Rebeca Argudo-ABC
- No puede enarbolarse la gentileza como oportuno salvoconducto, sino respetada como norma de obligado cumplimiento primero para quien la proclama
El orfeón mediático del sanchismo, de repente, se ha puesto tan melindres que parece más bien el párvulo coro de un colegio de pago (eso tan facha). Mientras estiran el meñique jugando a las tacitas, reclaman exquisitos modales al grito de «no todo vale». Solo les falta el cabestrillo verde en la honra mientras, a su alrededor, todo es ahora infamia y ruindad. Los mismos que hasta hace dos minutos le reían todas las gracias tuiteras al bodoque ministerial, a los que los chistecillos sobre la dana y sus víctimas en boca de sus plumillas les parecían la monda, los que llamaban imbéciles a la más de media España que no vota como ellos, esos, ahora, andan atribulados porque dónde es que queda la mínima cortesía debida, la buenísima educación. El usted, el por favor, el gracias. El disculpe que no me levante, un buen póngame a los pies de su señora.
Mal asunto es, no digo que no, que a alguien (conocida en términos de porcentaje, además) le lancen al morrete un viejo vídeo bochornoso. Que el que más y el que menos, yo estoy con esto a tope, tiene derecho a enmendar yerros de mocedad. A desandar extravíos, en definitiva. Pero si viene la ínclita de sembrar vientos difamando a una representante pública, de elaborar listas negras de columnistas, de señalamientos alentando a la turba enfurecida (y pelín gagá) a que acose y amenace, a lo mejor lo elegante sería, en lugar de lloriquear damiseleando, tener la decencia de recoger con deportividad las tempestades. Por un elemental sentido del decoro. Por aquello tan básico que nos decía Chaucer, hace ya casi seis siglos, en ‘Troilo y Criseida’: «Quien tenga la cabeza de vidrio, que se guarde de las pedradas en la guerra».
Así, quien ha prescindido del diálogo y ha hecho del golpe un método, carece de autoridad moral (ya lo siento) para invocar las reglas del marqués de Queensberry cuando este le es devuelto. Al ser así, al salir toda la cáfila de plañideras justo ahora con la exigencia de cortesía, es demasiado evidente que no es esgrimida como principio sino utilizada como arma: se suspende en el ataque y se reactiva en la defensa. Es cobardona y transitoria tregua unilateral. Y aunque yo creo en el insulto como pacto civilizatorio (todos renunciamos a la violencia a cambio de que en alguna ocasión debamos encajar un denuesto porque la furia ajena encuentre desahogo en la palabra) no es este un alegato en favor de la mala educación. Lo es, en realidad, del juego limpio incluso en el más grosero de los desacuerdos. No puede enarbolarse la gentileza como oportuno salvoconducto, sino respetada como norma de obligado cumplimiento primero para quien la proclama. O puede optar por seguir siendo asno en el banquete, pero sin llorar luego cuando, cansado de sus deposiciones en la moqueta, otro le endiñe la coz que se merece.