruido que hagan en la Puerta del Sol, pide una huelga general para crear un ambiente de movilización. El sanchismo, por tanto, recurre a lo único que sabe hacer: enfrentar a unos españoles con otros.
Con todo lo anterior, es posible que el hombre que se encierra a meditar acerca de lo que representa esta ventana de oportunidad nos dé una alegría y devuelva a los ciudadanos la oportunidad de enmendar el bochorno que la España actual, con su imagen en el exterior, nos provoca cada día. Lo de Mari Carmen es ya la gota que colma el vaso de los sinsentidos de una izquierda extremista que mantiene una pésima relación con la realidad. El ocupante de la Moncloa, por su parte, vive instalado en la duda, alabada duda, donde comienza el despeñadero del sanchismo. Distingamos bien socialismo de sanchismo.
Una izquierda, por otro lado, que no asume ni una sola responsabilidad. Nada es culpa de ella. Gobiernan, pero nada tienen que ver con los muertos de Adamuz, con la invasión de Ceuta, con la pútrida corrupción, con la carencia de viviendas… Nada es responsabilidad de ellos. Tal vez sea la mala suerte. Cuando pasen los años, medio siglo o más, la historia demostrará que no ha sido una cuestión de azar el sufrimiento que padecimos y padecemos. Ha sido y es responsabilidad de un pésimo dirigente llamado Pedro Sánchez, al que ha secundado el mayor grupo de mediocres que recordamos en los últimos cincuenta años de la vida pública de España. Y, lo peor de todo, solo han contribuido a enraizar el odio en una parte de la sociedad española.
No me atrevo a apostar sobre la decisión de Sánchez de convocar o no elecciones de inmediato. Por él, no lo haría nunca. Eso es lo que más le va a pesar. Los pueblos van creando su peripecia con ideas y voluntad de construcción, pero, de vez en cuando, como ocurrió en el 11-M de 2004, se entromete una fatalidad y transforma, muda o cambia el libreto de nuestras vidas.