Editorial-El Correo

  • La muerte de Maricarmen, símbolo para generaciones castigadas por el drama de la vivienda, exige a los partidos pensar en soluciones y no en réditos electorales

El nombre de Maricarmen Abascal se ha convertido definitivamente en el hilo conductor de la pugna electoral a raíz de su muerte este miércoles a los 87 años. Fallecida en un hospital de Madrid dos semanas después de un desahucio que conmocionó a la opinión pública, Maricarmen se ha transformado en un símbolo para diferentes generaciones de inquilinos y personas que aspiran a un piso digno sin prestarse a ello ni proponérselo a esas alturas de su vida. Ella ha engrosado la lista de los 25.000 desalojos que se practican al año en el país, la mayoría a consecuencia de los alquileres, aunque el suyo ha hecho temblar los cimientos del sistema. La imagen de esta mujer con un 50% de discapacidad sacada en camilla de la casa en la que llevaba viviendo 70 años, en cumplimiento con una orden judicial, ha desatado una reacción en cadena que difícilmente las urnas podrán apaciguar por sí solas.

Con epicentro en la Puerta del Sol, la ola de protestas por el encarecimiento de los alquileres y la falta de vivienda asequible dio paso al intento frustrado del Gobierno de Pedro Sánchez por intervenir el mercado, tras ocho años de ineficacia en sus políticas y de darse bruces con el rechazo de PP, Vox y Junts. Al calor de un creciente descontento social, al adelanto de las elecciones le ha seguido una convocatoria de huelga general, en vísperas del arranque de la campaña. Todos estos hitos, precipitados en dos semanas que han liquidado la legislatura, llevan de alguna forma u otra su nombre. El legado de Maricarmen, despedida ayer en las calles de Madrid en una muestra de duelo multitudinario que dividió a la clase política, exige a los partidos pensar en soluciones reales al drama de la vivienda y no en réditos electorales. Su eventual utilización como reclamo, de izquierda a derecha, solo servirá para retrasar la adopción de medidas, agitar la tensión de forma irresponsable y poner en duda la madurez de un electorado que ha demostrado, elección a elección, su firme determinación por votar en paz, por muy complicado que fuera el contexto.

Los mensajes de odio son la señal desalentadora de la extrema polarización con la que España se acerca al 29-N. Por encima de todo, una persona de 87 años que muere fuera de su hogar, cuando nunca tuvo que ser desalojada de él, merece el más absoluto respeto. El nombre de Maricarmen Abascal se une sin buscarlo al de otras mujeres como Ana Orantes o Nevenka Fernández: figuras que terminaron por cambiar y mejorar nuestra sociedad, no sin dolor.