Tonia Etxarri-El Correo
El único acto institucional que reúne a todos los poderes del Estado, incluidos todos los representantes autonómicos que quieran acudir (a los independentistas como el lehendakari Pradales o a algunos ministros del actual Gobierno no les gusta conmemorar la Fiesta Nacional) se celebra el 12 de octubre. En los actos de ayer, en los que Santiago Abascal prefirió hacer su desplante habitual para marcar distancias con el Ejecutivo y capitalizar el malestar migratorio en Ceuta, Pedro Sánchez tuvo la oportunidad de medir la calle a la que tanto apela confrontándola con el Parlamento. Porque ayer, en la calle, se volvió a encontrar con una sonora pitada de los ciudadanos presentes dedicada, en exclusiva, a su persona.
El candidato del PSOE tendrá que darle una vuelta a su apelación a la calle que no frecuenta. La huelga electoral, convocada para el 11 de noviembre, con la ayuda de los sindicatos mayoritarios y con la excusa de la política de vivienda, exhibirá su termómetro. Pero los sondeos le dejan bajo mínimos, sin posibilidad de gobernar. Colgado de los 107 escaños. Y la ultraizquierda, bajando. No sumaría con todos los grupos que le han apoyado hasta ahora. Los indicadores subrayan un giro sociológico muy pronunciado hacia los conservadores. La radicalización del discurso de Sánchez, así como su abuso en la utilización de sus atribuciones institucionales, alimentan la polarización que difícilmente podrá beneficiar al ala siniestra del panel si no se moviliza. Habrá que ver si se incrementa el punto de participación en la izquierda en las próximas semanas. Hoy por hoy, el PSOE perdería 14 diputados y subiría exponencialmente Vox a costa del PP, que puede bajar algún escaño con respecto a 2023 pero, esta vez, los dos partidos piensan remar en la dirección del Gobierno alternativo.
Sánchez tendrá que recurrir a otros cebos electorales. El recurso de la vivienda se le puede volver en contra. El recordatorio de su inhibición durante los ocho años de gestión, puede terminar perjudicándole. Es lo que tiene gobernar a golpe de calle.
En Ceuta, donde hoy esperan a los Reyes, la calle luce otra apariencia. Ya no hay ni rastro de los asentamientos, acampadas ilegales o chabolas improvisadas de quienes, procedentes de Marruecos, fueron ocupando el territorio. Pero los vecinos sigue sumidos en el miedo. El Estado no ha estado cuando más se le necesitaba.
El Supremo ya ha despejado la duda con los nietos de los exiliados y represaliados de la Guerra Civil, manteniendo la suspensión del voto a los nacionalizados por la ‘ley de nietos’. Contempla una excepción para quienes acrediten el exilio de sus antepasados que afecta a 163.020 personas. Por esas papeletas Pedro Sánchez, que ha presionado en público al Supremo, mantendrá el pulso recurriendo al Constitucional. El exvicepresidente de la Comisión Europea Josep Borrell se pronunció a favor de distinguir entre la nacionalidad y el derecho al voto: «Los nietos no son residentes ausentes. Es alguien que nunca ha estado aquí». Pero Sánchez va a buscar papeletas hasta el rincón más recóndito del país porque plantea estas elecciones como un plebiscito. Quedan muchos días. Hemos vivido muchas campañas desde que se instauró la democracia en España. Como ésta, ninguna.