Ignacio Camacho-ABC

  • Si no patinan los sondeos, Vox será el verdadero artífice del vuelco. Y Feijóo verá sustancialmente mermada su autoridad en el Gobierno

Si las encuestas unánimes no vuelven a patinar, y esta vez parece difícil por el diferencial de puntos, Feijóo será el próximo presidente del Gobierno pero el ganador de las elecciones va a ser Santiago Abascal. Entiéndase ganador como el factor determinante del presentido final del ‘sanchato’. Porque si el Partido Popular sigue estancado, escaños arriba o escaños abajo, y Vox se dispara hasta casi doblar –o más que eso– su número de diputados, el vuelco habrá sido posible gracias al crecimiento del voto ultraconservador en los últimos tres años. Y el líder de esta formación, quizás el único cuya facturación haya crecido, tendrá derecho a proclamarse vencedor moral del escrutinio en su condición de dueño de un papel poselectoral decisivo.

Esto es lo que dicen los sondeos. Y de cumplirse el pronóstico, la incapacidad del PP para mejorar en términos sustanciales sus rendimientos tendrá un precio en la previsible coalición de Gobierno. Si Abascal aporta a ella un tercio de los asientos que las dos derechas juntas obtengan en el Congreso podrá reclamar el mismo porcentaje de ministerios, lo que le otorgaría una influencia superior a la que han ejercido Sumar y Podemos en las últimas legislaturas de Pedro. El actual líder de la oposición ocupará la Moncloa y dirigirá el Consejo pero verá muy relativizado su éxito por la inevitable dependencia del verdadero artífice del relevo. Sólo un avance notable de aquí al 29-N evitará que la suya sea una presidencia demediada desde el primer momento.

Lo más llamativo del asunto es que los populares parecen resignados. Tras aquel compromiso de gobernar en solitario, formulado hace apenas trece meses, han probado a separarse y a acercarse a Vox, a marcar distancias y a comprarle el marco, sin lograr en ninguno de los casos una progresión significativa de sus expectativas de resultado. Y han terminado por conformarse con la idea de necesitar un socio de rol relevante para reunir un quorum parlamentario que expulse del poder a Sánchez. Es decir, por aceptar que ellos solos no son capaces de capitalizar el desgaste del bloque Frankenstein. La claudicación en las autonomías, Andalucía incluida, fue el símbolo de esa renuncia a pelear por los votantes para echarse en brazos de sus aliados radicales.

Como se está hartando de repetir Aznar, la diferencia es sustantiva. El proyecto de reconstrucción nacional abanderado por Feijóo requiere una mayoría transversal que rompa la polarización en lugar de sustituirla por otra de naturaleza y dirección distintas. No se trata de pactar con los socialistas, cuestión del todo impensable, sino de ganar masa crítica ciudadana en apoyo de las imprescindibles reformas institucionales, económicas y políticas. Un Ejecutivo fuerte, en definitiva, con una correlación de fuerzas clara y un mando de autoridad incontrovertida. Pero un candidato desperfilado y un equipo endeble quizá no tengan otra ya otra perspectiva que la de acomodarse en una alianza mucho más onerosa que la prevista. Y agradecidos, encima.