Editorial.El Correo

  • Gran parte de la alta velocidad ferroviaria depende de la agilidad de las instituciones vascas, enredadas en discusiones sobre si el recorrido debe ir por la sierra de Aralar o la Llanada alavesa

Lo peor de la inacabada construcción del TAV no es el retraso que acumula la infraestructura llamada a revolucionar la movilidad en Euskadi y sus conexiones con el resto de comunidades y Europa: veinte años después del inicio de las obras, el verdadero problema viene dado por la incapacidad de las administraciones en fijar una fecha de inauguración o de funcionamiento por tramos, toda una incógnita que envuelve hoy en nubarrones un horizonte que debería estar más despejado. El tiempo para engancharse al desarrollo corre en contra por más dificultades que el proyecto haya ido sorteando en el camino. Las abruptas orografías, los soterramientos a gran escala, los cambios de gobierno y las tensiones políticas han sido complejidades también presentes en otros territorios por los que ya circula el AVE. Es cierto que el terrorismo, los sabotajes y el boicot de los municipios en manos de la izquierda abertzale han frenado el avance de la Y. Pero gran parte de la alta velocidad ferroviaria depende de la agilidad de las instituciones vascas, enredadas en discusiones sobre si el recorrido debe ir por la sierra de Aralar o la Llanada alavesa. Bastante complicados serán los accesos a Vitoria y, sobre todo, a Bilbao como para seguir perdiendo más trenes.