Presentación

Para hablar de este libro es indispensable una previa explicación de propósito y de circunstancias. La presentación iba a producirse en la Sociedad Bilbaina, pero unos días antes los autores recibieron una llamada del presidente de la entidad, Juan Ignacio Goiría para explicarles que la junta directiva tenía muy mal recuerdo de una presentación realizada en aquellos sus salones por mi humilde persona con una intervención muy radical y antinacionalista. Recuerdo haber comentado en mi programa de radio que no me sentía ofendido porque aquellos benditos patricios me considerasen antinacionalista, aunque tengo que lamentar que una sociedad que había sido exponente del liberalismo que antaño tuviera tanto predicamento en Bilbao acabara deslizándose hacia el mainstream de esta sociedad, la corriente dominante, el nacionalismo. Pero dije que yo no había presentado ningún libro conflictivo. Me llamó Carlos Olazábal para decirme que sí, que había presentado su investigación ‘4 de enero de 1937. ¿El Guernica del PNV?’ Yo sí recordaba haber presentado ese libro pero creía haberlo hecho en esta casa, el Hotel Ercilla que ha sido desde hace tantos años un hogar de acogida para la libertad de pensamiento en Bilbao.

Los autores no tuvieron la ocasión de replantearse la búsqueda de un presentador más correcto políticamente hablando porque recibieron otro mensaje en que se les desvelaba que el problema era el libro mismo, que estábamos en puertas de unas elecciones y que no estaban por la tarea.

Siempre he sido un seguidor muy cercano de Carlos Olazábal que ha tenido la deferencia de enviarme los libros en los que ha investigado con tesón la vida y milagros del nacionalismo vasco. No conocía, sin embargo, a Pedro Chacón y ésta ha sido una venturosa ocasión para conocerlo, porque los dos forman una pareja de investigadores excelentes, capaz de desmenuzar en todos sus detalles asuntos tan intrincados como éste.

El palacete vasco de París es  como su propio nombre indica un palacio recoleto y pintón situado en la Avenida Marceau, que durante la guerra civil y una pequeña parte de la postguerra fue la sede del Gobierno vasco y posteriormente del Instituto Cervantes.

 Los nacionalistas, tan tenaces en sus reivindicaciones, venían reclamando desde hacía décadas el traspaso al PNV del palacete parisino. Se lo reclamaron a Aznar, que hizo oídos de mercader. El Gobierno que presidía se negó a entregarlo alegando que no se acreditaba la propiedad del partido, sino que correspondía al primer Gobierno Vasco (entidad pública). El conflicto llegó a la vía judicial y el Tribunal Supremo desestimó el recurso del PNV en 2003 al concluir que pertenecía al Estado español.  El Gobierno de Sánchez también desestimó la reclamación en primera instancia, pero la aceptó y transmitió la propiedad por decreto-ley del 24 de diciembre de 2024, en una operación de regalía histórica, que ha dado al PNV una propiedad de 15 a 20 millones de euros.

El Gobierno de Pedro Sánchez, arguyendo informes internos confidenciales, ha decidido darle luz verde a esta reivindicación histórica a pesar de la sentencia del Tribunal Supremo  que acabo de citar. El PNV no tenía derecho “por no acreditar la titularidad». Es decir, porque, a ojos del Alto Tribunal no había conseguido probar que se compró con los donativos de sus afiliados americanos en 1936, y porque «de los documentos aportados se destaca más bien la vinculación de dicha entidad con el Gobierno vasco», y no con el partido.

De hecho, en una enmienda a la Ley sobre incautaciones de bienes de los partidos durante la Guerra Civil, en 1998, Eusko Alkartasuna citó especialmente el caso del edificio de París como propiedad del Gobierno vasco.

Los nacionalistas vascos aseguran que estuvieron a punto de conseguir este traspaso con Aznar, y Andoni Ortuzar añade que Mariano Rajoy se comprometió con él a ejecutarlo, pero no hay pruebas de ello y ha sido ahora, con Sánchez cuando han logrado que el Estado les ceda no sólo este histórico palacete, sino también que se les reconozca una compensación por otros dos edificios en las localidades de Noyon y Compans, ya desaparecidos ambos.

La joya de la corona, en todo caso, es el palacete parisino, que se convierte desde ya en uno de los grandes activos inmobiliarios de los nacionalistas.

Además, el acuerdo recoge que el Instituto Cervantes puede seguir utilizando el edificio hasta el 31 de diciembre de 2030. Durante los  seis años comprendidos entre la fec ha de la devolución y la indicada, el Gobierno central pagará al PNV «una renta de mercado», lo que arrojaría un pago anual de casi un millón de euros por parte del Instituto Cervantes. Serían, de confirmarse, otros seis millones de ingresos para los nacionalistas vascos, con liquidez garantizada para sus arcas desde el día uno.

El real decreto-ley «ómnibus» convalidado en el Congreso traspasa la propiedad del inmueble del Estado al PNV, no porque quedara judicialmente probado que fue quien lo compró, sino en atención «a la vinculación histórica del edificio con este partido». No es lo mismo.

En realidad, lo que hizo Pedro Sánchez en enero de 2025 fue ignorar olímpicamente el derecho de propiedad sobre el palacete,  que no correspondía al PNV, sino al Gobierno Vasco, como está dicho y que había sido pagado con dinero del Gobierno de la República.

Claro que Pedro Sánchez no es un hombre que tenga claro el sentido del derecho de propiedad, lo ha demostrado sobradamente con la expropiación de la vivienda a sus legítimos propietarios para  atribuir esa propiedad a los usufructuarios, a los inquilinos que las tenían alquiladas por unos precios que ahora hemos descubierto que los socialistas pretendían mantener en el régimen de renta antigua decretado por Franco en 1964, y que convertía las viviendas en fortines inexpugnables para sus arrendatarios. Se da la paradoja de que fue un Gobierno socialista, de Felipe González, el que acabó con la renta antigua en dos etapas, la primera en 1985 mediante lo que se vino a llamar ‘la Ley Boyer’ y después, con la Ley de Arrendamientos Urbanos en 1994, en el último Gobierno de Felipe González. Se da la circunstancia de que uno de los portavoces del Gobierno de Sánchez más enérgicos contra la ley es Pablo Bustinduy, cuya madre, Angeles Amador, fue ministra de Sanidad y participó en el Consejo de Ministros que aprobó la LAU de Felipe.

Pero aparte del confuso sentido de la propiedad hay otra confusión en la que participan de igual manera  Pedro Sánchez y sus beneficiados nacionalistas. La confusión de lo particular con lo general, del partido con el Gobierno, con la Nación, y en el caso muy señalado de Pedro Sánchez con sus propios intereses personales es el rasgo de comportamiento que está en la base de esta manifiesta arbitrariedad.

La reclamación por parte del nacionalismo de más atención o más sensibilidad a hacia sus demandas, como si éstas fuesen ignora das sistemáticamente por el poder central es un señuelo, una falacia. La reivindicación nacionalista no consiste en que admitan sus peticiones basadas en una supuesta ignora cia de sus  derechos. Lo que pretender de verdad es la negación de España y de cualquiera de sus manifestaciones, como la lengua o los símbolos. Recientemente hemos asistido al cambio de nombre en la denominación de la Universidad vasca. Ya no se llama U.P.V., siglas como las que convivía su nombre en euskara, Euskal Herriko Unibertsitatea. Ahora solo es E.H.U. Arzalluz no quería tanto reivindicar el euskera como denigrar el español cuando bautizó a la lengua común, la koiné que hablan todos los vascos como ‘la lengua de Franco’. Recuerdo haber escrito por entonces que lo razonable es asimilar una lengua con sus más preclaros valedores.  Sería razonable llamar al castellano ‘la lengua de Cervantes, de Lope, de Calderón, o de Santa Teresa, digamos, aprovechando que hoy es su festividad. No sería razonable aludir al euskera como la lengua de Josu Ternera, al inglés como la lengua de Jack el Destripador o al alemán como la lengua de Adolf Hitler.

Este era un caso muy burdo, pero en otros, menos agresivos, toda la democracia española ha aceptado sus imposiciones. Todos los partidos aceptaron la denominación de ‘Euskadi’ para el País vasco, No solo en su uso partidario, sino consagrándolo en el Estatuto de Autonomía, artículo 1º. Claro que no es este el único disparate. La Ertzaintza es calificada reiteradamente en el artículo 17 como Policía Autónoma Vasca, cuando su nombre correcto habría sido ‘Policía Autonómica Vasca’. La Policía nunca puede ser autónoma en democracia. Está inevitablemente sujeta a la ley y al poder político.

Por otra parte, tal como explicaba Jon Juaristi en ‘El bucle melancólico’, “la palabra Euzkadi es un dislate; consta de una absurda raíz, euzko, extraída de euskera, euskal, etc. a la que Sabino Arana hizo significar vasco y del sufijo colectivizador -ti -di, usado solo para vegetales. Euzkadi se traduciría como ‘bosque de euzkos’ cualquier cosa que ello sea.”

 Xabier Kintana manifestaba su acuerdo con esta teoría en el diccionaria Hiztegia 2000 al definir los sufijos -ti o -di: “Sufijo que indica ‘conjunto de’, grupo de, utilizado con plantas; es similar al castellano -eda (manzaneda, pereda, avellaneda, pineda o arboleda) vide Lizardi, urkidi, pagadi, gorostidi, harizti…

En 1980 el Parlamento vasco discutía el nombre de la cosa, si Euskadi debía escribirse con la z de la grafía sabiniana, tal como defendía el PNV, o con s, que era el parecer mayoritario. Jesús Eguiguren, que sería  presidente de la Cámara Vasca a finales de los 80, escribía en su libro ‘Euskadi, tiempo de  conciliación’ «Que el primer debate político del Parlamento Vasco fuera para dilucidar si Euskadi se escribía con ‘s’ o con ‘z’ da idea de por dónde iban los tiros». Los tiros fueron siempre por el mismo lado, hacia las cuestiones simbólicas e identitarias por encima de otras de carácter esencial.

Durante aquel debate, celebrado en la Diputación Foral de Bizkaia por no disponer el Parlamente de sede propia, Mario Onaindia envió una nota con cierta sorna al grupo nacionalista que decía: «Si habéis renunciado a todo lo demás, ¿por qué os aferráis a la z? Firmado: Sabino Arana».

Así está el tema… La entrega del palacete de París al PNV cuando su titular era el Gobierno Vasco es un acto de corrupción política y económica. No el mayor de los cometido  por Pedro Sáncheaz, pensemos en la entrega del Sahara a Marruecos sin el acuerdo, no ya del Congreso de los Diputados, sino sin habérselo comunicado siquiera a su Consejo de Ministros.

Pero vayamos a los autores de esta acreditada investigación:

Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV . Es doctor en  Ciencias Políticas y Sociología desde 2003 con una tesis sobre el regeneracionismo español, parte de la cual se publicó en el libro ‘Historia y Nación. Costa y el regeneracionismo en el fin de siglo’. Es también especialista en la historia del nacionalismo vasco. ‘Sabino Arana, padre del supremacismo vasco’,. o del País vasco n ge neral Historia de la derecha vasca, ‘Nobleza con librtad. Biografía de la derecha vasca y en el confliuc to de las identidades en el País Vasc o contremporáneo: ‘La identidad maketa’, ‘Perdí la identidad que nunca tuve: el relato del País Vasc o de Rául Guerra Garrido . ES columnista habitual en El Correo, El Español y La Tribuna de Del País vasco.

Carlos Olazábal es un economista que ha ejercido como tal en el Consejo Greneral de Colegios de Economistas de España y en el Colegio Vasco de Economistas. Es autor de varias obras sobre la guerra civil en el País Vasco y ha sido parlamentario  del PP y portavoz en las Juntas Generales de Vizcaya. Fundador y director de la Fundación Popular de Estudios Vascos. Sus libros han tratadop de la Guerra Civil en  el País Vasco y de la participación del PNV en ella: ‘Negociaciones de PNV con Franco durante la guerra’. ‘El PNV y la rendición de Santoña’, ‘Pactos y traiciones’ y ‘4 de enero de 1937. ¿’El Guernica del PNV?’, libro que describe las matanzas de presos de derechas en los barcos prisión surtos en la ría.